sábado 30 de abril de 2011

Mi reino por un Viernes, María del Carmen Cerezal

Yo, Robinson de ésta mi isla coralífera, intrincada malla de palabras, te busco Viernes.
Es que a veces se me angosta, infimiza, muta, puesto que algunas de las que utilicé para constituirla las he olvidado a mi pesar,
Otras, ingratas, fueron ellas las que se divorciaron de mi., Pero dada su esencia, sobre las muertas perviven las halladas. La vida siempre se impone.
Ayudáme a encontrar las justas, las precisas, para pintar emociones, lugares, sucesos.
Enseñáme a atraparte en mis viejas redes de pescadora de paciencia infinita, sedienta oteadora de horizontes sucesivos.
Que sea para vos, Viernes, comprensible y aprehensible cada oleada de vocablos que lleguen ante vos tratando de ser desentrañados.
O que pueda tanto despertar tu intriga que decidas bucear en mis aguas, cavar en mis tierras buscando el cofre aherrojado que esconden estas soledades.
No vas a descubrir riquezas desmesuradas aquí, pero sí algunas bandadas de pajaritas moteadas, cantos de mariposas en si bemol, algún galope de unicornios riendo a carcajadas u oleajes de bermejas olas cantarinas.
Sí, accedo a derretirte a la luz de estrellas fugaces, cristales de nieve dorados, pero es imperioso que entiendas que las únicas joyas aquí son el sol, la luna, la brisa, el mar, yo. Que somos todos y uno.
Y cuando necesites ternuritas, te puedo abrigar con una bruma ocre-redón .Si estás aburrido te fabularé crímenes horrendos, misterios indescífrales, viajes imposibles, terrores que se desvanezcan ante tu menor parpadeo.
Mi imaginación es el cuerno de la abundancia volcado a los pies de tu deseo o el Hubble esquivador de agujeros negros, rumbo a lo insondable, llevándote a su borde. Tu deseo o el mío, no importa el punto de partida, la estación de arribo es el placer para ambos.
No te inquiete el riesgo de perderte en mí. Todos los universos tienen salida, mas cuando así lo necesites, te daré refugio y alimento; tibias grutas azules aguardan tu presencia.
Pero, por piedad solidaria, no me abandones bruscamente sin darme una oportunidad por pequeñita que ella  fuere.
No te angustie que mi cielo luzca tormentoso u oscuro: es sólo un mohín de coqueta que pretende enamorarte. No obstante, cuidado sumo con mis volcanes,: esa lava no está tan yerta como aparenta.
Desdichadamente para este encuentro nuestro no hay estrellas polares que indiquen rutas ni mapas recuperados por bucaneros tramposos.
Aguardo expectante que los cantos de sirenas no te hagan desviar, sin siquiera atisbar un poquito en mis recientes cumbres, en mis radas a descubrir, porque trabajo demasiado para que esta naturaleza mía te resulte atractiva.
Tené presente que sólo ansío ser tu Itaca.

Amelia Biagioni (1918-2000) Argentina, MANIFIESTO


Yo me resisto,
en la calle de los ahorcados,
a acatar la orden
de ser tibia y cautelosa,
de asirme a la seguridad,
de acomodarme en la costumbre,
de usar reloj y placidez,
aventura a cuerda,
palabra pálida y mortal
y ojos con límites.
Yo me resisto,
entre las muelas del fracaso,
a cumplir la ley de cansarme,
de resignarme,
de sentarme en lo fofo del mundo
mortecina de una espada lánguida,
esperando el marasmo.
Yo me resisto,
acosada por silbatos atroces,
a la fatalidad
de encerrarme y perder la llave
o de arrojarme al pozo.
Con toda la médula
levanto, llevo, soy el miedo enorme,
y avanzo,
sin causa,cantando entre ausentes

viernes 29 de abril de 2011

Cuentos, Martha Goldin

La vuelta

    El sol cae a pique y el asfalto arde.
    La mirada de ella se detiene en la baldosa floja, recorre la calle solitaria, el ramaje de los árboles, sus copas sedosas. Como mareada aspira el aire que su piel reconoce. Mi ciudad, dice. Y sonríe.
    Liliana y Cristina vienen hacia mí. Tenemos nueve años y un montón de tareas.
    Yo acomodo mi maleta de escuela en el hombro, le digo voy con ustedes. Me miran asombradas, piensan, no sé, que de pronto crecí, que no soy quien soy, esta niña con lágrimas, las lágrimas no dejan de caer porque mis amigas no me reconocen, siguen saltando la cuerda, mientras yo, desconcertada, retrocedo hacia la puerta de mi casa, de espaldas busco el picaporte, lo oprimo, sigo retrocediendo en la frescura insólita del zaguán, el olor a jazmines me inunda, toda la casa es un jazmin que me recibe, y me arrojo en brazos de mamá , venga mi nena ¿qué le pasa? y quiero contarle, explicarle todo, pero soy esta bebita rubia de un año y apenas sé balbucear, y mamá me saca de la cuna y me aprieta contra su pecho mientras bajo del avión en Ezeiza, con mis dos hijos de la mano, tras nueve años de exilio. Miro mi ciudad.
    El sol cae a pique y el asfalto arde.

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La calle Acevedo

Sucedía cada vez que bordeaba el Botánico. Como si una fuerza brutal la empujara caminaba hacia la calle Acevedo, buscaba con cierta dificultad la puerta y se quedaba parada mirando. Útimamente notaba esto con mayor frecuencia mientras tomaba un café en el bar de Malabia. Ellos le preguntaban qué pasaba. Bromeando comentaba que se veía pasar con la beba en brazos y el hijo en triciclo. Era una broma triste y sentía como su voz se quebraba. También era cierto que cada vez más en esas calles tenía la sensación de haber retornado recién, como si los años transcurridos, la vuelta del exilio, se borraran y todo recién comenzara.
No era que extrañara los 70 del terror ni el dificultoso retorno a mediados de los 80. No era eso lo que añoraba, no. Sin embargo algo le sucedía. Esa mañana, como siempre, cruzó la avenida. El solcito de primavera y el cielo tan azul. Se sintió casi feliz. Pensó que no era bueno acercarse a la puerta, que la nostalgia siempre es peligrosa. El tiempo voló. Dejarlo ir, se dijo. Quedó parada cerca de la entrada largo rato. Detrás de la puerta vio la vaivén que se movía y a la mujer muy joven. Llevaba jeans y el pelo largo. La beba dormía. A su lado el hijo de tres años en triciclo y con una servilleta a cuadros azul y blanca anudada al manubrio. Ahí va la manzana deliciosa que tanto le gusta- pensó. Desvió la mirada. Acercarse. Por un momento creyó que sería lo mejor. Acercarse, fundirse en un abrazo, acariciarlos. Los siguió. Cruzó con ellos.
La madre sacó de un bolso de red la pala y el balde,la pelota de plástico de colores y los dejó al alcance del chico que ya se acercaba a sus amiguitos. Suavemente acunó a la beba.
Ni siquiera me mira, no me ve. Todo esto es mío, me lo arrebataron y vengo a recuperarlo. l974. En un gesto desesperado me acerqué a ella. La abracé,la abracé fuerte. Casi como a una hija.
Le esperan tiempos difíciles, pensé, muy difíciles.
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La habitación de al lado - Los Ángeles

