domingo 2 de marzo de 2008

Mariposa de obsidiana

Mataron a mis hermanos, a mis hijos, a mis tíos. A la orilla del lago Texcoco me eché a llorar. Del Peñon subían remolinos de salitre. Me cogieron suavemente y me depositaron en el atrio de la Catedral. Me hice tan pequeña y tan gris que muchos me confundieron con un montoncito de
polvo. Sí, yo misma, la madre del pedernal y de la estrella, yo, encinta del rayo, soy ahora la pluma azul que abandona el pájaro en la zarza.
Bailaba, los pechos en alto y girando, girando, girando hasta quedarme quieta; entonces empezaba a echar hojas, flores, frutos. En mi vientre latía el águila. Yo era la montaña que engendra cuando sueña, la casa del fuego, la olla primordial donde el hombre se cuece y se hace hombre.
En la noche de las palabras degolladas mis hermanas y yo, cogidas de la mano, saltamos y cantamos alrededor de la I, única torre en pie del alfabeto arrasado. Aún recuerdo mis canciones:

/ Canta en la verde espesura
la luz de garganta dorada,
la luz, la luz decapitada/.

Nos dijeron: la vereda derecha nunca conduce al invierno. Y ahora las manos me tiemblan, las palabras me cuelgan de la boca. Dame una sillita y un poco de sol.
En otros tiempos cada hora nacía de vaho de mi aliento, bailaba un instante sobre la punta de mi puñal y desaparecía por la puerta resplandeciente de mi espejito. Y yo era el mediodía tatuado y la noche desnuda, el pequeño insecto de jade que canta entre las yerbas del amanecer y el zenzontle de barro que convoca a los muertos. Me bañaba en la cascada solar, me bañaba en mí misma, anegada en mi propio resplandor. Yo era el pedernal que rasga la cerrazón nocturna y abre las puertas del chubasco. En el cielo del Sur planté jardines de fuego, jardines de sangre. Sus ramas de coral todavía rozan la frente de los enamorados. Allá el amor es el encuentro en mitad del espacio de dos aerolitos y no esa obstinación de piedras frotándose para arrancarse un
beso que chisporrea.
Cada noche es un párpado que no acaban de atravesar las espinas. Y el día no acaba nunca, no acaba nunca de contarse a si mismo, roto de monedas de cobre. Estoy cansada de tantas cuentas de piedra desparramadas en el polvo. Estoy cansada de este solitario tronco.
Dichoso el alacrán madre, que devora a sus hijos. Dichosa la araña. Dichosa la serpiente, que muda de camisa. Dichosa el agua que se bebe a sí misma. ¿Cuándo acabarán de devorarme estas imágenes? ¿Cuándo acabaré de caer en esos ojos desiertos?
Estoy sola y caída, grano de maíz desprendido de la mazorca del tiempo.
Siémbrame entre los fusilados. Naceré del ojo del capitán. Lluéveme, asoléame. Mi cuerpo arado por el tuyo ha de volverse un campo donde se siembra uno y se cosechan ciento. Espérame al otro lado del año: me encontrarás como un relámpago tendido a la orilla del otoño. Toca mis
pechos de yerba. Besa mi vientre, piedra de sacrificios. En mi ombligo el remolino se aquieta: yo soy el centro fijo que mueve la danza. Arde, cae en mí: soy la fosa de cal viva que cura los huesos de su pesadumbre. Muere en mis labios. Nace en mis ojos. De mi cuerpo brotan imágenes:
bebe en esas aguas y recuerda lo que olvidaste al nacer. Soy la herida que no cicatriza, la pequeña piedra solar: si me rozas, el mundo se incendia.
Toma mi collar de lágrimas. Te espero en ese lado del tiempo en donde la luz inaugura un reinado dichoso: el pacto de los gemelos enemigos, del agua que escapa entre los dedos de hielo, petrificado como un rey en su orgullo. Allí abrirás mi cuerpo en dos, para leer las letras de tu destino.



* Mariposa de Obsidiana: /Iztpapálotl/, diosa a veces confundida con
/Teteoninan/, nuestra madre, y /Tonatzin/. Todas estas divinidades
femeninas se han fundido en el culto, que desde el siglo XVI, se profesa
a la Virgen de Guadalupe.


Este poema o texto poético es de Octavio Paz. La primera vez que leí un fragmento en un blog literario pensé que lo había escrito una mujer. Este blog no es excluyente, bienvenidos los poetas y escritores que escriben sobre mujeres, diosas o musas.

Liliana Lukin, Cartas


CARTA II

mi querida: me dije algún poema tiene que haber
porque hay tanto ruido en el país
y en estos días las metáforas se cumplen

ya casi no hablamos más
que de nosotras: metonimias de un paisaje de guerra
o pequeños predios donde cultivar imágenes de sí

querida: se disuelve mi dogma a medida que amo
y aunque mi dogma sea de una especie razonable
padezco los efectos de esta fatal transformación:

no sé nada ya de aquello que era
pero no olvido tampoco cómo era aquello ser

una foto de otra época me muestra como a una muchacha
a la que he conocido: mi nostalgia de ella es infinita
aunque me diga que todo está muy bien y
aunque sea cierto que todo está (muy bien) ahora

algún poema tiene que haber me dije: en lugar
de una certeza siempre hay un poema
y en lugar de un poema siempre estoy
escribiendo cartas como un náufrago al revés:
no corro peligro más que de mí y el mundo
es una isla en la que sólo puedo sumergirme

mi querida en estos días
en que la filosofía es un murmullo de la edad
sos el ruido de un país en predios secos
donde un poema sería agua de beber


CARTA XV

mi querida: cada hombre pide otra cosa
y me pregunto si al repartirse como el pan
una no está en el mejor lugar: la boca de otros

ese hombre me ha pedido una carta:
¿ necesita o sólo pide para gozar de mí?

estar en la boca de otros mientras una
no está más que en su cueva rumiando
(he sido herida por un ojo pequeño en la luz
pequeños roces del amor diverso que se arma
relatos que no abandonan ni cuerpo ni cabeza
siempre la herida es lo que parpadea)

cada hombre pide otra cosa y una no está
para estos trotes una está para una
manera de repartirse como el pan: endurecida
por la exposición al aire el tiempo que hace

y ese hombre ahora ha pedido una carta:
yo le escribo ésta para vos donde está ausente
y espero de la escritura un buen camino
yo le escribo y me pregunto si al repartirse
como el pan masticada y nutricia
una no está en boca de todos que es el mejor lugar


CARTA XVI

mi querida: los hombres nos envidian el penetrante
juego de intimidades sucesivas: los ensordece
el murmullo de palomas que cambiamos
insomnes y ligeras por sobre toda obligación

envidian la obscenidad de nuestros juegos
contar y llorar como hijas de la misma madre
(que hubiéramos compartido los baños y las camas)
o como madres a punto de parir (casi desnudas
y hablando de un dolor parecido)

los hombres es sabido nos envidian
el impenetrable clima de las risas oblicuas
(como de amiguitas a la siesta en el zaguán)
y esa falta de vergüenza al mostrarnos las llagas
o hacerse vestir o acariciar el alma una por otra

ellos no saben cómo hacer para podernos
distraer de nosotras llamarnos la atención
es su pasión y su calvario: tan fuertes
somos en nuestro pacto el motivo de su deseo

desesperan de nosotras pobrecitos
y amados como el otro de nosotras sospechan:
la insuficiencia de ese modo de amar

ellos quisieran ser una más y nos envidian
lo impenetrable (el resto de adolescente que se deja
tocar sin perder nada) ese poder de ubicuidad
que nos concilia con el infierno en un salón del paraíso

en esta lucha por el amor de cada día
ellos no saben de nuestra necesidad y nos envidian
y aunque les juremos que nos son imprescindibles
sabrán que en esa frase hay una trampa:

ser el otro de nosotras es poca cosa
y ellos siempre querrán ser una más

Sobre la autora Liliana Lukin nació en 1951 en Buenos Aires. Se graduó como Licenciada en Letras en la Universidad de Buenos Aires. Fue asesora literaria de la Fundación Noble del Diario Clarín, donde organizó los Encuentros de Escritores que posteriormente compiló bajo la Edición Narrativa Argentina. De su autoría son los siguientes libros: Abracadabra, 1978; Malasartes, 1981; Descomposición, 1986; Cortar por lo sano, 1987; Carne de tesoro, 1990; Cartas, 1992; Las preguntas, 1998; Retórica erótica, 2002; Construcción comparativa, 2003; y un estudio sobre la literatura amorosa epistolar desde el siglo XII al XX.

