domingo, 2 de marzo de 2008

Anna Kazumi Stahl, Hiroko

Hiroko Robbins eligió una mesa cerca de las grandes ventanas que daban al Eastman Boulevard. Apoyó la bandeja y la hizo girar para que el café quedara frente a ella mientras el plato de macarrones con queso se enfriaba en el otro extremo. Afuera, el tránsito corría a cada lado del boulevard. Eastman era la calle más extensa de Monroe, Texas. Le pusieron al nombre de su intendente más voluminoso: 1,90 metros de altura y 100 kilogramos de peso en 1958.

Hiroko disolvía la crema en su café y miraba por la ventana. Del otro lado del boulevard había una fila de casas, cada una con su respectivo cartel. Letras en relieve anunciaban los nombres de dentistas y médicos que atendían allí. Las casas eran tremendamente parecidas, Hiroko no podía recordar a cuál quería dirigirse. Se reclinó en el respaldo de la silla con un ligero suspiro. Las ventanas llegaban hasta el techo y el cielo texano le caía encima.

No fue el tamaño de las cosas lo que la sorprendió al llegar a América. Todo el mundo sabía que América era enorme. Lo que la asombró fue el espacio: había inconmensurable espacio entre una cosa y otra. Al principio tuvo una sensación desagradable similar al vértigo. Era tal el espacio a su alrededor que sus pulmones se expandían involuntariamente y sentía que no podía respirar.

Esa primera sensación fue alarmante. Sabía de la grandeza americana y se había sentido gratificada al arribar a un país como ése. Sin embargo, fue perdiendo su asombro inicial. De hecho, después de sólo tres meses estaba decepcionada, especialmente del Sur.

No era la cultura decadente pero magnífica que esperaba encontrar. Hiroko había leído a Faulkner, se había sumergido en Tennessee Williams. Tennessee Williams era para ella un ángel del Sur, dulce y apasionado.

Pero este Sur americano no era ni dulce ni apasionado. Esperaba encontrar una cultura lánguida, fluida, deteriorada pero elegante. En cambio, se halló en medio de una sociedad vulgar, una sociedad nerviosa, preocupada por centros de mesa, listas de invitados y damas de honor.

El sabor del café aguachento no era placentero pero la sosegaba. Tomó la gruesa taza con ambas manos y aspiró al humo que tenía un leve olor a detergente. Un año atrás, en Kioto, Dean Edward Robbins había llegado a las clases de lengua japonesa que ella daba. Hiroko advirtió su presencia porque tenía una manera muy peculiar de bajar la vista, desviando los ojos en una forma delicada y elusiva. Era distinto de los demás americanos. Esas otras caras rosadas la fastidiaban. Le recordaban a los soldados que habían desfilado, jactanciosos por las calles de Kioto en los tiempos de la Ocupación.

Durante las lecciones los americanos quedaban en babia tratando de asimilar la gramática extranjera y de leer los complejos ideogramas. Confundidos, volvían sus ojos de cordero hacia ella, suplicantes, y le parecía que esperaban que la profesora transformara el aprendizaje de la lengua japonesa en algo tan sencillo como encender la TV.

A pesar de la conducta de ellos, Hiroko no tenía prejuicios contra los blancos. Eran para ella como los niños: intolerables pero necesarios. Entonces, les enseñaba con amabilidad. Y nunca pensaba en ellos fuera de la clase.

Dean Edward Robbins, sin embargo, era un enigma. Transmitía paz. Llegaba a clase con un saco liviano y de un tono cálido, que dejaba, doblado, en el respaldo de su silla. Sus movimientos no eran cuidadosos pero sí ligeramente meditados. Se sorprendió pensando en él por las tardes, muchas horas después de haber dejado el Instituto de Lengua Japonesa.

Cuando él habló por primera vez, Hiroko encontró que se aferraba a su voz como un animal acechante. De repente sintió el anhelo de estar cerca de su boca, dentro de su pecho. Quería incorporarse a su gramática llena de vacilaciones y compartir esa lánguida entonación.



A la tercera semana de clase, cuando estaban todos inclinados sobre sus hojas, inmersos en el palpable silencio del examen, ella recordó su voz, recordó haberse enamorado de esa entonación tiempo atrás. Era la cadencia lenta y resbalosa de la obra Gato sobre el tejado de cinc caliente. Había tomado el tren hasta Osaka para ver la première con actores de Nueva Orleans, la obra en su idioma original. Esa manera de contar la propia historia del fracaso, esa lengua que transmitía humillación pero también dignidad y una cultura decorosamente derrotada: la cultura del “Viejo Sur”.