Mi habitación es la 307. Muy confortable , tiene un balcón desde el cual puedo ver el Pacífico . En la 308 vive una mujer que grita con voz chillona y se pelea con alguien.Todas las noches se escuchan los golpes. Ella se va y vuelva inmediatamente. Patea la puerta con fuerza.
-Open -grita -open, fuckyou.
Alguien le abre y todo recomienza. A veces conversan, se rien. La voz del otro, el hombre, es gruesa y acariciadora. Por la mañana el silencio, como si en la 308 la noche hubiera transcurrido en paz. Silencio extraño que reordena todo cuando comienza a amanecer y espera sigilosamente las primeras sombras. He intentado en vano saber de quien es la voz masculina de la noche.
Vive sola-dice Ceci, la empleada hispana del hotel ,que aprovecha la oportunidad para hablar mal de la gringa .- se droga, toma mucho y cuando se baña llena de talco la habitación. Mándele nomás, hace meses que vive acá . Si no la deja dormir,llame a la policía-
Le brillan de odio los ojos negros y la piel canela de muchacha latina.
Y se va, la que se va es ella , arrastrando por el corredor su carrito de ropa blanca .
Me han ofrecido cambiar de habitación pero siento un ligero cansancio, como si una fuerza me detuviera . Sin embargo se que los ruidos de la 308 se harán sentir esta noche y así es. Comienzo a escuchar la voz gruesa y suave, las risas, los gritos, la puerta que se golpea .
Open- grita la del 308-
Apoyo mi oreja contra la delgada pared, otra vez la puerta se abre,
- Fuckyou- grita- fackyou.
Nuevamente silencio. Amanece temprano y espero que Ceci pase con su carrito para asear las habitaciones.
-Ceci -intento quejarme al verla -otra noche sin dormir.
- Andele -Ceci sonríe mostrando sus dientes muy blancos- pués hace dos días que la habitación está vacía.
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La otra calle


"en medio del rugir de las fogatas

fui caminante de sal entre las piedras"

I

Me gustaría encontrar aquella calle, pensaba. Las hojas de los árboles a veces temblaban como gotas. A veces eran gotas que corrían por sus ojos. Me gustaría encontrar aquella calle, pensaba. Y no eran gotas solamente. Ya relámpagos corrían por el rostro porque la calle que ella buscaba quedaba lejos. No se trataba de espacio sino de tiempo y el tiempo la contaminaba.
Me gustaría encontrar aquella calle, pensaba.

II

Y un perfume de jazmines inundó todo.
Tiempo o espacio en el que ella se despojó de preguntas y se encontró en la vereda , los niños corrían a su lado , jugaban con el perrito negro.
De pronto la calle se pierde. Niños y perro huyen por los aires de Lima ,se confunden con el olor de las buganvillas , siguen jugando y riendo sin ella que se pierde también en el espacio y en el tiempo.
El viejo empedrado de la ciudad . Ya las risas son tan lejanas , los bocinazos y los olores la retornan bruscamente a esta orilla porque ha perdido la calle, los niños la estarán buscando y ella no sabe como volver.
Si se cierran los ojos quizás volverá a encontrar esa calle. Siente el calor suave de la ciudad que no conoce el viento, las hojas no se mueven aquí y saltan nuevamente niños y perrito, ella va con su baguette bajo el brazo, es tan joven que se siente hermosa en esa calle que huele a buganvilla.
Escucha las campanas de la iglesia Santa María, debe llegar a casa porque el óvalo Gutiérrez queda tan cerca, sólo atravesar el costado de la huaca Juliana o bien seguir de frente. Nuevamente los niños y el perro se alejan, ella busca desesperada orientarse con los ladridos que se escuchan ya lejos, cada vez más lejos los ladridos, las risas de los niños.
Sabe que no puede con las fuerzas del tiempo y el espacio, que inexorablemente volverá a esta otra calle donde no hay niños ni perro ni Huaca Juliana ni baguette ni campanas.
Sólo bocinazos en la gran ciudad donde rondan los muertos sin voz y las Madres “están locas” y los templos se resguardan con bloques de cemento y las voces de los niños, el ladrido del perrito , están en otra calle.

III

Me gustaría encontrar aquella calle, pensaba.
El viento comenzó a sacudirlo todo, la alejaba y esta calle donde buscabalas risas y los ladridos la levantaba por los aires, tiempo y espacio, hasta la calle de muerte donde ella corría con sus niños en brazos, el bolso repleto de pañales. Una noche en esa calle, muchas noches en esa calle. La muerte maneja un Falcón verde. Mejor era pensar como encontrar la otra calle, la de la Huaca Juliana , pero ella no sabe cómo retornar.
Si se cierran los ojos y las lágrimas dejan de correr quizás .
Siente ya el calor suave de la ciudad que no conoce el viento, las hojas no se mueven aquí

“menudo pie la lleva por la vereda
que se estremece al ritmo de su cadera”

Mira correr y saltar a los niños y al perrito, ella va con su baguette bajo el brazo, escucha las campanadas de la iglesia Santa María, ya va a llegar a casa.
Pero nuevamente niños y perro se alejan y ella busca desesperada orientarse con los ladridos, que se escuchan ya lejos, infinitamente lejos.

IV

Esta calle es muy arbolada. Comienza la primavera y hace un calor húmedo.
Ahora en esta calle la vida continúa. Nadie se pregunta por esa muchacha, por ese niño, por esa beba. La vida continúa en esta calle donde ella no sabe adónde ir, donde cada día le gana un día a la muerte.
Esta calle está en primavera Hay una luz muy intensa y los balcones florecenLa gente pasay esto es la vida cotidiana.
El frutero en la esquina de la calle vende su fruta, el florista ordena sus flores.
Esta calle está en primavera, un aire húmedo se huele en esta calle donde la vida continúa .Esto se llama la vida cotidiana, piensa. Repasa direcciones, ubica amigos lejanos, hojea el diario que anuncia nuevos “enfrentamientos” y nuevos cadáveres.
Todavía son pocos los cadáveres y las Madres no han enloquecido.
Ahora en esta calle es primavera y a pesar de todo ella reconoce una hermosa primavera . Ve de lejos la plaza, los juegos, palita y balde, la calle es una fiesta.
Ella siente que la calle es una fiesta de los otros y la ciudad sólo escucha los latidos de lo que no molesta,
Hay que buscar la otra calle, hay que encontrar el olor de las buganvillas, hay que escuchar las campanadas de la iglesia de Santa María y caminar por el costado de la huaca Juliana
Hay que volver a casa.

V

Volver a casa , piensa y ¿dónde queda la casa de los niños y el perrito?
Volver a casa. Siente que fuertes marejadas la alejan o es el viento que nuevamente arrecia. Pero aquí no hay viento, dice. Mira el mar, esas olas que se abaten sobre la costa, el Pacífico se alza amenazante a veces.
Ella ve jugar a los niños que corren, se ríen, arman sus castillos, el mar los moja y desarma el sueño de arena.
Se van cayendo los murallones que protegen la rubia ciudad, las torres, los pasadizos. Quedan abandonados los restos en la arena, expuestos a próximas y últimas destrucciones, mientras los niños ya construyen otro castillo , otras torres, otros pasadizos. Hay tanta vida dentro del castillo.
Hay tanta vida.

VI

Cuando se huye y se llega a otra parte , la vida es suave aún con sus penurias. Ella abre una ventana sobre la calle desconocida . Esa quietud, las hojas no se mueven . Siente extrañeza .
Pero la vida es suave cuando el horror queda atrás y los niños la reclaman, la vida suave la reclama para calmar las heridas porque ha recuperado su porción de aire en otra parte

“jazmines en el pelo
y rosas en la cara”

Ella abre una ventana , la vida le entra ¿ Habré encontrado aquella calle ?

viernes 22 de abril de 2011

Claudia Ainchil , Creo y no Creo

Creo y no creo.
Como una contradicción estética
mundo enfurecido
que entrevista sombras exageradas
o itinerarios que nunca cumplo
por si acaso.
Después, las voluntades de la mariposa
perspectiva circular, tan momentánea
grotesco silencio apurado
contextos indescifrables
en el alma rara desquiciada
la gramática no me salva
cada mafia de eso que dice ser aire
esta atestado de palabras
inmóviles cuando deberían ser trueno
y tsunami que extingue la calma chicha del desierto.
¿Te asilas en un cuerpo nocturno?
¿Cómo obtener el trazo que divida al viento?.
Llevar la condena a rastras
buscar siempre buscar
y la nada orilla.
Moscas.
Soy cuando menos lo espero en la antesala
esa nada a la cual acepto
cierta trompeta induciéndome
por karmas acalambrados en las venas.
Ir manoseando abismos
ojos claros precipicios perforan iris
ojos negros no se resguardan en la pantalla
se hacen chiquitos analfabetos
no advierten el significado de las reproducciones humanas
la opacidad del quizás quizás.
Mi mirada me excede.
Creo y no creo en las palabras
ellas giran 180 grados
y las evoco
ellas vuelven
y a veces no me encuentran.