Anna Kazumi Stahl, Hiroko

Hiroko Robbins eligió una mesa cerca de las grandes ventanas que daban al Eastman Boulevard. Apoyó la bandeja y la hizo girar para que el café quedara frente a ella mientras el plato de macarrones con queso se enfriaba en el otro extremo. Afuera, el tránsito corría a cada lado del boulevard. Eastman era la calle más extensa de Monroe, Texas. Le pusieron al nombre de su intendente más voluminoso: 1,90 metros de altura y 100 kilogramos de peso en 1958.

Hiroko disolvía la crema en su café y miraba por la ventana. Del otro lado del boulevard había una fila de casas, cada una con su respectivo cartel. Letras en relieve anunciaban los nombres de dentistas y médicos que atendían allí. Las casas eran tremendamente parecidas, Hiroko no podía recordar a cuál quería dirigirse. Se reclinó en el respaldo de la silla con un ligero suspiro. Las ventanas llegaban hasta el techo y el cielo texano le caía encima.

No fue el tamaño de las cosas lo que la sorprendió al llegar a América. Todo el mundo sabía que América era enorme. Lo que la asombró fue el espacio: había inconmensurable espacio entre una cosa y otra. Al principio tuvo una sensación desagradable similar al vértigo. Era tal el espacio a su alrededor que sus pulmones se expandían involuntariamente y sentía que no podía respirar.

Esa primera sensación fue alarmante. Sabía de la grandeza americana y se había sentido gratificada al arribar a un país como ése. Sin embargo, fue perdiendo su asombro inicial. De hecho, después de sólo tres meses estaba decepcionada, especialmente del Sur.

No era la cultura decadente pero magnífica que esperaba encontrar. Hiroko había leído a Faulkner, se había sumergido en Tennessee Williams. Tennessee Williams era para ella un ángel del Sur, dulce y apasionado.

Pero este Sur americano no era ni dulce ni apasionado. Esperaba encontrar una cultura lánguida, fluida, deteriorada pero elegante. En cambio, se halló en medio de una sociedad vulgar, una sociedad nerviosa, preocupada por centros de mesa, listas de invitados y damas de honor.

El sabor del café aguachento no era placentero pero la sosegaba. Tomó la gruesa taza con ambas manos y aspiró al humo que tenía un leve olor a detergente. Un año atrás, en Kioto, Dean Edward Robbins había llegado a las clases de lengua japonesa que ella daba. Hiroko advirtió su presencia porque tenía una manera muy peculiar de bajar la vista, desviando los ojos en una forma delicada y elusiva. Era distinto de los demás americanos. Esas otras caras rosadas la fastidiaban. Le recordaban a los soldados que habían desfilado, jactanciosos por las calles de Kioto en los tiempos de la Ocupación.

Durante las lecciones los americanos quedaban en babia tratando de asimilar la gramática extranjera y de leer los complejos ideogramas. Confundidos, volvían sus ojos de cordero hacia ella, suplicantes, y le parecía que esperaban que la profesora transformara el aprendizaje de la lengua japonesa en algo tan sencillo como encender la TV.

A pesar de la conducta de ellos, Hiroko no tenía prejuicios contra los blancos. Eran para ella como los niños: intolerables pero necesarios. Entonces, les enseñaba con amabilidad. Y nunca pensaba en ellos fuera de la clase.

Dean Edward Robbins, sin embargo, era un enigma. Transmitía paz. Llegaba a clase con un saco liviano y de un tono cálido, que dejaba, doblado, en el respaldo de su silla. Sus movimientos no eran cuidadosos pero sí ligeramente meditados. Se sorprendió pensando en él por las tardes, muchas horas después de haber dejado el Instituto de Lengua Japonesa.

Cuando él habló por primera vez, Hiroko encontró que se aferraba a su voz como un animal acechante. De repente sintió el anhelo de estar cerca de su boca, dentro de su pecho. Quería incorporarse a su gramática llena de vacilaciones y compartir esa lánguida entonación.



A la tercera semana de clase, cuando estaban todos inclinados sobre sus hojas, inmersos en el palpable silencio del examen, ella recordó su voz, recordó haberse enamorado de esa entonación tiempo atrás. Era la cadencia lenta y resbalosa de la obra Gato sobre el tejado de cinc caliente. Había tomado el tren hasta Osaka para ver la première con actores de Nueva Orleans, la obra en su idioma original. Esa manera de contar la propia historia del fracaso, esa lengua que transmitía humillación pero también dignidad y una cultura decorosamente derrotada: la cultura del “Viejo Sur”.

Se dio cuenta de que lo amaba. Mientras dibujaba caracteres del hiragana en la hoja del examen ella lo observaba, sabiendo que lo había amado durante mucho tiempo, incluso antes de haberlo conocido.

Cuando él la invitó a tomar una copa se alegró, pero no se sorprendió. Sentía que era una cuestión del destino. Iría al Viejo Sur, al Sur de él, un lugar detenido en un tiempo anterior a la guerra civil, y entonces podría iniciarse en esa lengua. Se transformaría en alguien distinto, empezaría a escribir con languidez y pasión, como Tennessee Williams.

Era el final de los años 50. Las cervecerías estaban de moda en Japón. Algo tan nuevo, tan occidental. De vez en cuando iban al Alemand, cerca del Takashima, en el centro. Se sentaban en un reservado, lejos de la música, y él fumaba. Su porte era sensual, casi femenino aunque no afeminado. No había hombres japoneses así. En el Alemand, enmarcado por las paredes revestidas de pana roja importada de Europa, él sonreía callado, escuchándola mientras ella le hablaba en el inglés que había aprendido en el colegio. El humo de su cigarrillo ascendía en espirales desde sus manos. Cuando inhalaba, el humo quedaba suspendido entre sus labios durante un instante, como si se dejara acariciar antes de incorporarlo. Tal era el impacto que él le causaba, que ella temía mirarlo mucho a los ojos.

Inclinando la cara como debe hacerlo una mujer japonesa, Hiroko lograba de todos modos una detallada observación. Atisbando desde el rabillo del ojo, tomaba nota mental de sus gestos, vacilaciones, movimientos. Notaba los cambios en su voz cuando llamaba al mozo o se disculpaba para irse un momento de la mesa o cuando buscaba disimuladamente encontrar su mirada.

Se daba cuenta de que él la deseaba porque percibía la tensión en sus pasos al caminar juntos. A fines de mayo, cinco meses después de haberse conocido, Robbins la llevó al Alemand y eligió los asientos más apartados.

—Ya estamos cerca de julio –le dijo, con la mirada perdida.

—Sí –contestó ella en su esforzado inglés—. Sí, cada vez hace más calor.

—Mm… —dijo él—. En julio voy a volver a ver los árboles de Louisiana.

Le dirigió una mirada furtiva. Volvió a fijar la vista en su vaso, la dorada cerveza helaba el vidrio.

—¿Ah, en serio? –contestó con indiferencia. Las sutilezas de las frases casuales se desvanecen en un idioma extranjero.

—Mm –dijo él—. ¿Qué te parecería venir conmigo?

Se volvió hacia Hiroko girando en el asiento y su pierna se detuvo en el muslo de ella. Sonreía.

Cuando ella le expuso el asunto a su padre para pedirle que la entregara a Dean Edward Robbins, el severo y encanecido hombre, delgado como el papel desde la guerra, se apoyó contra el respaldo y durante un rato frunció su boca en una expresión desaprobatoria. Observaba a su hija. Ella se quedó inmóvil, arrodillada y con el torso ligeramente agachado. Sus manos, cruzadas delante, estaban apoyadas sobre la alfombra tatami, su cuerpo mantenía la apropiada postura de respeto, esperando. Finalmente llegó la respuesta y con ella Hiroko casi se consumió de alegría. “Vendrá para una entrevista”, dijo su padre, una respuesta claramente positiva, y luego le dio la espalda.

Ella hizo una pronunciada reverencia. Aproximó la frente a la alfombra, las manos cruzadas una encima de la otra por delante de su cabeza gacha. En la forma más femenina y filial, le ofreció su agradecimiento. Estaba emocionada.

Su madrastra recibió a Robbins en la puerta y lo guió hacia un pequeño living. Él se arrodilló sin demasiada torpeza sobre un almohadón violeta colocado frente a un escritorio pulido y brillante, pero vacío. Robbins no aceptó bebidas y esperó al padre. Kitayama Isamu abrió la puerta corrediza shoji y entró. No medía más de 1 metro 60 y sin embargo su presencia era enorme. Llevaba un kimono formal, gris oscuro. Una cabeza grande se apoyaba sobre su cuerpo frágil. Su boca, fruncida, también parecía demasiado grande. Robbins lo miraba pero de a ratos desviaba la vista porque sentía lo difícil que era mirarlo sin incomodarse.