Se dio cuenta de que lo amaba. Mientras dibujaba caracteres del hiragana en la hoja del examen ella lo observaba, sabiendo que lo había amado durante mucho tiempo, incluso antes de haberlo conocido.

Cuando él la invitó a tomar una copa se alegró, pero no se sorprendió. Sentía que era una cuestión del destino. Iría al Viejo Sur, al Sur de él, un lugar detenido en un tiempo anterior a la guerra civil, y entonces podría iniciarse en esa lengua. Se transformaría en alguien distinto, empezaría a escribir con languidez y pasión, como Tennessee Williams.

Era el final de los años 50. Las cervecerías estaban de moda en Japón. Algo tan nuevo, tan occidental. De vez en cuando iban al Alemand, cerca del Takashima, en el centro. Se sentaban en un reservado, lejos de la música, y él fumaba. Su porte era sensual, casi femenino aunque no afeminado. No había hombres japoneses así. En el Alemand, enmarcado por las paredes revestidas de pana roja importada de Europa, él sonreía callado, escuchándola mientras ella le hablaba en el inglés que había aprendido en el colegio. El humo de su cigarrillo ascendía en espirales desde sus manos. Cuando inhalaba, el humo quedaba suspendido entre sus labios durante un instante, como si se dejara acariciar antes de incorporarlo. Tal era el impacto que él le causaba, que ella temía mirarlo mucho a los ojos.

Inclinando la cara como debe hacerlo una mujer japonesa, Hiroko lograba de todos modos una detallada observación. Atisbando desde el rabillo del ojo, tomaba nota mental de sus gestos, vacilaciones, movimientos. Notaba los cambios en su voz cuando llamaba al mozo o se disculpaba para irse un momento de la mesa o cuando buscaba disimuladamente encontrar su mirada.

Se daba cuenta de que él la deseaba porque percibía la tensión en sus pasos al caminar juntos. A fines de mayo, cinco meses después de haberse conocido, Robbins la llevó al Alemand y eligió los asientos más apartados.

—Ya estamos cerca de julio –le dijo, con la mirada perdida.

—Sí –contestó ella en su esforzado inglés—. Sí, cada vez hace más calor.

—Mm… —dijo él—. En julio voy a volver a ver los árboles de Louisiana.

Le dirigió una mirada furtiva. Volvió a fijar la vista en su vaso, la dorada cerveza helaba el vidrio.

—¿Ah, en serio? –contestó con indiferencia. Las sutilezas de las frases casuales se desvanecen en un idioma extranjero.

—Mm –dijo él—. ¿Qué te parecería venir conmigo?

Se volvió hacia Hiroko girando en el asiento y su pierna se detuvo en el muslo de ella. Sonreía.

Cuando ella le expuso el asunto a su padre para pedirle que la entregara a Dean Edward Robbins, el severo y encanecido hombre, delgado como el papel desde la guerra, se apoyó contra el respaldo y durante un rato frunció su boca en una expresión desaprobatoria. Observaba a su hija. Ella se quedó inmóvil, arrodillada y con el torso ligeramente agachado. Sus manos, cruzadas delante, estaban apoyadas sobre la alfombra tatami, su cuerpo mantenía la apropiada postura de respeto, esperando. Finalmente llegó la respuesta y con ella Hiroko casi se consumió de alegría. “Vendrá para una entrevista”, dijo su padre, una respuesta claramente positiva, y luego le dio la espalda.

Ella hizo una pronunciada reverencia. Aproximó la frente a la alfombra, las manos cruzadas una encima de la otra por delante de su cabeza gacha. En la forma más femenina y filial, le ofreció su agradecimiento. Estaba emocionada.

Su madrastra recibió a Robbins en la puerta y lo guió hacia un pequeño living. Él se arrodilló sin demasiada torpeza sobre un almohadón violeta colocado frente a un escritorio pulido y brillante, pero vacío. Robbins no aceptó bebidas y esperó al padre. Kitayama Isamu abrió la puerta corrediza shoji y entró. No medía más de 1 metro 60 y sin embargo su presencia era enorme. Llevaba un kimono formal, gris oscuro. Una cabeza grande se apoyaba sobre su cuerpo frágil. Su boca, fruncida, también parecía demasiado grande. Robbins lo miraba pero de a ratos desviaba la vista porque sentía lo difícil que era mirarlo sin incomodarse.