Para leer más poemas de Claudia

Susana Szwarc, Sobre jazmines

Que a muchos, a muchas, nos gusten los jazmines es cosa conocida. Sin embargo le regalé jazmines a la vecina de andén y una de sus hijas dijo: “qué olor asqueroso”. Desde ese día esa nena me cae horrible, de tanto hacer como que no la veo, no la veo. El clima con los vecinos quedó tenso, ni frío ni calor, nunca.

Te decía, intentaba no fumar, no queda otra, a veces, que adherirse a las modas. Mucha gente había dejado de fumar y encontrar colillas se estaba volviendo difícil. Me enteré de un curso gratuito y me anoté. Tuvimos que escribir por qué dejaríamos de fumar. Pensé, pensé, es decir di vueltas de un lado a otro de la vereda, bajé y subí las escaleras del subte montones de veces y no encontraba un motivo completamente válido. Hasta que encontré dos. Pero el que me pareció de verdadera importancia fue, y así lo dije en el curso: sería capaz de delatar por ausencia de colillas.

Creo que no captaron ni el médico ni los compañeros del curso la seriedad de mi frase porque se rieron como si hubiera contado, yo, un buen chiste. Me gustó que rieran. Cuando contaba un chiste no obtenía la risa de los demás pero la cuestión es que había llegado la época de los jazmines. Miraba los ramos, los olía –sin olvidar la frase de la vecinita –y después, despacio –sin que me vieran- sacaba un pedazo de pétalo y lo mascaba como a un chicle, lo tragaba como a un caramelo. Me entretenía de tal manera que me olvidaba de fumar. Sin embargo –era diciembre –y, eso pensé al comienzo, el calor, el intenso calor, comenzó a envolverme en una especie de sueño, de sopor, de bruma. Me dormía.

Le conté a una amiga:

-Me duermo en cualquier parte.

-¿Te parece que estás deprimida?

-No sé, ¿vos creés que estoy?

-Me preocupa, así empezaron los otros, las otras.

-¿Y?

-Se suicidaron.

Me imaginé una inmensa mesa. No, mejor un inmenso banco de plaza, sí, una especie de banco mundial donde los agotados, agobiados de guerras, secretos, despechos, sin techos, lastimaduras incurables, se quedaban quietos, sentados hasta el suicidio.

-Pero yo no pensé en suicidarme, sólo quiero dormir.

-¿Hacés algunas cosas raras? ¿Distintas?

No quise decirle que comía pétalos de jazmines.

-Creo que no.

-¿Soñás?

-Casi no, pero el otro día me desperté contando las sílabas de las palabras hambre,éxodo y adicciones mientras me reía.

-Me suena grave. Yo que vos llamo al número de ayuda al suicida.

Y ahí nomás me dio un número de teléfono.



Tener un número gratuito, un número para llamar sin preocuparse de los pulsos, es realmente uno de los tantos regalos del sistema. Esa palabra me gustaba y trataba de usarla en cuanta ocasión fuera posible. Ni bien estuve sola, busqué un teléfono público y marqué el 0, el 800 y los que seguían. Esperé. Una voz dijo, no recuerdo si “hola” o “buenas tardes”, no le di tiempo a preguntar algo porque dije mi frase reiterada tantas veces este último tiempo: quiero dormir.

Desde el otro lado quien escuchaba supuso que mis dos palabras hacían un desvío, creyó que yo hablaba del sueño eterno.

-¿Cómo te dormirías? –preguntó, neutro, serio.

No era muy cómodo hablar desde este teléfono ahora que había comenzado a llover.

-¿Creés que me dejarán hablar desde un locutorio?

-Claro. Decí que llamás a ayuda al suicida.

Pero no llamé. Me fui encontrando con un montón de conocidos que, como yo, querían protegerse de tanta lluvia.



Llamé al día siguiente. No era la misma voz, entonces corté.

Durante días, en distintas horas, probaba en ese número gratuito hasta que reapareció la voz.

-Soy yo –dije- la que quiere dormir.

-No sos la única.

Nos causó gracia. De todos modos el recuperó su tono neutro- serio e insistió:

-¿Cómo te dormirías? –recalcó el “te”.

Él seguía creyendo que era yo la que causaría la acción del dormir. Le quise dar el gusto.

-Así-dije. Y ya cerraba mis ojos.

-Esperá, no lo hagas. Llamás para hablar, no para dormirte.

¿Tendría razón? ¿Buscaba esa voz para hablar o para que escuchara mi sueño?

Bajé los ojos y en el espacio del locutorio, en ese pequeñito espacio donde se prohibía fumar, encontré medio cigarrillo. Lo escondí debajo de mi pie.

El silencio se hizo largo.

-¿Estás ahí?

¿Por qué habremos dicho la frase juntos? Yo estaba en este espacio sin jazmines. ¿Habría paisaje en el lugar del ayuda?

-¿Hay ventanas donde trabajás?-

-Sí, se ve un trozo de cielo. Parece que no hay nubes.

Me dio tristeza que alguien estuviera así, solo, viendo durante horas una parte de cielo sin ninguna certeza de lluvia o de sol. Era lógico que el ayuda también quisiera dormir.

Tenía que inventarle un paisaje.

-Desde aquí se ve un árbol muy verde, si se sigue con la mirada muy lejos se alcanza a un jacarandá todo violeta. Había un pájaro, una calandria, creo. Cantó durante días sobre el árbol verde, un fresno, hasta que otro pájaro se le acercó. Hicieron su juego amoroso. Y el que cantaba, dejó de cantar. Silencioso se quedaba allí como esperando, y el otro pájaro llegaba, las alas de los dos en despliegue. Aunque desde esa lluvia grande se fueron del árbol. Se fueron así, sin avisar.

En ese momento me di cuenta de que había empezado con las mejores intenciones, inventarle al ayuda un paisaje de película y ahora le estaba contando algo triste. Pero él no se amedrentó.

-Los pájaros no hablan –dijo.

-Claro, pero podrían haberme avisado de alguna forma. Algún ruido, algún movimiento para mí.

-No sabían que vos los mirabas.

Su razonamiento me estaba irritando. El del locutorio me miraba, abusivo, usar una cabina en forma gratuita.

-Tengo que irme-dije.

-Entonces, hasta mañana.

La voz neutra-seria me seguía como el sopor. Me había olvidado el medio cigarrillo en el locutorio. No me animaba a volver. Decidí no buscar colillas por un rato. Fui hasta lo de Silvia, tal vez tendría algo para comer. En ese camino de umbral en umbral, una risa grande me nació, me gustó escucharme reír. Hubiese querido llamar al ayuda para darle un poco de ese sonido. Pero prefería demorarme, tener algo para extrañar. Y tal vez él había comenzado a extrañarme.

Me dio risa pensar que no nos moriríamos de exceso de humo. De unos cuantos dirían: muertos de hambre. No, nadie diría nada. No se hablaría, no hablarían. Sin despedidas, como los pájaros.