Kitayama Isamu había poseído una inmensa fortuna. Su familia había sido dueña de una docena de montañas que rodeaban la ciudad, de tres islas satelitales y cuatro bosques en el norte. Durante cuatro siglos la poderosa familia Kitayama se había dedicado al liderazgo local, y cuando llegó el siglo veinte compró los medios para suministrar el gas y la electricidad a la mayor parte de la región.

Pero en media docena de años habían sido derrotados. Todo Japón se había degradado. Cayó el gobierno, el Emperador perdió su autoridad y el implacable bombardeo transformó la vida de los Kitayama en un infierno. Tuvieron que huir como campesinos harapientos en medio de la noche hacia el refugio de los montes.

Cuando volvieron a la ciudad, siete meses después, la casa familiar había desaparecido. Las fuerzas de la Ocupación se habían apropiado de sus negocios, sus islas habían sido entregadas a la Unión Soviética. Pero por algún error en los registros gubernamentales, cinco montañas seguían a nombre de la familia. Durante los años de miseria posteriores a la guerra, mientras otros pedían limosna, morían de hambre o prostituían a sus hijas, Kitayama fue vendiendo las montañas, una por una. Así alimentó a su familia y la apartó lo más lejos posible del horror de la posguerra.

Kitayama Isamu se sentó en la esquina noroeste de la habitación. Con la espalda derecha, las manos apoyadas firmemente sobre los muslos, inspeccionó a su invitado, como americano aunque no como soldado, y como una posibilidad no deshonrosa de deshacerse de una hija que comía como un hijo pero producía menos. Robbins no era un hombre de gran tamaño y aspecto torpe como la mayoría de los americanos: sus manos estaban cruzadas sobre su falda y había entornado los ojos. Kitayama pensó por un momento que su hija había instruido al pretendiente en su comportamiento pero luego advirtió que se trataba de una humildad natural.

—¿Cuál es su nombre? –preguntó.

—Mi nombre es Robbins, Dean Edward —contestó con tono suave, pronunciando su nombre a la manera japonesa que invertía el orden de nombres y apellido.

—¿Y qué posee?

Fue la primera de una cantidad de preguntas que Dean no había previsto. Hiroko nunca mencionó la propiedad como algo imperativo. Miró en otra dirección, pensando, y finalmente respondió con honestidad: “Poseo una casa en Texas y también un automóvil.” Kitayama estuvo satisfecho.

—¿Cuál es su profesión y cuál es la suma de sus ingresos?

—Soy ingeniero civil. Gano veinticinco mil dólares al año —dijo.

Los ojos de Kitayama se oscurecieron por un instante. Dudaba. Veinticinco mil dólares era una cantidad enorme de dinero, una montaña entera se vendía por mucho menos.

—Muy bien –dijo Kitayama, sereno, y luego preguntó—. ¿Por qué quiere casarse con mi hija?

—¡Oh! –dijo Robbins elevando la mirada y sonriendo—. ¡La amo! —dijo y de inmediato leyó en la expresión de Kitayama el registro de un error—. Y —continuó, alzando la voz— estoy seguro de que será una buena y servicial esposa.

—Bien —respondió Kitayama. Se puso de pie, llevó hacia atrás las mangas de su kimono y dijo—: Queda acordado.



Luego, Dean reprodujo la escena para ella, la ansiedad aún visible en su rostro, y ella sintió un inesperado alivio. Tuvo un ataque de risa en medio del solemne restaurante Sakura y continuó riéndose hasta que le saltaron lágrimas de los ojos. Al día siguiente él le dio un anillo.

Recién en el transatlántico que los llevó de Kobe hasta San Francisco pensó en las preguntas que su padre le había hecho a Robbins. No entendía por qué había accedido tan rápido, por qué no había establecido condiciones ni exigido nada. Quizá su padre había reconocido en Dean un carácter que no tenía nada que ver con el viejo Japón. Tal vez le había parecido que le podría ofrecer un nuevo horizonte. Quizás era por eso que le había gustado.



Hiroko apoyó su taza de café y levantó el tenedor. Se lo pasaba de una mano a la otra disfrutando del contacto del acero inoxidable frío. Empujó el plato de macarrones con queso hacia el borde de su bandeja. El queso, de un color amarillo brillante, estaba pegoteado entre los macarrones. Éste era su plato americano favorito. Con el tenedor tiró un poco de queso que se despegó de los macarrones. Lo pinchó y lo levantó del plato. Hiroko era experta en el uso del tenedor, aunque lo había aprendido de adulta. Le gustaban y siempre los había considerado instrumentos ingeniosos, con propiedades específicas: una parte chata para cavar y sostener, dientes para pinchar y distribuir y unos bordes lo bastante afilados como para cortar.

Mientras la luz se volcaba a través de la ventana de la cafetería Wyatt, ella masticaba el queso con deleite. Adoraba su sabor salado, casi como el de los pickles kombu. Y su consistencia gomosa, de manera que el gusto a sal se exprimía una y otra vez con cada mordida.

Cuando la madre de Dean hizo comentarios maliciosos a espaldas de Hiroko acerca de sus modales presumiblemente “japoneses”, ella le aclaró a Dean: “Ningún japonés come de esta manera. Ésta es mi manera de comer macarrones con queso. ¡Mía!”, repitió, “¡Mía solamente!... Tu madre no sabe nada.” Y Hiroko había continuado comiendo macarrones con queso de esa forma.

Ann Rose Robbins los excluyó del menú familiar y no pudo abstenerse de decir en un tono dulce pero venenoso: “Mira, Hiraka querida, la guarnición de hoy es puré de papas para que pruebes algo diferente.” Pero cuando Hiroko y Dean se mudaron cincuenta y pico de millas fuera de Monroe, a la ciudad de Houston, esas grandiosas comidas familiares se volvieron infrecuentes.

Mientras Hiroko masticaba, luchó por retener el recuerdo del Dean Edward Robbins de Kioto. Le había parecido tan promisorio. Nunca podría haberse imaginado que le iba a dar una vida tan común ni que ella se convertiría, a su vez, en un ser indolente, peor que común. Hiroko había venido a este país para abandonar el Japón que la coartaba, reduciéndola a una figura bella y silenciosa. En los Estados Unidos se convirtió en una figura silenciosa pero sin belleza.

En su adolescencia Hiroko había escrito terribles historias de chicas que saltaban desde puentes o se cortaban hasta desangrarse. Su vestidora las encontró y se las llevó a su padre. “Una mujer no debería escribir”, le había informado Kitayama Isamu, la palma de su mano descansando chata y pesada sobre sus manuscritos. Un segundo después los quemaría hoja por hoja frente a ella. “Es un desperdicio de la lengua japonesa.” Ella había continuado escribiendo en secreto pero, desde entonces, cuando escribía, lo hacía como un hombre.

Y todavía hoy, viviendo en el país de las libertades individuales, seguía escribiendo así. Todos los días de 10 a 12 de la mañana y de 3 a 5 de la tarde, se sentaba en un cuarto pequeño al lado de la despensa y escribía. Usaba blocs tamaño oficio en sentido horizontal; los llenaba de columnas verticales de ideogramas complicados, kanji, muchos kanji en la retórica que les estaba reservada a los hombres. Y siempre que escribía, lo tuviera o no presente, estaba la imagen de Tennessee Williams, un hombre delicado, sufrido, elegantísimo.

Lo había visto en persona una sola vez; a los pocos meses de que ella llegara al país, había dado una conferencia en la Universidad de Tulane y Dean la había llevado en el auto hasta Nueva Orleans para que pudiera verlo. Tennessee Williams era hermoso. Lánguido como una flor. Bebía demasiado pero con la gracia de la necesidad. Suspiraba y a veces se quedaba callado, con la mirada perdida en medio de una frase. Ella lo encontraba exquisito. Quería ser como él.

Después de eso empezó a tomarse más en serio el hecho de escribir. Estaba ocupada tratando de hacer un relato sobre un homosexual y la mujer que éste iba a asesinar. Para escribir debía invocar el genio dulce y ebrio de Tennessee Williams. Así surgían los distintos kanji y sólo entonces se desligaba de su propia existencia. Sentía que estaba persiguiendo algo inmenso, capaz de aniquilar a la mujer que moraba dentro de ella.

Por lo general terminaba de escribir a las cinco porque Dean llegaba alrededor de las cinco y cuarto. A veces olvidaba la hora y Dean la encontraba, aprisionada entre la mesada de la cocina y los estantes de la despensa llenando las hojas amarillas de intrincados caracteres que, para él, eran ilegibles (pero de ningún modo carentes de importancia, porque para ella sí la tenían). Él se inclinaba y la besaba. Entonces ella percibía un vacío, su condición de mujer. Su mente se resistía pero su cuerpo no. Abandonaba las cavilaciones y veía los caracteres de la escritura masculina, que hacía instantes habían sido suyos, volverse ilegibles para ella también. El olor de Dean, sus murmullos y su aliento la embriagaban. Sus brazos le rodeaban la cadera, la sombra de su barba le rozaba la sien. Todo pensamiento y toda creación propia desaparecía. Quedaba mujer. Suave, entregada.