Kitayama Isamu había poseído una inmensa fortuna. Su familia había sido dueña de una docena de montañas que rodeaban la ciudad, de tres islas satelitales y cuatro bosques en el norte. Durante cuatro siglos la poderosa familia Kitayama se había dedicado al liderazgo local, y cuando llegó el siglo veinte compró los medios para suministrar el gas y la electricidad a la mayor parte de la región.

Pero en media docena de años habían sido derrotados. Todo Japón se había degradado. Cayó el gobierno, el Emperador perdió su autoridad y el implacable bombardeo transformó la vida de los Kitayama en un infierno. Tuvieron que huir como campesinos harapientos en medio de la noche hacia el refugio de los montes.

Cuando volvieron a la ciudad, siete meses después, la casa familiar había desaparecido. Las fuerzas de la Ocupación se habían apropiado de sus negocios, sus islas habían sido entregadas a la Unión Soviética. Pero por algún error en los registros gubernamentales, cinco montañas seguían a nombre de la familia. Durante los años de miseria posteriores a la guerra, mientras otros pedían limosna, morían de hambre o prostituían a sus hijas, Kitayama fue vendiendo las montañas, una por una. Así alimentó a su familia y la apartó lo más lejos posible del horror de la posguerra.

Kitayama Isamu se sentó en la esquina noroeste de la habitación. Con la espalda derecha, las manos apoyadas firmemente sobre los muslos, inspeccionó a su invitado, como americano aunque no como soldado, y como una posibilidad no deshonrosa de deshacerse de una hija que comía como un hijo pero producía menos. Robbins no era un hombre de gran tamaño y aspecto torpe como la mayoría de los americanos: sus manos estaban cruzadas sobre su falda y había entornado los ojos. Kitayama pensó por un momento que su hija había instruido al pretendiente en su comportamiento pero luego advirtió que se trataba de una humildad natural.

—¿Cuál es su nombre? –preguntó.

—Mi nombre es Robbins, Dean Edward —contestó con tono suave, pronunciando su nombre a la manera japonesa que invertía el orden de nombres y apellido.

—¿Y qué posee?

Fue la primera de una cantidad de preguntas que Dean no había previsto. Hiroko nunca mencionó la propiedad como algo imperativo. Miró en otra dirección, pensando, y finalmente respondió con honestidad: “Poseo una casa en Texas y también un automóvil.” Kitayama estuvo satisfecho.

—¿Cuál es su profesión y cuál es la suma de sus ingresos?

—Soy ingeniero civil. Gano veinticinco mil dólares al año —dijo.

Los ojos de Kitayama se oscurecieron por un instante. Dudaba. Veinticinco mil dólares era una cantidad enorme de dinero, una montaña entera se vendía por mucho menos.

—Muy bien –dijo Kitayama, sereno, y luego preguntó—. ¿Por qué quiere casarse con mi hija?

—¡Oh! –dijo Robbins elevando la mirada y sonriendo—. ¡La amo! —dijo y de inmediato leyó en la expresión de Kitayama el registro de un error—. Y —continuó, alzando la voz— estoy seguro de que será una buena y servicial esposa.

—Bien —respondió Kitayama. Se puso de pie, llevó hacia atrás las mangas de su kimono y dijo—: Queda acordado.



Luego, Dean reprodujo la escena para ella, la ansiedad aún visible en su rostro, y ella sintió un inesperado alivio. Tuvo un ataque de risa en medio del solemne restaurante Sakura y continuó riéndose hasta que le saltaron lágrimas de los ojos. Al día siguiente él le dio un anillo.

Recién en el transatlántico que los llevó de Kobe hasta San Francisco pensó en las preguntas que su padre le había hecho a Robbins. No entendía por qué había accedido tan rápido, por qué no había establecido condiciones ni exigido nada. Quizá su padre había reconocido en Dean un carácter que no tenía nada que ver con el viejo Japón. Tal vez le había parecido que le podría ofrecer un nuevo horizonte. Quizás era por eso que le había gustado.