Se me ocurrió entrar al macdonald. Era el baño que quedaba más cerca del lugar de Silvia. Ahí nos podíamos refrescar, estar tranquilas. No había ese horrible cartel “baño para uso exclusivo de los clientes”. Pero, las personas que entran a un bar y toman un café, ¿son clientes?, ¿acaso no son-por un rato- habitantes de ese lugar? Conversan, leen, escriben en servilletitas de papel, miran por las ventanas, algunos hasta llevan un ramo de jazmines.

En el recorrido por el macdonald hasta el baño, encontré un globo suelto, perdido. Busqué al dueño del globo. Nadie parecía buscarlo. Lo fui llevando con el pie.

Estaba Silvia. Y estaba la rumana con su hijo. El globo resultó perfecto. La rumana usaba unos vestidos preciosos que había traído de allá, a veces nos prestaba su ropa y vestíamos de lo mejor. Sabíamos poco de ella. Fue maestra en su país. No nos contaba nada más. A veces nos leía poemas, los leía primero en rumano. Para que escuchen la música, decía. Después, con una tonada especial, cambiaba el idioma. Yo tenía mi preferido, me lo había aprendido de memoria: “El sueño y el despertar” de Nichita Stanescu. Al día siguiente se lo dije al ayuda:

“Nos hemos confesado uno frente al otro/el más oculto secreto: que existimos…/Pero era de noche y, ay, por la mañana, terrible descubrimiento,/ me había despertado con la sien sobre ti,/amarilla, gavilla, trigo. // Y he pensado: Dios mío,/¿qué clase de pan estaré siendo/yo/y para quién?//

Creo que le gustó tanto como a mí.

Susana Szwarc nació en Quitilipi, provincia del Chaco, en 1952. Publicó:
El artista del sueño (1981)
En lo separado (1988)
Trenzas (1991)
Bailen las estepas (1998)

Recibió el "Premio Único Municipal de Poesía Inédita" (1994 / 95).
En 1996, participó del ciclo Stevenson Poética; para escuchar su lectura, pinche acá.

lunes 18 de abril de 2011

Microrrelatos, Susana Cattaneo

El vino barato es una ayuda inmoral para desdibujar tu rostro que no cesa de golpear en el costado oscuro de mí. Una cinta celeste cruza mi pupila y mi boca se llena con los abominables insectos que roen tu recuerdo.
En la esquina, la desolación va en colectivo y un rancio dolor duerme en los zaguanes.
Ahora me has olvidado. Ahora todos los barcos agónicos que cruzan finisterre llevan una carga de tristeza. Ahora no me recuerdas como cuando nuestras palabras hacían el amor.
El vino barato cierra mi pensamiento y un agrio dulzor mezcla el aire y la noche. Dónde tu rostro de nieve? La poesía de tus labios, ¿dónde? Hay una amarga ternura encerrada en mis manos. Un túnel de humedad de abeja incitando a partir. Un sol de lluvia en el final de la desdicha.
El silencio clava una espada de labios cerrados. De miradas en condena. Enhebra culpas por no haber acariciado tus manos irreales. Por no haber gritado el amor mientras te daba todas mis lágrimas.
El vino barato cruza el sol del primer día en que te vi. El gris da vuelta las hojas de los días. Y te amo.

La bruja. La que me acecha en los roperos de dos siglos. La harapienta dulce y malévola.
Ella, que dormita en mis uñas agrediendo mi sangre. La de pómulos grises y filosos. La que parece un ángel ungido de locura.
A veces comparte mi almohada. Otras, le hago el amor. Gime desde todos los infiernos ahogada de placer.
Es miel agria su boca y sus dedos queman con su frío.
La bruja. Incansable, fiel, compañera de vida.
Yo le brindo esta noche para que nunca se arrepienta de estar a mi lado.
Finalmente, he comprendido: la vida, una lujuria perpetua entre sus brazos de fuego

Este es mi exilio. Es un país que se llama sábado. Es esta noche de huesos oscuros que no tienen tus manos. Es mi exilio de ti, de un abrazo que nunca. Es el lugar de los solos, los que parten hacia túneles mojados de tristeza. Soles de luto en las paredes.
Sábado país. Con discotecas lejanas. Monigotes del recuerdo se mezclan en mi mente mientras la noche avanza.
Este es mi exilio. Nada aquí; ningún lugar donde poner esta brisa, este otoño amargo, este jardín de relámpagos..
Un sábado de hilachas y toda la juventud en un destierro.

Susana Cattaneo

Psicóloga y escritora radicada en Capital Federal, tiene 20 libros editados de poemas, algunos de poesía en prosa. Ha escrito cuentos y microrelatos. Obtuvo numerosos premios entre ellos la Faja Nacional de Honor de Escritores Argentinos (ADEA). Es considerada una de las fundadoras del museo de Poesía Manuscrita, en la Carolina, San Luis. Participó en antologías nacionales e internacionales y fue jurado en varios concursos.
Dirige la revista de papel "Extranjera a la intemperie"


La imagen ha sido extraída de Internet

miércoles 13 de abril de 2011

La fiesta en el jardín , Katherine Mansfield


Y, después de  todo, el tiempo era ideal. Si lo hubieran hecho de encargo no
habría resultado un día más perfecto para la fiesta en el jardín. Sin viento,
cálido, el cielo sin una nube. Como pasa al principio del verano, una neblina de
oro pálido velaba, apenas el azul. El jardinero estaba en pie desde el alba,
segando el prado y barriéndolo, hasta que el césped y los rosetones chatos y
oscuros donde habían estado las margaritas parecieran brillar. En cuanto a las
rosas, no se podía negar que habían comprendido que las rosas son las únicas
flores que impresionan a la gente en una fiesta en el jardín, las únicas flores
que a todos interesan. Cientos, cientos. literalmente, habían abierto en la
noche; las zarzas verdes estaban inclinadas como si los arcángeles las hubieran
visitado.

No había concluído el almuerzo cuando vinieron los hombres a levantar la
marquesina.

-¿Mamá, dónde quieres poner la marquesina?

-Mi hija querida, es inútil preguntármelo. He resuelto que este año, las niñas
se encarguen de todo. Olvidad que soy la madre. Tratadme como a un invitado de
honor.

Pero Meg no podía vigilar a los hombres. Antes de almorzar se había lavado la
cabeza, y estaba sentada tomando café; llevaba un turbante verde, con un oscuro
rizo húmedo pegado en cada mejilla. Jose, la mariposa, acostumbraba a bajar con
sólo un viso verde y encima su kimono.

-Tú tendrás que ir, Laura; tú que eres artística.

Allá fué Laura, con su pedazo de pan y manteca en la mano. Es tan delicioso
encontrar una excusa para comer fuera, y, además, adoraba arreglar cosas;
encontraba que podía hacerlas tanto mejor que cualquier otro.

Cuatro hombres en mangas de camisa estaban juntos en un camino del jardín.
Llevaban estacas cubiertas con rollos de tela, y grandes cajas de herramientas a
la espalda. Eran impresionantes. Laura hubiera querido no tener ese pedazo de
pan y manteca en la mano, pero ni había donde ponerlo, ni se lo podía tragar
entero. Enrojeció y trató de parecer muy seria y hasta un poco corta de vista
cuando se acercó a ellos.

-Buenos días -dijo, imitando la voz de su madre.

Pero resultó tan horriblemente afectado que se avergonzó, y tartamudeó como una
niñita.

-¡Oh, ustedes vienen...! ¿es por la marquesina?

-Así es, señorita -replicó el más alto de todos, un tipo flaco y pecoso,
cambiando de lado su caja de herramientas, echando atrás su sombrero de paja y
sonriéndole.

-Es para eso.