Pero si llegaba a pensar, en soledad, en esas situaciones, se asfixiaba de rabia. Despreciaba a Dean. Se despreciaba a sí misma. Le parecía una vida tan común, una condición inaguantable.

Una vez había perdido los estribos y gritando estuvo a punto de quemar su tarjeta de residencia frente a los ojos de Dean. De pronto se dio cuenta de que se había convertido en un demonio, como su padre. Rompió a llorar. Sin decir una palabra él la abrazó y la dejó llorar. Pero luego de eso sintió que ella había tomado distancia.

Dean adivinó que el estado de ánimo de Hiroko estaba relacionado con el proyecto que la afanaba día a día, trazando un kanji tras otro en esa diminuta caligrafía. Pensó que sería una buena idea que mostrara a alguien sus relatos, pero cuando lo sugirió ella le dijo “¡No!” de manera violenta, y agregó: “¿A quién le voy a mostrar esto?”. Dean no se atrevió a hacer nuevas sugerencias al respecto.

Pero empezó a llevarle flores un par de veces a la semana. A Hiroko no le gustaban las flores ni la idea de que se las regalaran, pero como eran parte del matrimonio las aceptaba en silencio.



“Él regala flores”, pensaba despegando macarrones pegoteados de queso. Sabía que él la amaba al estilo americano, creyendo que el amor está hecho de flores, de besos de saludo y de despedida. “Y ahora, ¡bebés!”, pensó, pinchando los macarrones de a uno con los dientes del tenedor. “¡Bebés! ¡Quiere bebés!”

Dean Edward Robbins estaba compuesto de los deseos más elementales del hombre casado y ella no entendía cómo no lo había notado antes. Traía flores, se despedía cada día con un beso, leía el diario como un viejo dentro de su pequeña carpa de papel prensa y ella lo miraba decepcionada. Se preguntaba por qué había creído en él con tanta facilidad. Era algo físico, lo sabía, y se maldecía por haber cedido.

Él había empezado a decir, hacía tres o cuatro meses, si no sería lindo tener un bebé. Había comenzado a fijarse en los bebés cuando iban por la calle y le hablaba de amigos de ellos que tenían bebés. Y cuando quería hacer el amor, decía: “Hagamos un bebé”. Cuando se apagaba la luz ella lo podía predecir, el rumor de las sábanas y el balanceo suave de la cama mientras él se daba vuelta y la envolvía. “Hagamos un bebé”.

Ella lo recibía con indulgencia, pero se mantenía atenta y cuando su contacto se volvía más vigoroso, cuando estaba segura de que su necesidad de acabar dominaría su deseo de preñarla, entonces le deslizaba un preservativo entre sus dedos y le llamaba la atención.

Pero un día se despertó y vomitó. No podía entender cómo había pasado. A pesar de sus precauciones su período se había retrasado y vomitaba por las mañanas. Fue a ver a la doctora Yamada, que pertenecía a la comunidad japonesa-americana en Houston, la única médica con quien se había sentido cómoda en los Estados Unidos.

La doctota Yamada, japonesa de segunda generación, un ser alegre y rollizo, unió sus manos en un aplauso y felicitó a Hiroko: “¡Omedeto-ozaimasu!”. Pero las felicitaciones le sonaron como una sentencia vil. La sobrecogió el pánico, se sintió sofocada y sin fuerzas, aplastada por la ingenua alegría de las mejillas regordetas que imperaban en el rostro de Sharon Yamada. Hiroko ajustó su voz hasta convertirla en un susurro: “Arigato-gozaimasu…” (“Muchas gracias, estoy avergonzada, muchas gracias…”), e inclinándose, escondiendo su cara, dejó el consultorio.

Encendió el Oldsmobile 66 y deambuló sin rumbo por las calles. Su mente corría a toda velocidad. Nunca podría pedirle un aborto a Yamada. Yamada era una chismosa, todo el mundo se enteraría de que estaba embarazada, quizás esa misma noche. Ay, ¿por qué había ido a verla? Toda la comunidad sabía que Dean quería un bebé y pensaban que Hiroko deseaba lo mismo. Bebé, bebé… nadie entendía que este bebé significaba para Hiroko una vida maniatada. Ya la estaba carcomiendo, haciéndola vomitar y consumiendo sus fuerzas. No podía pensar con claridad. No era capaz de escribir. Hiroko se agarró con fuerza del volante y apretó el acelerador. El cielo parecía cubrirla, pensó: “Como una bóveda”, y un chillido se escapó de su garganta: “¿Na-ze? ¿Por qué? ¿Por qué nací mujer?”

Estacionó y quitó la llave del tablero. “El destino es superior al individuo”, recordó que les decían a los chicos japoneses cuando iban a la guerra. Entró a la casa y guardó su cartera y el saco. Tendría que decírselo a Dean hoy, entre las cinco y cuarto y las cinco y media, porque para entonces ya se sabría en la comunidad y alguien podría llamar para felicitarlos.

Cuando Dean llegó ella escuchaba a Vivaldi en el living. A él le pareció un buen signo. Entró y la encontró acurrucada en el sofá. Acomodó su cadera en la curva del cuerpo de ella, rozó su pelo con las yemas de los dedos y enmarcó su rostro con caricias. “Hola, Hiroko”, murmuró, y aunque ella mantenía los ojos cerrados para defenderse de él, percibió que cedía ante su voz. Él se inclinó sobre ella e Hiroko pudo sentir el calor de su cuerpo envolviéndola. “Hiroko, Hiroko”, decía, besándola en las sienes, besando sus orejas y sus mejillas. Después alejó su rostro un poco y la miró a los ojos. Sonreía. Ella pensó: “¿Cómo puede ser tan simple su felicidad? Es como un niño con golosinas. No piensa en las consecuencias”. Y de repente supo que Dean le iba a hacer la pregunta que temía: “¿Vamos a tener un bebé, Hiroko?”

Abrió los ojos y lo miró en silencio. Él no sabía que ella había visto a la doctora Yamada. Se preguntó si, en caso de que hubiese abortado ese mismo día, él también lo hubiera adivinado. La besó en los labios y la miró de nuevo esperando una respuesta. Estaba contento, sonreía, y esperaba con calma que ella contestara que sí, que iban a tener un bebé, e Hiroko suspiró y supo que se rendiría. Con los ojos cerrados, se aferraba los brazos de él. La música estaba demasiado alta. Cerró los ojos con más fuerza.

Se había preparado para decírselo de manera cruel, haciéndolo sentir culpable por su semilla, pero en cambio dijo con voz muy débil.

—Sí, soy tu esposa embarazada.

—Te amo –susurró él. “Sí”, dijo ella, invadida de golpe por un sentimiento que provenía de él. Entonces ella misma percibió una gran emoción, grande como el mar o las montañas, sintió que estaba enamorada de él, estaba susurrando como él y ahora la música se había vuelto inaudible. “Sí”, decía ella, sujetándose con fuerza de las mangas de su camisa. “Tenemos un bebé en mi vientre.” Él sonreía pletórico de felicidad y ponía sus manos sobre el abdomen de ella tantas veces como podía. Dean estaba casi llorando y ella notó que él lloraba también, primero en forma controlada y después cada vez más, convulsivamente, hasta que se extenuó y él la llevó a la cama como a una niña.

Al día siguiente estaba desesperada. Dean llegó a la casa con madera para un corralito y ella sintió una especie de asfixia. No comió, contestó con irritación y se mantuvo en silencio por el resto de la noche. Él le preguntó si sentía bien pero después la dejó tranquila. No se preocupó demasiado. “Los cambios de ánimo son comunes, las hormonas”, pensaba. “Ella es muy delicada”.

Hiroko deseaba no habérselo contado nunca. Pasaron los días, y mientras él trabajaba ella iba y venía por la casa ansiosa, torturándose para encontrar un modo de alterar su condición. Las horas pasaban y ella caminaba del living al comedor y vuelta, alrededor de las mesas, entrando y saliendo de la cocina, al living de vuelta, y de nuevo en círculos alrededor de las mesas. ¿Qué podía hacer? ¿Cómo podía cambiar las cosas? Quizá si corría por los montes o subía y bajaba escaleras lo perdería. Pero estaba demasiado asustada como para probar. ¿Qué haría si quedaba tendida en las escaleras una vez que hubiera forzado la pérdida? Él le preguntaría por qué había estado subiendo y bajando las escaleras.