Hiroko apoyó su taza de café y levantó el tenedor. Se lo pasaba de una mano a la otra disfrutando del contacto del acero inoxidable frío. Empujó el plato de macarrones con queso hacia el borde de su bandeja. El queso, de un color amarillo brillante, estaba pegoteado entre los macarrones. Éste era su plato americano favorito. Con el tenedor tiró un poco de queso que se despegó de los macarrones. Lo pinchó y lo levantó del plato. Hiroko era experta en el uso del tenedor, aunque lo había aprendido de adulta. Le gustaban y siempre los había considerado instrumentos ingeniosos, con propiedades específicas: una parte chata para cavar y sostener, dientes para pinchar y distribuir y unos bordes lo bastante afilados como para cortar.

Mientras la luz se volcaba a través de la ventana de la cafetería Wyatt, ella masticaba el queso con deleite. Adoraba su sabor salado, casi como el de los pickles kombu. Y su consistencia gomosa, de manera que el gusto a sal se exprimía una y otra vez con cada mordida.

Cuando la madre de Dean hizo comentarios maliciosos a espaldas de Hiroko acerca de sus modales presumiblemente “japoneses”, ella le aclaró a Dean: “Ningún japonés come de esta manera. Ésta es mi manera de comer macarrones con queso. ¡Mía!”, repitió, “¡Mía solamente!... Tu madre no sabe nada.” Y Hiroko había continuado comiendo macarrones con queso de esa forma.

Ann Rose Robbins los excluyó del menú familiar y no pudo abstenerse de decir en un tono dulce pero venenoso: “Mira, Hiraka querida, la guarnición de hoy es puré de papas para que pruebes algo diferente.” Pero cuando Hiroko y Dean se mudaron cincuenta y pico de millas fuera de Monroe, a la ciudad de Houston, esas grandiosas comidas familiares se volvieron infrecuentes.

Mientras Hiroko masticaba, luchó por retener el recuerdo del Dean Edward Robbins de Kioto. Le había parecido tan promisorio. Nunca podría haberse imaginado que le iba a dar una vida tan común ni que ella se convertiría, a su vez, en un ser indolente, peor que común. Hiroko había venido a este país para abandonar el Japón que la coartaba, reduciéndola a una figura bella y silenciosa. En los Estados Unidos se convirtió en una figura silenciosa pero sin belleza.

En su adolescencia Hiroko había escrito terribles historias de chicas que saltaban desde puentes o se cortaban hasta desangrarse. Su vestidora las encontró y se las llevó a su padre. “Una mujer no debería escribir”, le había informado Kitayama Isamu, la palma de su mano descansando chata y pesada sobre sus manuscritos. Un segundo después los quemaría hoja por hoja frente a ella. “Es un desperdicio de la lengua japonesa.” Ella había continuado escribiendo en secreto pero, desde entonces, cuando escribía, lo hacía como un hombre.

Y todavía hoy, viviendo en el país de las libertades individuales, seguía escribiendo así. Todos los días de 10 a 12 de la mañana y de 3 a 5 de la tarde, se sentaba en un cuarto pequeño al lado de la despensa y escribía. Usaba blocs tamaño oficio en sentido horizontal; los llenaba de columnas verticales de ideogramas complicados, kanji, muchos kanji en la retórica que les estaba reservada a los hombres. Y siempre que escribía, lo tuviera o no presente, estaba la imagen de Tennessee Williams, un hombre delicado, sufrido, elegantísimo.

Lo había visto en persona una sola vez; a los pocos meses de que ella llegara al país, había dado una conferencia en la Universidad de Tulane y Dean la había llevado en el auto hasta Nueva Orleans para que pudiera verlo. Tennessee Williams era hermoso. Lánguido como una flor. Bebía demasiado pero con la gracia de la necesidad. Suspiraba y a veces se quedaba callado, con la mirada perdida en medio de una frase. Ella lo encontraba exquisito. Quería ser como él.

Después de eso empezó a tomarse más en serio el hecho de escribir. Estaba ocupada tratando de hacer un relato sobre un homosexual y la mujer que éste iba a asesinar. Para escribir debía invocar el genio dulce y ebrio de Tennessee Williams. Así surgían los distintos kanji y sólo entonces se desligaba de su propia existencia. Sentía que estaba persiguiendo algo inmenso, capaz de aniquilar a la mujer que moraba dentro de ella.