Su sonrisa era tan espontánea, tan amistosa, que Laura se repuso. ¡Qué lindos
ojos tenía! ¡Pequeños, pero de un azul tan oscuro! Miró a los demás que también
sonreían. Parecían decirle: ¡Ánimo, no te vamos a comer! ¡Qué obreros tan
simpáticos! ¡Y qué hermosa mañana! Pero no tenía que mencionar la mañana; debía
ser una persona de negocios: la marquesina.

-Bueno, ¿qué les parece aquel macizo de lilas? ¿Servirá?

Y señalaba el macizo de lilas con la mano que no tenía el pan y manteca. Se
volvieron, y miraron. Uno de ellos, bajo y gordo, apretó el labio inferior, y el
más alto frunció el ceño.

-No me gusta -dijo-. No es bastante importante. Sabe, tratándose de una
marquesina -y se volvió hacia Laura-, hay que ponerla en un lugar donde dé un
golpe en el ojo, como quien dice.

Laura se quedó pensando si no era una falta de respeto en un trabajador hablarle
de dar un golpe en el ojo. Pero entendió muy bien.

-Una esquina de la cancha de tenis -sugirió-. Pero la banda estará en otra
esquina.

-Hum, ¿van a tener una banda? -preguntó otro de los obreros. Era uno pálido.
Tenía una mirada feroz, mientras sus ojos oscuros medían la cancha de tenis.
¿Qué pensaría?

--Sólo una pequeña banda -dijo Laura con dulzura.

Si la banda era pequeña, quizá no le parecería mal. Pero el hombre alto le
interrumpió.

-Mire, señorita, ése es el lugar. Junto a aquellos árboles. Allá arriba. Ahí
estará bien.

Junto a los karakas. Así los karakas quedarían escondidos. Y eran tan hermosos,
con sus anchas hojas centelleantes, y sus racimos amarillos. Eran como árboles
de una isla desierta, orgullosos, solitarios, elevando sus hojas y frutos al sol
en una especie de silencioso esplendor. ¿Debía esconderlos la marquesina?

Y los escondería. Ya los hombres habían cargado las estacas y estaban arreglando
el sitio. Sólo el alto quedó atrás. Se inclinó, apretó una varita de alhucema,
llevóse el pulgar y el índice a la nariz y aspiró el perfume. Cuando Laura vió
el gesto, olvidó los karakas, en su asombro de que al hombre le gustara una cosa
así, le gustara el perfume de la alhucema. ¿Cuántos hombres de los que ella
conocía hubieran hecho tal cosa? ¡Oh, qué simpáticos son los obreros! ¿Por qué
no podía tener amigos obreros en vez de los muchachos tontos con quienes bailaba
y que venían a cenar los domingos? Se entendería mucho mejor con hombres así.

Tienen la culpa -decidió, en el momento en que el hombre alto dibujaba algo en
el dorso de un sobre, algo que debía ser izado o quedar colgado- estas absurdas
distinciones de clase. Bueno, por su parte, ella no las sentía. En lo más
mínimo, ni un átomo... Y ahora viene el tac-tac de los martillos. Uno de los
hombres silbaba, otro cantaba: "¿Estás bien ahí, camarada?" ¡Camarada! El
compañerismo, el... el... Para probar qué contenta estaba y mostrar al hombre
alto qué cómoda se sentía, y cuánto despreciaba las convenciones estúpidas,
Laura díó un gran mordisco a su pan y manteca, mientras observaba el dibujito.
Se sentía como una pequeña obrera.

-¡ Laura, Laura! ¿Dónde estás? ¡ El teléfono, Laura! -gritó una voz desde la
casa.

-¡Ya voy! -Y salió corriendo, por el césped, por el sendero, subió los
escalones, cruzó la terraza y llegó al pórtico. En el pasillo, su padre y
Lorenzo estaban cepillando sus sombreros, listos para irse a la oficina.

-Mira, Laura -dijo Lorenzo con prisa-, podías revisar mi traje para luego. Mira
si no le hace falta un planchazo.

-¡ Ya lo creo!

De repente no pudo contenerse. Corrió hacia Lorenzo y le dió un pescozón.

-¡Oh! adoro las fiestas; ¿y tú? -murmuró Laura.

-Bastante -dijo Lorenzo con su voz cálida de muchacho y también pellizcó a su
hermana dándole un empujón-. Rápido, al teléfono, querida.

El teléfono. Sí, sí; ¡oh, sí! ¿Kitty? Buenos días, querida. ¿Vienes a almorzar?
Sí, querida. Encantada. Va a ser una comida ligera: restos de sandwiches y de
merengues y alguna otra cosita. Sí, ¿no es un día divino? ¿El blanco? ¡Oh,
seguramente! Un momento; ten el tubo. Me llaman. -Y Laura se echó atrás-. ¿Qué,
mamá? No oigo.

La voz de la señora Sheridan bajó flotando por la escalera.

-Dile que traiga ese delicioso sombrero que usó el domingo.

-Dice mamá que te pongas ese sombrero delicioso que llevabas el domingo. Bueno.
A la una. Adiós.

Laura colgó el auricular, levantó los brazos sobre la cabeza, hizo una
aspiración profunda, los estiró y los dejó caer. ¡Uf!, suspiró, y en seguida se
sentó. Se quedó quieta, escuchando. Todas las puertas de la casa parecían
abiertas. La casa estaba viva, con rápidas pisadas y voces incesantes.

La puerta de bayeta verde que conducía a la cocina se abría y cerraba con un
sordo rezongo. Ahora se sentía un sonido absurdo, cloqueando. Era el piano tan
pesado arrastrado sobre sus ruedas tiesas. Y ¡qué aire! Si uno se pone a pensar
¿será el aire siempre así? Céfiros suaves se perseguían fuera y allá arriba, en
las ventanas. Y había dos marchitas de sol, una en el tintero, otra en un marco
de plata, jugando también. Deliciosas marchitas, sobre todo la cie la tapa del
tintero. Estaba casi caliente. Una cálida estrellita de plata. Daban ganas de
besarla.

Sonó el timbre de la puerta y se oyó crujir el vestido estampado de Sadie por la
escalera. Una voz de hombre murmuró; Sadie respondió, sin interés:

-Le digo que no sé. Espere. Voy a preguntar a la señora.

-¿Qué hay, Sadie? -preguntó Laura entrando en el pasillo.

-Es el florista, señorita.

Y ahí estaba. En la puerta abierta de par en par, había una bandeja playa
colmada de macetas con lirios rosados. Nada más. Nada más que lirios, lirios,
lirios, grandes flores rosadas, muy abiertas, radiantes, terriblemente vivas
sobre sus rojos tallos lustrosos.

-¡Ooh, Sadie! -dijo Laura como en un gemido. Se agachó como para calentarse en
ese resplandor de lirios; los sintió en sus dedos, en sus labios, creciendo en
su pecho.

-Debe ser una equivocación -dijo en voz muy baja-. No se han pedido tantos.
Sadie, vete a buscar a mamá.

En ese mismo instante llegó la señora Sheridan.

-Está bien -dijo con calma-. Sí, yo los encargué. ¿No son divinos?

Apretó el brazo de Laura.

-Pasaba por la florista, ayer, y los vi en el escaparate. Y de repente se me
ocurrió que por una vez en la vida tendría todos los lirios que quisiera. La
fiesta en el jardín era una buena excusa.

-Pero yo te oí decir que tú no querías intervenir.

Sadie había entrado. El hombre de las flores volvió al camión, Laura rodeó el
cuello de su madre con un brazo y despacio, muy despacito, le mordió la oreja.

-Vidita, tú no quieres tener una madre lógica, ¿verdad?

-No hagas eso. Aquí está el hombre.

Traía todavía más lirios, otra bandeja llena.