Empezó a pensar en ello también durante la noche, cuando Dean estaba ya dormido. Consideraba un millón de ideas impracticables, daba vueltas y vueltas. Pensaba con tanto ahínco que por primera vez sus sueños no la mostraban como a una mujer sino como a un hombre lánguido, enfermo por el alcohol, pálido, que estaba escribiendo y para quien nadie más existía. Los sueños eran tan vívidos que apenas se despertaba no pensaba en el embarazo sino en la trama de su cuento y en los ideogramas del kanji. Pero entonces empezaba a vomitar.

Así transcurrieron un par de semanas. Creía haberse vuelto loca hasta que una mañana, mientras preparaba umeboshi y sopa de arroz, de repente se le ocurrió. Recordó a ese doctor; ya había pasado un año de su única consulta con él, pero lo recordaba en detalle. Su suegra, Ann Rose, se lo había recomendado cuando la atacó un fuerte dolor de garganta apenas llegaba. Fue a verlo y sospechó de él desde un principio porque le pareció demasiado joven para ser un médico. Tenía la cara roja y agujereada, su cuerpo era muy grande en relación con la cabeza y sus movimientos poseían la peligrosa torpeza de los adolescentes. Pero de la pared colgaban títulos de la Texas A & M y de la Universidad de Rice. Pensó que debía ser confiable, su suegra parecía tener una alta opinión de él y conocía personalmente a su madre.

Mientras le examinaba la garganta con una pequeña linterna, la palma de su mano descansaba sobre su cuello. Hiroko se sintió rara, en peligro. Después el médico examinó su respiración con el estetoscopio, presionando la piel con sus dedos. Apenas comenzó a sospechar de sus verdaderas intenciones, él le sonrió y posó una gruesa mano sobre su rodilla, “Me gustan las chicas japonesas”, dijo, “y tú eres una belleza… Puedo hacerte otra clase de exámenes también.” Aquí había sonreído en forma obscena. Desde su cara hinchada de acné, enrojecida, percibió la expresión de shock de Hiroko. Agregó casi riendo: “Sería muy divertido. ¿Sabes a qué me refiero? ¿O no, princesa?” Ella había sentido asco y un sabor agrio en la garganta, y no pudo contestarle.

Había logrado borrar al doctor de su memoria. Pero ahora lo volvió a invocar: el doctor R.W. Wilkins. Hijo de Marjorie, amiga de Ann Rose. Él le practicaría un aborto en secreto, él diría que había sido un accidente. Hiroko le diría a Dean que había ido a Monroe para visitar a Ann Rose o, para obtener mayor verosimilitud, que había ido para visitar a Takako Henderson, la primera persona japonesa que conoció en los Estados Unidos.

Podía decirle que sintió añoranza por esa primera amistad, y él le creería. Sentiría pena y pensaría en ella como en un ser delicado y frágil. “Yo podría haberte llevado”, le diría, pensando que había sido la tensión del manejo lo que había desencadenado la pérdida del niño. Pero le creería.

Pondría el plan en marcha accediendo a tener un poco de sexo con ese asiófilo de rostro colorado. Si el tipo vacilaba o no recordaba la urgencia que había sentido un año atrás, intentaría incitarlo otra vez con historias sobre los “secretos” de las mujeres geisha. Sabía, a través de los relatos que la TV americana difundía sobre Japón, que un americano como él indefectiblemente quedaba atrapado por los “milenarios secretos sexuales de las geisha”. Después de todo, él quería conquistarse a una joven “china”, una “china” prohibida.

Con esto en mente abandonó la casa de inmediato. Olvidó su sopa de arroz y su té matinal. Condujo al minimercado para llamar a “Información” desde un teléfono público. No quería que Dean hallara llamados extraños en la cuenta y Hiroko había destruido los datos con el teléfono y la dirección del médico.

Era fácil conseguir los datos. La secretaria le dijo que el doctor Wilkins llegaría más tarde y le dio un turno de emergencia para ese mismo día: “A las cuatro y cuarto para registrarse y él la verá a las cuatro y media.” Inició de inmediato el recorrido de las cincuenta y pico de millas hasta Monroe. Atravesó el boulevard Eastman y se detuvo en la cafetería Wyatt, enfrente de Eastman 3245, el consultorio del Dr. R.W. Wilkins.

Tomó unos traguitos de café frío. Ahora realmente le dolía la garganta. Eran las cuatro y diez en su reloj. Hora de irse. Pero no se quería levantar. Le dolía la garganta.

Bueno, si al verlo le causaba demasiada repulsión, podía decirle que había ido porque le dolía muchísimo la garganta. Era sencillo, tan sólo le diría que tenía anginas. No sería del todo una mentira; desde la guerra, cuando escaparon en medio de la noche en ropa de cama y descalzos hacia las montañas, algo terrible se había adueñado de su garganta, un dolor agudísimo. No había podido hablar durante semanas, y aún hoy cada tanto lo padecía, aunque tal vez sólo por el recuerdo.

Sin embargo, sabía que no iba a decir nada acerca del dolor en la garganta. Necesitaba “otro tipo de exámenes”. Con el poder de su mente ordenó a su cuerpo que se levantara y saliera. Se dio cuenta de que estaba tomando una decisión y en ese instante se le abrió un horizonte, a pesar de que todavía no tomara plena conciencia de él, un nuevo horizonte bajo ese cielo pesado de Monroe, Texas.

Cuando el semáforo le indicó que podía hacerlo, cruzó el boulevard y luego, tiesa, atravesó la puerta con el cartel “Dr. R.W. Wilkins, Práctica General”.

Sobre la autora

Anna Kazumi Stahl, hija de una japonesa y de un norteamericano del sur de EEUU descendiente de alemanes, vive en Buenos Aires desde hace algunos años. Nació en el norte de Lousiana y se crió en New Orleans. Su experiencia familiar la hizo crecer con el dinamismo y la vitalidad de la mezcla de culturas. Comenzó a escribir de niña como un pasatiempo de días de lluvia. A los dieciséis años viajó a estudiar a Boston y luego a Tübingen, Alemania, desde donde recorrió Europa. Más tarde, en California, realizó un doctorado en Literatura Comparada.

Cuando visitó por primera vez Buenos Aires, con una beca universitaria en 1988, sintió una gran atracción por la gente y su modo de ser, y quiso aprender el idioma. El 1995 se instaló en la Argentina. Publicó en su segundo idioma, el castellano rioplatense, Catástrofes naturales.

Vive en Buenos Aires donde escribe, trabaja como profesora de letras y realiza traducciones.

Además ha publicado Flores de un solo día

Alicia Kozameh, Pasos bajo el agua


Capítulo 7

CARTA A AUBERVILLIERS

A Juliana, que es Estela.
Santa Bárbara, 20 de enero de 1984


¿Qué efecto te causará ese tipo de sismos, o como quieras llamarles, tardíos? (¡Nunca es tan tarde, querida!); porque son como alfileres ubicados en puntos estratégicos del cerebro. Quiero decir, las catarsis nunca vienen solas: el Paraná baja desde el Matto Grosso y arrastra muy variados especímenes. Los camalotes, Juliana, y las pirañas. De los camalotes estoy segura. Y me pregunto por qué las pirañas no llegan hasta Rosario.

Estamos avanzando, raudas, sobre los primeros días del año 1984. Y también veloces. Otros son capaces de desligarse de la acumulación y de los años. A mí se me dio por incursionar en hechos siempre dispuestos a permanecer. No es casual. No creas en las casualidades. Estoy tratando de ubicarme en el punto de fuga de todas las visiones posibles, para arrancar con un cuento en el que el eje sea el traslado del sótano de Rosario a Villa Devoto. Así me dé vuelta como un guante en el trance de vencerme a mí misma.

Entonces, vos entendés. Una vez te pedí que contestaras por carta mis preguntas sobre tu tortura. Las dos conocíamos hasta las inflexiones que le ponés a la voz en esos casos. Pero yo me impulsé, por mi pedido y por tus respuestas, y seguí adelante con la novela que estaba escribiendo. Ahora, mismo recurso.

Anoche no pude dormir bien: eso de que el chico nazca con alguna falla. Y esta mañana, al irme al trabajo, cuando ya habíamos salido de casa, me di cuenta de que todavía estaba adentro, buscando la puerta de calle.

Santa Bárbara es salvaje y lo disfruta. Abre las piernas y se sacude de sol y abundancia. Aquí la gente no se muere nunca. En cambio el Paraná, vos viste: nos crispa los nervios. Las víboras, todo lo que nos deposita al final de su travesía. ¿Te suena lo que viene?: El Paraná nace en Brasil de la confluencia de los ríos Paranaiba y Grande. Esta memoria que me gasto tiene que ser producto de una endovenosa aplicada por la vieja de Geografía. De otro modo no se explica.

Del sótano a Villa Devoto. Imposible recordar la totalidad. Sí ciertas angustias: Blanca siempre tuvo una sombra de bigotes más pronunciada de lo recomendable. Ese día se le había ennegrecido, le cortaba la cara en dos. Iba esposada a Tania, Tania tan alta y ella tan petisa, con sus bigotes y su muda en un bolso azul, hecho de un pantalón vaquero por un par de esas manos casi mágicas que ya empezábamos a tener. Contame un poco de París, ¿no?, ¿o no vivís allí?, ¿o estás encerrada en el baño de tu departamento?, ¿o en la cocina? Ojalá se trate del dormitorio.

Tu calle debe ser como una de Posadas. Empedrada, entre piedra y piedra alguna planta asomándose, sobre alguna hoja una hormiga en plena cabalgata pro—víveres. Así se me ocurre una calle de Posadas; además de estar salpicada con los golpes que el Paraná da cuando se enloquece. A las otras calles de París deben salpicarlas llantos de pájaros, cervezas rotas, lluvias incestuosas y enredadas. Y también un poco del Paraná, estoy segura. Colaborá conmigo y confirmámelo. Gracias.

¿Vos a quién ibas esposada? No recuerdo haber visto a nadie cerca tuyo en ese momento. Pero lo que no me olvido es que, llegadas a Devoto, Mercedes entró al pabellón que nos asignaron y vomitó hasta el corazón. Con eso mandó por las tuberías de las letrinas todo lo que se pareciera a un traslado de presas políticas y sus posibles implicancias. Admirable.

¡Pabellón 31! En serio. Admirable.

Dónde andará Flora; la que lavaba la ropa cuando le tocaba a cualquiera menos a ella y ocupaba la única soga del baño como si nada. Qué será de esa cara apretada que tenía. Estará eligiendo apropiados jabones en polvo o en barra en El Senegal y alrededores. Es posible que con tantos años de exilio ya haya adquirido un lavarropas automático. Depende: no sé qué grado de especialización haya logrado.

Tu madre me escribió para mi cumpleaños. Se la siente como una flor a las nueve de una mañana de verano porteño. No quiero ponerme redundante, pero te envidio. ¡Una madre como Adelina!

Uno vive disculpándose. Temor de ser reiterativo. Y preguntales a los milicos si les importó repetir métodos, plagiarlos, gastarlos. Es decir, no te molestes. No les preguntes nada.

Me siento como si estuviese muy concentrada en meter un dedo en algún agujero.

Aquella bandera, la que les dejamos colgada en el baño del sótano antes de que nos llevaran. No sé, nunca terminé de completar en mi cabeza un cuadro con las manos de las celadoras interrumpidas en alguna forma del asombro, suspendidas entre la bandera y sus panzas, sus tetas, sin poder decidirse a arrancarla. Tocarla: abrazar al demonio. No celeste, blanca y celeste, querida: sólo celeste y blanca. ¿Te las imaginás? Tan puras, ellas.

Abrazar al demonio. Las yemas de los dedos acercándose. Debe estar siempre caliente, por donde lo toques. Los ojos afiebrados, y esa barba en punta que debe dar muchas, pero muchas ganas de apoyarse, ¿no? Sin dudas: si se me aparece Mandinga, yo pruebo. ¡Gran siestita! Y nada de vade retros. Ahí debe haber mucho que aprender.

Meterme entre las sábanas. Las frazadas pesándome sobre el lado derecho. Sí. Me doy una ducha y sigo desde la cama.

Estaba pensando —el agua es un sacramento— que tomar una resolución, optar, es como perder un dedo de una mano en un acto voluntario y adquirir tres en la otra, así, de golpe. No te desesperes mucho. Ya sabés: precalentamiento. Acordate del futuro cuento. Estoy abriendo el primer agujero. Aunque también podría estar trabajándome algo referido a dar un salto. No es nada novedoso, ya lo sé. Mis saltos te provocan ataques hepáticos, pero son previsibles. Es magnífico optar, elegir. ¿No es como cantar Yesterday modulando despacio, con tus propios labios, cada palabra, ir dándoles forma una a una, ocupando cada músculo, los dientes, la lengua, la boca entera, recostada en una hamaca tejida desde la que la única visión sea una fuente transparente repleta de cerezas casi violetas y un avión blanco despegando?

Antes de que la celadora me asegurara con las esposas creo que a Sonia, y nos sentara de un bruto empujón en el suelo, en la plataforma sin asientos del avión, dijo, como otro golpe, un “no pueden mirar”. Levanté apenas la cabeza. Ya casi todas las compañeras estaban colocadas en hileras, sentadas a lo Buda en el suelo, engrilladas al acero del piso, las cabezas bajas y el brazo libre pesando sobre la nuca. Te juro que le saqué una foto eterna, para la posteridad a ese espectáculo.

Una formación, una escuadra paralizada en trance de retraer sus miembros en un paso íntimo de baile, en un círculo completo, para después abrirse y alargarse para siempre. No me digas que la realidad del avión estaba muy lejos de parecerse a ninguna danza. Ya lo sé. Se trata más bien de un gran mareo histórico, de una náusea universal, que de todos modos dejó sentir la dirección por la que se decidía este gran aparato digestivo que habitamos.

Los grillos y las esposas eran la galladura del huevo; eran un absoluto, una ficción. Una fiesta de potencias se movilizaba alrededor de cada ojo, de cada labio frenando el impulso de gestar sonidos.

Algunos pares de borceguíes también provocaban su propio accidente contra hombros, cabezas; entre las caras que intentaban reajustar su perspectiva captando un ángulo de la totalidad y la solidez sonora de los tacos. Yo ya estaba en el avión militar, amordazada de pies y tuétanos. Bonavena despenado: imaginate.

El día fue largo. Estuve tratando de tomarme el trabajo con un poco de nuestro filosófico "qué va a hacer", pero ya no caben más delirios por estas latitudes.

Encima de pronto fui a descubrir, y nada menos que por el zumbido, a una mosca pedante como pocas que se pasó quince minutos de su vida —de la mía— arremetiendo de cabeza contra el vidrio de la ventana. Y no me vengas con tu lógica: sí era pedante. Y no le di antes la vía libre porque me quedé ahí siguiéndole el proceso de ablandamiento, o de consagración a la causa. La hubieras visto retroceder y tomar impulso, y largarse contra la luz hasta rajar el vidrio de extremo a extremo. La casa se reserva el derecho de admisión. No se me mueve un pelo si me cuestionás la verosimilitud. ¿Suena parecido?

No salió sola, porque se ve que se mareó y no pudo completar la operación. Se apoyó en la orilla de la ventana, temblorosa, con cara de víctima: así que le abrí.

Juliana, decime: ¿te acordás de un vestido blanco, de algodón, con flores negras, que nos quedaba tan bien a las dos, y que mi vieja me cosió poco después de salir en libertad? Anoche, caminando por State, vi uno muy parecido en una vidriera. Me produjo un solo efecto: ganas de azotar el aire con un par de gritos más o menos siniestros.

Y es tan sucio por épocas en la zona de Rosario, digo el río —o tan limpio: la próxima tarea será establecer los límites—, que tienta a sumergirse, a bucear, porque ya sabemos todo lo que puede haber enredado entre el planterío y el barro. ¿Vos qué te imaginás? Algunos son tesoros incanjeables: yo apuesto por un humilde simple de Jimmy Hendrix, el Antidhuring y un buen diccionario de sinónimos. Buen, porque más bueno, más inútil. Más rápido te lo sacás de encima.

Teníamos que estar listas en veinte minutos con una muda de ropa. De dónde íbamos a sacar mesura para demorarnos esa eternidad. En la mitad del tiempo ya esperábamos, unidas por una corriente eléctrica muy física que nos mantenía activos garganta y estómago. Pero lo que me angustia, ¿sabés qué es?: la posibilidad de que ninguna entendiera en ese momento la esencia del problema. Pero no, tampoco estoy en lo cierto; porque entonces, si no captábamos la cosa medular, decime qué fue lo que nos hizo despedirnos como si fuésemos a morir. Nos clavábamos unas miradas blancas, tiza compacta, firme contra las frentes, nos estudiábamos la lividez, las arrugas, las canas recientes, nos corregíamos los defectos de peinado o nos arrancábamos unas a otras hilachas, pelusas.

Algunos recuerdos están amputados. Pero no me cuesta nada provocarme un efecto de neuronas. Reponer imágenes, y las sensaciones vuelven intactas.