-Deposítelos junto a la entrada, por favor, a los lados del pórtico -dijo la
señora-. ¿No te parece, Laura?

-Oh, si, mamá.

En el salón, Meg, Jose y el pequeño Hans habían logrado, al fin, cambiar el
piano de sitio.

-Ahora, si pusiéramos este cofre contra la pared y sacáramos todo menos las
sillas, ¿no les parece?

-Bueno.

-Hans, lleva esas mesas al cuarto de fumar, y que vengan a barrer para sacar
esas marcas de la alfombra y... un momento, Hans...

A Jose le gustaba dar órdenes a los sirvientes, y a ellos les gustaba obedecer.
Les hacía pensar que tomaban parte en un drama.

-Diga a mamá y a la señorita Laura que vengan en seguida.

-Muy bien, señorita Jose.

Se volvió hacia Meg.

-Quiero ver cómo suena el piano, por si alguien me pide que cante esta tarde.
Vamos a ensayar: "Esta vida es triste".

¡Pom. Ta-ta-ta! El piano sonó con tal furia que Jose cambió de color. Juntó las
manos. Les pareció triste y enigmática a su madre y a Laura cuando entraron.

Esta vida es tris-te,

Una lágrima... un suspiro

Un. amor que cam-bia

Esta vida es tris-te

Una lágrima... un suspiro

Un amor que cam-bia,

Y entonces... ¡adiós!

Pero en la palabra "adiós", y aunque el piano parecía más desesperado que nunca,
su rostro se iluminó con una brillante sonrisa, terriblemente antipática.

-¿Estoy en voz, mamita? -sonrió.

Esta vida es tris-te,

La esperanza viene para morir.

Un sueño... un despertar.

Pero Sadie interrumpió el canto:

-¿Qué hay, Sadie?

-Por favor, señora, la cocinera pregunta si la señora tiene esas tarjetas para
los sandwiches.

-¿Las tarjetas para los sandwiches, Sadie? -repitió como un eco la señora
Sheridan, casi ausente.

Y las hijas se dieron cuenta de que no las tenía.

-Vamos a ver -dijo a Sadie con firmeza-, diga a la cocinera que las llevaré
dentro de diez minutos.

Sadie, desapareció.

-Bueno, Laura -dijo la madre rápidamente-, ven conmigo al fumoir. Tengo los
nombres por ahí, escritos en el dorso de un sobre. Tendrás que copiarlos. Meg,
sube y quítate en seguida ese trapo mojado de la cabeza. Jose, corre a vestirte
en el acto. Niñas ¿me oís, o tendré que decírselo a vuestro padre cuando vuelva
esta noche a casa? Y... y, Jose, si vas a la cocina trata de calmar a la
cocinera, ¿quieres? Me tenía aterrada esta mañana.

Al fin, se encontró el sobre detrás del reloj del comedor, aunque la señora
Sheridan no se daba cuenta cómo había ido a parar allí.

-Una de vosotras debe haberlo sacado de mi cartera, porque recuerdo
perfectamente... queso fresco y cuajada con limón. ¿Habéis escrito eso?

-Sí.

-Huevo y... -la señora Sheridan alargó los brazos y retiró el sobre-. Parece
ratón, pero no puede ser, ¿verdad?

-Aceitunas, queridita -dijo Laura, leyendo por encima del hombro.

-Por supuesto, aceitunas. ¡Qué combinación atroz: huevos y aceitunas!

Por fin acabaron, y Laura los llevó a la cocina. Allí se encontró con Jose
calmando a la cocinera, que no parecía tan aterradora.

-Nunca he visto sandwiches tan exquisitos -dijo Jose, con voz extasiada-.
¿Cuántas clases hay? ¿ Quince?

-Quince, señorita Jose.

-Bueno, la felicito.

La cocinera apartó las cortezas con de cortar pan, y sonrió satisfecha.

-Han venido de casa de Godber -anunció Sadie, saliendo de la despensa-, vi pasar
al hombre desde la ventana.

Eso significaba que habían llegado los pastelitos de crema.

Godber era famoso por sus pastelitos de crema. A nadie se le ocurría hacerlos en
casa.

-Tráigalos y póngalos sobre la mesa -ordenó la cocinera.

Sadie los trajo y volvió a la puerta. Por supuesto, Laura y Jose eran demasiado
grandotas para ocuparse de estas cosas. Con todo, no podían negar que eran muy
buenos. Mucho. La cocinera empezó a arreglarlos, sacudiéndoles el azúcar
sobrante.

-¿No le traen a uno el recuerdo de todas las fiestas pasadas? -dijo Laura.

-Supongo que sí -respondió la práctica Jose, que no gustaba de recordar-.
Parecen ligeros y plumosos, hay que reconocerlo.

-Tomad uno cada una, queridas -dijo la cocinera con voz amable-. Mamá no se dará
cuenta.

-Imposible, ¡pastelitos de crema tan en seguida del almuerzo!, la sola idea hace
estremecer.

Pero dos minutos después Jose y Laura se estaban chupando los dedos con ese aire
absorto que sólo da la crema de Chantilly.

-Salgamos al jardín por el camino de atrás -sugirió Laura-. Quiero ver cómo van
los hombres con la marquesina. ¡Son tan simpáticos!

Pero la puerta trasera estaba bloqueada por la cocinera, Sadie, el hombre de
Godber y Hans.

Algo pasaba.

-Tac-tac-tac -cloqueaba la cocinera como una gallina asustada. Sadie tenía una
mano oprimiéndose la cara como si le dolieran las muelas. La cara de Hans estaba
fruncida en un esfuerzo por comprender. Sólo el dependiente de Godber parecía
contento. Él era quien contaba la cosa.

-¿Qué hay, qué ha sucedido?

-Un horrible accidente -dijo la cocinera-, un hombre ha muerto.

-¡Un muerto! ¿Dónde, cuándo?

Pero el dependiente de Godber no iba a perder su relato. -¿Sabe, señorita,
aquellas casitas allá abajo? ¿Las conoce? -Claro, ella las conocía-. Bueno, allí
vive un muchacho carretero, se llama Scott. Su caballo se asustó esta mañana de
un camión, y lo tiró de cabeza en la esquina de la calle Hawke. Lo mató.

-¡Muerto! -y Laura miró al hombre con asombro.

-Ya estaba muerto cuando lo levantaron -contestó el hombre con fruición-.
Llevaban el cuerpo a la casa cuando yo venía.

Y dirigiéndose a la cocinera:

-Deja una mujer y cinco chicos.

-Jose, ven acá.

Laura tomó a su hermana de un brazo y se la llevó por la cocina al otro lado de
la puerta de bayeta verde. Se recostó contra ella.

-Jose -le dijo horrorizada- ¿vamos a suspender los preparativos?

-¡Suspender, Laura! -gritó Jose atónita-. ¿Qué quieres decir?

Suspender la fiesta en el jardín, claro. ¿Qué pensaba Jose? Pero Jose estaba
cada vez más asombrada. ¿ Suspender la fiesta?

-Mi querida Laura, no seas loca. No podemos hacer nada de eso. Nadie espera tal
cosa. No seas extravagante.

-Pero no podemos celebrar una fiesta en el jardín con un muerto frente a nuestra
puerta.

Decir eso era realmente exagerado, porque las casitas estaban en un terreno
aparte, en el fondo de una cuesta empinada que llevaba a la casa. Había una
calle ancha de por medio. Es cierto que estaban demasiado cerca. Eran un
verdadero adefesio y no tenían derecho a estar en ese barrio. Eran pequeñas
viviendas mezquinas, pintadas de un color chocolate. En los retazos de jardín no
había más que repollos, gallinas flacas y latas de tomate. Hasta el humo que
salía de las chimenas era miserable. Hilachas y fragmentos de humo, tan distinto
de los grandes penachos de plata que se elevaban de las chimeneas de los
Sheridan. Vivían lavanderas y barrenderos, y un remendón, y un hombre que tenía
todo el frente de la casa con jaulitas de pájaros. Los chicos hormigueaban.
Cuando los Sheridan eran pequeños les estaba prohibido acercarse, por el
lenguaje que usaban los pobres y las enfermedades que podían contagiarles. Pero
desde que eran grandes Laura y Jose en sus andanzas solían meterse por ahí. Era
sórdido y asqueroso. Salían estremecidas. Pero se debe ir a todas partes; uno
debe verlo todo. Por eso iban.

-Estoy pensando lo que será la música de la banda para esa pobre mujer -dijo
Laura.

-¡Oh, Laura!

Jose empezó a ponerse seria.

-Si vas a suprimir la música cada vez que sucede un accidente, vas a llevarte
una vida muy triste. Yo lo siento tanto corno tú. Comprendo como tú.

Sus ojos se endurecieron y miró a su hermana, como la miraba cuando era pequeña
y tenían una pelea.

-No vas a resucitar a un borracho con sentimentalismos -dijo blandamente.

-¡Borracho! ¿Quién ha dicho que estaba borracho?

Laura se volvió furiosa hacia Jose. Dijo, justamente, lo que acostumbraban decir
en ocasiones semejantes: "Se lo voy a contar a mamá, ahora mismo".

-Ve, querida -dijo Jose con un arrullo.

-Mamá, ¿puedo entrar?

Laura hizo girar el picaporte de cristal.

-Por supuesto, querida. Pero ¿qué pasa? ¿Qué te ha hecho poner tan colorada?

Y la señora Sheridan se volvió hacia atrás en su mesa tocador. Se estaba
probando un sombrero nuevo.

-Mamá, ha muerto un hombre -empezó Laura.

-¿Pero no en el jardín? -interrumpió la madre.

-¡ No, no!

-¡Ah, qué susto me has dado!

La señora Sheridan dió un suspiro de alivio, se quitó el gran sombrero y lo puso
en sus rodillas.

-Pero escucha, mamá -dijo Laura.

Sin aliento, medio ahogada, contó la terrible historia.

-Claro que no podremos celebrar nuestra fiesta, ¿verdad? -suplicó-. La música y
la gente. Nos van a oír, mamá; están cerquita, ¡son vecinos!

Con gran asombro de Laura, su madre se comportó como Jose; y era peor, porque la
idea parecía divertirla. Se negó a tomar en serio a Laura.

-Pero, querida mía, hay que tener sentido común. Sólo por casualidad lo hemos
sabido. Si alguien hubiera muerto ahí de muerte natural -y no sé cómo están
vivos en esos oscuros agujeros- tendríamos igual nuestra fiesta, ¿verdad?

Laura tuvo que decir que sí, pero comprendía que no era justo. Se sentó en el
sofá y empezó a tironear el fleco de los almohadones.

-Mamá, ¿no es una falta de corazón por nuestra parte? -preguntó.

-¡Vidita!

La señora Sheridan se le acercó, llevando el sombrero. Antes que Laura pudiera
evitarlo se lo plantó en la cabeza.

-¡Hija mía! -dijo la madre-, el sombrero es tuyo. Lo mandé hacer para ti. Hace
demasiado joven para mí. Nunca te he visto más bonita. ¡Mírate! -Y levantó su
espejo de mano.

-Pero, mamá -volvió a decir Laura. No se podía mirar; se puso de lado.

Pero ya la señora Sheridan había perdido la paciencia lo mismo que Jose.

-Laura, te estás volviendo absurda -dijo fríamente-. Gente de esa clase no
espera de nosotros ningún sacrificio. Y no es altruísmo aguarnos la fiesta, como
lo estás haciendo.

-No entiendo -dijo Laura, y salió, apresurada del cuarto para encerrarse en el
suyo.

Allí, por pura casualidad, lo primero que vió fué una encantadora muchacha en el
espejo, con su sombrero negro adornado de margaritas doradas y una larga tinta
de terciopelo negro. Nunca se imaginó que podía resultar tan bien. ¿Tendría
razón mamá? Y ahora deseaba que mamá tuviera razón. ¿Sería exagerada? Tal vez
fuese una locura. Sólo por un momento tuvo la visión de aquella pobre mujer y
aquellas pobres criaturas, y del cuerpo que llevaban a la casa. Pero parecía
borroso, irreal, como una fotografía en el periódico. Lo recordaría de nuevo
después de la fiesta. En todo sentido eso parecía lo mejor...

Terminaron de almorzar a la una y media. A las dos y media todo se hallaba en
orden de batalla. Los músicos con casacas verdes ya estaban colocados en una
esquina de la cancha de tenis.

-¡Querida! -aulló Kitty Maitland- ¿no te parecen ranas verdes? Los debían haber
colocado alrededor del estanque y el director, en una hoja, en el centro.

Llegó Lorenzo y los saludó al pasar para ir a vestirse. Al verlo, Laura volvió a
pensar en el accidente. Quería contárselo a él. Si Lorenzo estaba de acuerdo con
los demás entonces tendrían razón. Y le siguió al pasillo.

-¡Lorenzo!

-¡Hola!

Estaba en la mitad de la escalera, pero cuando se volvió y vió a Laura, infló
los carrillos y revolvió los ojos.

-¡Palabra de honor, Laura! Estás enloquecedora. ¡Qué sombrero más elegante!

Laura dijo a media voz:

-¿Te parece?... -le sonrió, y no le contó nada.

Poco después empezó a llegar la gente a montones. La banda rompió a tocar; los
sirvientes agregados corrían de la casa a la marquesina. Dondequiera que uno
miraba se veían parejas paseándose, inclinándose sobre las flores, saludando,
caminando por el césped. Parecían brillantes pájaros que se habían posado en el
jardín de los Sheridan por una tarde en su vuelo ¿a dónde? ¡Ah, qué felicidad es
estar con personas alegres, estrechar manos, oprimir mejillas, sonreírse en los
ojos!

-¡Laura, querida, qué bien estás!

-¡Qué bien te va ese sombrero, criatura!

-Pareces una española. Nunca te he visto más admirable.

Y Laura, radiante, preguntaba con dulzura: "¿Le han servido té? ¿No quiere un
helado? Los helados de fruta son especiales". Corrió adonde estaba su padre y
suplicó: "Papaíto querido, ¿se le sirve algo de beber a la banda?"

Y la tarde perfecta culminó lentamente, se desvaneció lentamente, cerró sus
pétalos lentamente.

"Nunca hubo fiesta más deliciosa..." "Un gran éxito..." "La más grande..."

Laura ayudó a su madre en las despedidas. Estuvieron una al lado de la otra
hasta que todo se acabó.

-Se acabó, se acabó, gracias al cielo -dijo la señora Sheridan-. Llama a los
demás. Tomaremos café. Estoy deshecha. Sí, un gran éxito. Pero, ¡ah, estas
fiestas, estas fiestas! ¿Por qué insistís, hijitas, en dar fiestas?

Tomaron asiento en la marquesina abandonada.

-Toma un sandwich, papaíto. Yo escribí el nombre.

-Gracias.

El señor Sheridan se lo comió de un bocado. Tomó otro.

-¿Supongo que no habréis sabido nada del horrible accidente de hoy? -dijo.

-Querido -dijo la señora Sheridan, levantando una mano- ya lo sabíamos. Casi nos
estropea la fiesta. Laura quería suspenderla.

-¡Oh, mamá! -Laura no quería que la fastidiaran con eso.

-¡ Ah, sí, horroroso! -dijo la señora Sheridan-, El hombre estaba casado, vivía
en la callejuela de abajo, y deja, según dicen, una mujer y media docena de
chiquilines.