Recibí carta de Virginia. Todo el asunto se mueve alrededor de una moto que se compró su nuevo compañero; es increíble, pero no resulta tediosa. Por ahí se las ingenia para ponerlo en ridículo al tal Gustavo. Se ve que hay algo de él con casco que se hace incompatible con ciertas ansiedades de ella. No hubo forma de desviarla del tema. Es notorio que a la vez le subyuga y le repugna: la moto, el casco, el marido, no sé.

Estuve haciendo serios esfuerzos por recordar algunos episodios. No hubo caso. Es como si se me instalara una sábana entre los ojos y el cerebro. La razón de la desmemoria está ahí: en los colores, las formas, la mayor o menor nitidez, los ritmos. La capacidad letal de los acontecimientos.

Por ejemplo la bajada del avión. Sé que aterrizamos en Aeroparque porque alguien lo dijo después, no sé cuándo. Pero no puedo, no puedo conseguir esa parte de la película. Salto del pleno vuelo a los camiones celulares que nos transportaron a Villa Devoto. Se me borró el aterrizaje, se me borró lo que siguió hasta empezar a circular por el inconfundible vapor de Buenos Aires. Siento la asfixia todavía, los chorros que me brotaban de la espalda, siento la deshidratación como si ahora me estuvieran obligando a tragar una sandía entera. Con esa intensidad. Veo gris y veo verde, tengo pegados el verde y el gris.

Pero hay fuertes huecos irrecuperables.

Che, es tarde. Voy a ver si me duermo. Me arden los ojos: se me rompió una patilla de los lentes. Causa, le regalé a David en México el único y buen estuche que tenía. Annie me regaló uno mejor, pero el período intermedio fue fatal. Así que corto. Contestá enseguida. El tiempo pasa raudo. Y también veloz. (¿Ya te lo dije?)

El ser humano que gana espacio en mis interiores da gruesos saltos en su esfuerzo por ser amistoso. Paciencia: la lucha contra el cáncer, el desplazamiento de la historia respecto de la línea de los deseos, los desfiles militares, la sombra que proyecta el edificio de enfrente sobre tu casa, moderan el espíritu.

Chau. Besos a los conocidos o queridos en común. A vos mi amor, como siempre.

Sara.

P.D. Esa foto que me mandaste de tu hija con una gallina en brazos es tan estúpida que me resultó ineludible su inclusión entre las demás, tan lindas todas. Besos.

Sobre la autora

Alicia Kozameh nació en Argentina, en la ciudad de Rosario, en marzo de 1953. Comenzó a escribir desde muy temprana edad. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Rosario y en la Universidad de Buenos Aires. Desde setiembre de 1975 hasta diciembre de 1978 fue prisionera política de la dictadura militar en Argentina. Testimonios de esa experiencia son evidentes en algunas de sus obras. En 1980, por las persecuciones y la insistente represión, se exilió en California, y luego en México. Durante ese período escribió la novela El séptimo sueño. De regreso del exilio, editorial Contrapunto publicó en Buenos Aires, en 1987, Pasos bajo el agua. Durante su estadía en Buenos Aires escribió el guión cinematográfico basado en la novela. Al capítulo "Carta a Aubervilliers" de este libro le fue otorgado el premio "Crisis" en 1986. Reside desde 1988 en Los Ángeles, donde terminó la novela Patas de avestruz. Fue fundadora y directora de la revista literaria Monóculo. Ha publicado numerosos cuentos y artículos en diversos medios de Argentina, América y Europa. Sus obras fueron traducidas al inglés y al alemán.

martes 12 de febrero de 2008

Lorrie Moore, Cómo convertirse en escritora


“Primero, trata de ser algo, cualquier cosa pero otra cosa. Estrella de cine/astronauta. Estrella de cine/misionera. Estrella de cine/maestra jardinera. Presidente del mundo. Es mejor si fracasas cuando eres joven —digamos, a los catorce—. Una desilusión temprana, crítica es necesaria para que a los quince puedas escribir largas oraciones en forma de haiku sobre el deseo que no se realiza. Es un estanque, pimpollo de cerezo, viento que golpea contra alas de gorrión se va hacia montañas. Cuenta las silabas. Muéstraselo a tu mamá. es dura y práctica. Tiene un hijo en Vietnam y un esposo que tal vez tiene una amante. Cree en usar marrón porque eso no deja ver las manchas. Mirará con rapidez lo que escribiste, después te mirará a ti de nuevo con la cara vacía como un donut. Dirá:

¿Qué te parece si vacías el lavaplatos?

Desvía la vista. Empuja los tenedores dentro del cajón, accidentalmente rompe uno de los vasos que dan gratis en las estaciones de servicio. Esto es el dolor y el sufrimiento que se requieren. Esto es sólo para empezar.”

......" Dile a tu compañera de cuarto (en el taller de escritura creativa), tu gran idea, tu gran ejercicio de poder imaginativo: una transformación de Melvilla (*) a la vida contemporánea. Será sobre la monomanía y el mundo del pez grande se come al pez pequeño de los seguros de vida en Rochester, Nueva York. La primera oración será: “Llámenme Comepescado” y tendrá como rasgo importante un esposo suburbano menopáusico llamado Richard, a quien, como está tan deprimido todo el tiempo, su inteligente esposa Elaine llama “Mufi Dick”. * Dile a tu compañera de cuarto:

- Mufi Dick, ¿entiendes?
Tu compañera de cuarto te mira, la cara vacía como un gran pañuelo de papel. Viene hasta ti como un varón amigo de otro, y te pasa un brazo sobre los hombres apesadumbrados.
-Escucha, Francie –dice, lentamente como se habla en las terapias-. Salgamos a tomarnos una cerveza.
El seminario no aprecia esto tampoco. Sospechas que todos ellos están empezando a sentir lástima por ti. Dicen:
-Tienes que pensar en lo que está pasando. ¿Dónde está la historia?


En el semestre siguiente, el profesor está obsesionado con escribir a partir de experiencias personales. Tienes que escribir a partir de lo que sabes, a partir de lo que te ha pasado. Quiere muertes, quiere viajes en carpa. Piensa en lo que te ha pasado. En tres años, hubo por lo menos tres cosas: perdiste tu virginidad; tus padres se divorciaron; y tu hermano vino a casa desde una selva a quince kilómetros de la frontera de Camboya con sólo medio muslo, una mueca permanente anidada en un costado de la boca.
Sobre lo primero, escribes: “Creó un espacio nuevo, que dolía y gritaba en una voz que no era la mía. No soy la misma desde entonces, pero voy a estar bien”.

Sobre lo segundo, escribes una historia elaborada sobre una vieja pareja de casados que se tropiezan con una mina antipersonal en la cocina y accidentalmente se vuelan en pedazos. Le pones como título: “Hasta que la mortadela nos separe”. Sobre lo último, no escribes nada. No hay palabras para eso. Tu máquina de escribir tararea. No encuentras palabras.

En las fiestas con cócteles de los estudiantes, la gente dice:
-Ah, ¿escribes? ¿Y sobre qué escribes?
Tu compañera de cuarto, que tomó demasiado vino, comió demasiado queso, y ninguna galletita, estalla:
-Ay, mi dios, siempre escribe sobre su estúpido novio.
Más tarde, en la vida, vas a aprender que los escritores son simplemente textos abiertos, indefensos, sin una comprensión real de lo que escribieron y por lo tanto tienen que creer a medias cualquier cosa que se diga de ellos, todo lo que se diga de ellos. Sin embargo, tú todavía no has llegado a esa etapa de la crítica literaria. Te pones tiesa y dices:
-No es cierto –como lo decías cuando alguien en cuarto grado te acusaba de que en realidad te gustaban las clases de oboe y en realidad tus padres no te estaban obligando a tomarlas.
Insiste en que no estás muy interesada en ningún tema en particular, en que estás interesada en la música del lenguaje, en que estás interesada en… en… las sílabas, porque son los átomos de la poesía, las células de la mente, el aliento del alma. Empieza a sentirte mareada. Mira fijo tu copa de plástico con vino.
-¿Sílabas? –vas a oír que dice alguien, la voz arrastrada y cada vez más lejana mientras se alejan hacia el blanco tranquilizador del bol de salsa.

Empieza a preguntarse sobre qué escribes. O si tienes algo que decir. O si existe eso que llaman algo que decir. Limita esos pensamientos a no más de diez minutos por día, como sesiones, pueden hacerte pensar. Vas a leer algo en alguna parte, que toda escritura tiene que ver con los genitales del que escribe. No te dediques a pensarlo. Te pondrá nerviosa.
Tu madre va a venir a visitarte. Va a mirar las orejas y te va a dar un libro marrón con un maletín marrón en la tapa. Se llama: Cómo ser una ejecutiva de negocios. También te compró la enciclopedia de Nombres de bebés que le pediste; uno de tus personajes, un maestro envejecido de la escuela de payasos, necesita un nuevo nombre. Tu madre va a menear la cabeza y decir:
-Francie, Francie, ¿recuerdas cuando ibas a ser especialista en psicología infantil?
Di:
-Mamá, me gusta escribir.
Ella va a decir:
-Claro que te gusta escribir. Claro. Claro que te gusta escribir.

Escribe una historia sobre un estudiante de música confundido y ponle como título: “Schubert fue el de los anteojos, ¿verdad?”. No es un gran éxito aunque a tu compañera de cuarto le gusta la parte en que dos violinistas accidentalmente se vuelan en pedazos en una habitación preparada para un recital.
-Salí con un violinista una vez –dice, y hace estallar su pelota de chicle.
Gracias a dios estás haciendo otros cursos. Encuentras un santuario en los problemas complejos de la ontología del siglo XIX y los rituales de cortejo de los invertebrados. Ciertos moluscos globulares tienen lo que se llama “Sexo por el brazo”. El pulpo macho, por ejemplo, pierde el extremo de un brazo cuando lo pone dentro del cuerpo de la hembra durante el acto sexual. Los biólogos marinos lo llaman “Séptimo Cielo”. Siéntete feliz de saber esas cosas. Siéntete feliz de no ser solamente una escritora. Inscríbete en la facultad de derecho.
De ahí, pueden pasar muchas cosas. Pero la principal será: decides no ir a la facultad de derecho después de todo y en lugar de eso, te pasas una parte grande, importante de tu vida adulta contándole a la gente cómo decidiste no ir a la facultad de derecho después de todo. De alguna forma, terminas escribiendo otra vez. Tal vez te recibas. Tal vez trabajas en lo que puedes y haces cursos de escritura de noche. Tal vez estás trabajando en una novela y tomando nota de todas las afirmaciones inteligentes y las confesiones íntimas que oyes durante el día. Tal vez estás perdiendo a tus amigos, tus conocidos, tu equilibrio.
Rompiste con tu novio. Ahora sales con hombres que, en lugar de susurrar: “Te amo”, gritan: “Házmelo, nena”. Eso es bueno para tu escritura.
Tarde o temprano tienes un manuscrito terminado, más o menos. La gente lo mira con los ojos vagamente preocupados y dice:
-Apuesto a que ser escritora fue siempre una de tus fantasías, ¿no?
Se te secan los labios, se te convierten en sal. Di que de todas las fantasías posibles en el mundo, no puedes imaginarte que ser escritor pueda siquiera llegar a estar entre las primeras veinte. Diles que vas a ser especialista en psicología infantil.
-Apuesto –suspiran ellos, siempre-, apuesto a que serías excelente con los chicos.
Búrlate de ellos con ferocidad. Diles que eres una hoja de cuchillo que camina.

Deja de ir a clase. Deja de trabajar. Cobra viejos bonos de ahorros. Ahora tienes tiempo como verrugas en las manos. Lentamente, copia todas las direcciones de tus amigos en una nueva libreta de direcciones.
Aspira. Mastica caramelos para la tos. Lleva una carpeta llena de fragmentos.
Un párpado que se oscurece hacia un costado.
El mundo como conspiración.
¿Argumento posible? Una mujer se sube a un autobús.
Supón que tiras un amorío y nadie viene.
En casa, toma mucho café. En Howard Jonson’s, pide ensalada de repollo. Piensa la forma en que la ensalada parece un mapa convertido en papel picado: dónde estuviste, adónde vas, “Usted está aquí”, dice la estrella roja en la parte de atrás del menú.
De vez en cuando, sal con una cara blanca como una hoja de papel que te pregunta si los escritores se desaniman. Di que a veces lo hacen y a veces, no. Di que se parece mucho a tener la polio.
-Interesante –sonríe tu cita y después se mira los pelos del brazo y empieza a alisarlos, todos, siempre, en la misma dirección"

Fragmento extraído de "Autoayuda" Cuentos

lunes 11 de febrero de 2008

Hanni Ossott, Poemario


La noche y la luz

La Noche se va haciendo en mí profunda
revocable como una estación
La oscura esfera de lo oscuro
ha inundado mi ámbito
y se cierra como el beso de dos cúpulas
Ya yo no sé cuál es mi fondo
Soy ahora noche entera
Conservo palabras
pero hoy
ellas no son lo suficientemente diurnas
no pueden guiarme
no son linterna
ni lamparita de media noche
Pienso en Delfos, debo recordar Delfos
cóncava
iluminada
abierta

Debo pensar en el espacio más luminoso del mundo
Delfos, lugar nocturno hecho luz
Es preciso
es preciso realizar de la noche la Luz

La mordida profunda

Hay una mordida profunda
incisiva
en el centro de mi sexo
por la cual yo me erijo como yo misma
y soy,
y poseo y dono.
Regalo mi cuerpo y mi ansia.

Hay una mordida en mí
que doblega al otro
lo arrodilla, lo inclina
por esa mordida se abre un vasto mar de vacíos
vértigos
precipitaciones
abismos

Me cruza una pendiente
me traza un precipicio
en el amor…
y en todas mis secretas junturas
con cuido, con recelo, tú te avienes a mí
y no me sabes.
Ella era bella y de ella aprendí este horror…

¿De qué hablaré hoy?
¿de su rostro?
¿su traje?
¿de sus ojos?
hubo y la vi
una pleamar…
hubo pasado
trajes hermosos colgados en clóset
alcanfor…
y la música
para apaciguar
¿De qué hablaré hoy?
de ustedes?
que no me conocieron?
de ustedes?
que no me conocerán…?
soy sólo hoy un pedazo de luna
el rasgo de una playa
el arañazo de un gato
el beso de uno que se creía violento
y a quien mordí
Ella
era bella.
Y de ella aprendí este horror.

A Lena, mi madre
A Arlette Machado
Las pastillas

Una pastilla
dos pastillas
tres pastillas
seis pastillas
Dayamineral
Carbonato de Litio
Haldol
Neubión
Oranvit
Rivotril 2 mg
¿y el médico?

Deambulando por ahí…ahí como en la Luna
Sin saber de la verdadera enfermedad

La enfermedad es el vivir
la única
La enfermedad es el cuerpo
y las pastillas no sirven de mucho

Sólo sirve el alma
haciendo cuerpo
y el cuerpo haciendo alma

¡Fuera el Lexotanil!
Ciao bambino…

Poesía

Quien vive la poesía, vive la tensión.
El cielo, la tierra, los hombres les resultan extraños.

Calla: aquí vive un Angel...! un pájaro!

La serenidad y la tormenta conciernen al poeta.
El cielo naranja sobre una colina azul
La sagrada voz del Réquiem de Brahms
El plenilunio. La melancolía.
Al poeta le gusta el abrazo
el roce, los besos llenos de licor
y la caricia, la última caricia
la caricia final
susurrada
infinita
¿Qué es ser poeta?
Llorar.
Llorar. Infinitamente.
Y escuchar una voz de hombre
silente y viril
por su feminidad perdida
porque la poesía es feminidad.
Y los hombres poetas deben ser femeninos.
Y las mujeres poetas deben ser masculinas
Y esta es ley de Dios
Ley sagrada

Mi amor yace en un pozo

Déjame escribir
al menos escribir
es lo mínimo que se puede pedir
La noche está fresca
y no hay casi carros por las calles
las flores están floreciendo a su manera pero es de noche
y las flores también tienen un modo de florecer al anochecer
También
-me imagino
que «hay amores que matan»
pasiones, grandes pasiones.
Mi amor, mi gran amor yace en un pozo
allí florecen raras flores
flores que no saben cantar ni bailar
todo es mustio allí
Me he entregado a un amor raro
sin nervios
sin locura
sin gritos
ni pasión
puro intelecto
Al menos déjame escribir
esta noche
un poema
Al menos se trata de una pasión.

La poeta venezolana Hanni Ossott (Caracas, 1946-2002) fue profesora de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, donde había recibido su Licenciatura. Recibió los Premios Nacionales de Poesía Ramos Sucre y Lazo Martí. Publicó además crítica de arte y varios libros de ensayos sobre la poesía. La editorial Bernardo Infante ha recogido recientemente su obra bajo el rótulo de Poemas selectos.

Foto: Sandra Pérez - fotógrafa cubana

domingo 10 de febrero de 2008

Ana María Shua, La sueñera


Los calamares no me atemorizan. En señal de amistad, trenzo y destrenzo sus tentáculos. Después de todo, soy casi una de ellos; yo también sé jugar a esconderme con nubes de tinta.

Extraído de La sueñera, &48

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Entrevista / Minibiografía