Se sucedió un silencio embarazoso. La señora no sabía qué hacer con la taza. Era
una falta de tino por parte de papá...

De pronto levantó los ojos. Estaba la mesa llena de sandwiches y pastas y
pastelitos que tendrían que tirarse. Tuvo, entonces, una de sus grandes ideas.

-Ya sé -dijo-. Vamos a preparar una canasta. Vamos a mandarle a esa pobre un
poco de estas cosas tan ricas. A lo menos, será una fiesta para los chicos. ¿No
les parece? Y además, se alegrará de tener vecinos que la visiten. ¡ Qué suerte
que estén listos! ¡Laura!

Se levantó de un salto.

-Trae la canasta grande de la alacena que está en la escalera.

-Pero mamá, ¿crees de veras que es una buena idea? -dijo Laura.

Y otra vez ¡qué raro le parecía sentir distinto a los demás! Llevar sobras de la
fiesta. ¿Le gustaría eso a la pobre mujer?

-Claro, ¿qué te pasa hoy? Hace una hora o dos insistías en mostrar simpatía, y
ahora...

-¡ Oh, bueno!

Laura corrió con la canasta. La llenaron; la señora Sheridan la dejó colmada.

-Llévala tú misma, queridita; corre, así como estás. No, espera, lleva unos
lirios. A esa gente le gustan los lirios.

-Los tallos van a estropearte el traje -dijo la práctica Jose.

-Es cierto, muy a tiempo. Entonces sólo la canasta. Pero Laura -la madre la
siguió hasta afuera de la marquesina-, de ningún modo...

-¿Qué, mamá?

No, mejor no poner tales ideas en la cabeza de la criatura.

-Nada, vete pronto.

Empezaba a oscurecer cuando Laura cerró el portón. Un perro grande corría como
un fantasma. El camino blanco brillaba y las casitas estaban allá abajo en
profunda oscuridad. ¡Qué tranquilo parecía todo después de la tarde! Iba cuesta
abajo hacia un sitio donde yacía un muerto, y no podía creérselo. ¿Cómo iba a
poder? Se detuvo un minuto. Le parecía que llevaba dentro besos, voces, tintineo
de cucharillas, risas, el olor del césped aplastado. No podía pensar en otra
cosa. ¡Qué raro! Miró el cielo pálido y lo único que se le ocurrió fué: "Sí, ha
sido todo un éxito la fiesta".

Llegó a un cruce del camino donde empezaba la callejuela, oscura y llena de
humo. Mujeres con chales y hombres de gorra transitaban por allí, Sobre las
empalizadas había otros hombres asomados; los chicos jugaban en las puertas de
calle. Un débil susurro se oía en las casitas miserables. En algunas se veía
fluctuar tina luz y alguna sombra moverse como fantoches, tras las ventanas.
Laura inclinó la cabeza y apresuró el paso.

Hubiera debido ponerse un abrigo. ¡Qué llamativo era su traje! Y el gran
sombrero con las cintas colgando -¡si a lo menos llevara otro sombrero! ¿La
estarían mirando? Seguramente. Era un error haber venido; ella sabía que era un
error. ¿No sería mejor volver?

No, demasiado tarde. Aquí estaba la casa. Debía ser ésa. Delante había un grupo
oscuro de gente. Al lado de la puerta una vieja con una muleta estaba sentada,
mirando. Descansaba los pies sobre un diario. Al acercarse Laura, cesaron las
voces. Se abrió el grupo. Era como si la esperasen, como si supieran que iba
hacia allí.

Laura estaba nerviosísima. Echando la cinta de terciopelo sobre el hombro
preguntó a una de las mujeres ahí paradas:

-¿Es aquí la casa de la señora Scott?

Y la mujer, sonriendo de un modo raro:

-Aquí es, señorita.

¡Oh, salir de esto! Repetía: "Ayúdame, Dios mío", mientras subía la estrecha
vereda y llamaba. No poder estar lejos de esas miradas o cubierta con alguno de
esos chales. Dejaré la cesta y me marcharé. No voy a esperar que la desocupen.

Se abrió la puerta. Una mujercita de luto apareció en la sombra.

Laura preguntó: "¿Es usted la señora Scott?" Pero con gran horror suyo, la mujer
no contestó: "Entre por favor, señorita", y se encontró encerrada en el pasillo.

-No, no necesito entrar; sólo quería dejar esta cesta. La manda mamá...

La mujer en el pasillo oscuro, no pareció oírla. "Por acá, si gusta, señorita",
dijo con voz aceitosa; y Laura la siguió.

-¡Hum! -dijo la mujercita-. ¡ Hum!... es una señorita. -Se volvió hacia Laura.
Dijo humildemente: "Soy la hermana. Discúlpela, señorita".

-¡Oh, por supuesto! -dijo Laura-. Por favor, por favor no la moleste. Yo... yo
sólo quería dejar...

Pero en ese momento la mujer que estaba junto al fuego se volvió. Su cara
inflada, colorada, con ojos y labios hinchados, era horrible. Parecía no
comprender por qué Laura estaba ahí. ¿Qué significaba? ¿Por qué esta desconocida
estaba en la cocina con una canasta? ¿Qué quería decir eso? Y el pobre rostro se
frunció de nuevo.

-Está bien, querida -dijo la otra-. Yo atenderé a la señorita. -Y comenzó otra
vez-: Discúlpela, señorita -y su cara, hinchada también, ensayó una untuosa
sonrisa.

Laura no pensaba más que en irse, en irse. Volvió al pasillo. Se abrió la
puerta. Entró en el dormitorio donde yacía el muerto.

-¿No quiere verlo? -dijo la hermana de Em, y empujó a Laura hacia la cama-. No
tenga miedo, señorita -y su voz era cariñosa, confidencial, y tiernamente bajó
la sábana-, parece un cuadro. No hay mucho que ver. Venga, querida.

Laura la siguió.

Ahí estaba un joven dormido -tan profundamente dormido- lejos, muy lejos de las
dos. ¡Oh, tan remoto, tan lleno de paz! Estaba soñando. No se despertaría jamás.
Tenía la cabeza hundida en la almohada; los ojos cerrados, estaban ciegos bajo
los párpados cerrados. Estaba absorto en su sueño. ¿Qué le importaban los las
fiestas en los jardines, los cestos y los encajes? Ya estaba lejos de esas
cosas. Era asombroso, bellísimo. Mientras ellos reían y la banda tocaba, había
sucedido ese milagro en la callejuela. Feliz... feliz... "Todo está bien", decía
el rostro dormido. "Es lo que debe ser. Estoy contento".

Pero, con todo, hacía llorar, y no pudo dejar el cuarto sin decirle algo. Laura
sollozó como una niña. "Perdona mi sombrero", le dijo.

Y no esperó esta vez a la hermana de Em. Encontró el camino para salir. Pasó por
entre el grupo oscuro de gente, vereda abajo. Al doblar la callejuela encontró a
Lorenzo.

Surgió de la sombra.

-¿Eres tú, Laura?

-Sí.

-Mamá estaba inquieta. ¿Todo fue bien?

-¡Sí, Lorenzo! -Tomó su brazo, se apretó contra él.

-¿Pero, no estás llorando, verdad? -le preguntó el hermano.

Laura movió la cabeza. Estaba llorando.

Lorenzo le pasó un brazo alrededor del cuello.

-No llores -dijo con su voz afectuosa y cálida-. ¿Era horrible?

-No -sollozó Laura-. Era maravilloso.

Se detuvo, miró a su hermano.

-Pero eso no es la vida -tartamudeó-, no es la vida.

No podía explicar qué era la vida. No importaba. Él le comprendió.

-¿No es qué, queridita? -dijo Lorenzo.



Katherine Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 - Francia, 1923)