Por lo general terminaba de escribir a las cinco porque Dean llegaba alrededor de las cinco y cuarto. A veces olvidaba la hora y Dean la encontraba, aprisionada entre la mesada de la cocina y los estantes de la despensa llenando las hojas amarillas de intrincados caracteres que, para él, eran ilegibles (pero de ningún modo carentes de importancia, porque para ella sí la tenían). Él se inclinaba y la besaba. Entonces ella percibía un vacío, su condición de mujer. Su mente se resistía pero su cuerpo no. Abandonaba las cavilaciones y veía los caracteres de la escritura masculina, que hacía instantes habían sido suyos, volverse ilegibles para ella también. El olor de Dean, sus murmullos y su aliento la embriagaban. Sus brazos le rodeaban la cadera, la sombra de su barba le rozaba la sien. Todo pensamiento y toda creación propia desaparecía. Quedaba mujer. Suave, entregada.

Pero si llegaba a pensar, en soledad, en esas situaciones, se asfixiaba de rabia. Despreciaba a Dean. Se despreciaba a sí misma. Le parecía una vida tan común, una condición inaguantable.

Una vez había perdido los estribos y gritando estuvo a punto de quemar su tarjeta de residencia frente a los ojos de Dean. De pronto se dio cuenta de que se había convertido en un demonio, como su padre. Rompió a llorar. Sin decir una palabra él la abrazó y la dejó llorar. Pero luego de eso sintió que ella había tomado distancia.

Dean adivinó que el estado de ánimo de Hiroko estaba relacionado con el proyecto que la afanaba día a día, trazando un kanji tras otro en esa diminuta caligrafía. Pensó que sería una buena idea que mostrara a alguien sus relatos, pero cuando lo sugirió ella le dijo “¡No!” de manera violenta, y agregó: “¿A quién le voy a mostrar esto?”. Dean no se atrevió a hacer nuevas sugerencias al respecto.

Pero empezó a llevarle flores un par de veces a la semana. A Hiroko no le gustaban las flores ni la idea de que se las regalaran, pero como eran parte del matrimonio las aceptaba en silencio.



“Él regala flores”, pensaba despegando macarrones pegoteados de queso. Sabía que él la amaba al estilo americano, creyendo que el amor está hecho de flores, de besos de saludo y de despedida. “Y ahora, ¡bebés!”, pensó, pinchando los macarrones de a uno con los dientes del tenedor. “¡Bebés! ¡Quiere bebés!”

Dean Edward Robbins estaba compuesto de los deseos más elementales del hombre casado y ella no entendía cómo no lo había notado antes. Traía flores, se despedía cada día con un beso, leía el diario como un viejo dentro de su pequeña carpa de papel prensa y ella lo miraba decepcionada. Se preguntaba por qué había creído en él con tanta facilidad. Era algo físico, lo sabía, y se maldecía por haber cedido.

Él había empezado a decir, hacía tres o cuatro meses, si no sería lindo tener un bebé. Había comenzado a fijarse en los bebés cuando iban por la calle y le hablaba de amigos de ellos que tenían bebés. Y cuando quería hacer el amor, decía: “Hagamos un bebé”. Cuando se apagaba la luz ella lo podía predecir, el rumor de las sábanas y el balanceo suave de la cama mientras él se daba vuelta y la envolvía. “Hagamos un bebé”.

Ella lo recibía con indulgencia, pero se mantenía atenta y cuando su contacto se volvía más vigoroso, cuando estaba segura de que su necesidad de acabar dominaría su deseo de preñarla, entonces le deslizaba un preservativo entre sus dedos y le llamaba la atención.

Pero un día se despertó y vomitó. No podía entender cómo había pasado. A pesar de sus precauciones su período se había retrasado y vomitaba por las mañanas. Fue a ver a la doctora Yamada, que pertenecía a la comunidad japonesa-americana en Houston, la única médica con quien se había sentido cómoda en los Estados Unidos.

La doctota Yamada, japonesa de segunda generación, un ser alegre y rollizo, unió sus manos en un aplauso y felicitó a Hiroko: “¡Omedeto-ozaimasu!”. Pero las felicitaciones le sonaron como una sentencia vil. La sobrecogió el pánico, se sintió sofocada y sin fuerzas, aplastada por la ingenua alegría de las mejillas regordetas que imperaban en el rostro de Sharon Yamada. Hiroko ajustó su voz hasta convertirla en un susurro: “Arigato-gozaimasu…” (“Muchas gracias, estoy avergonzada, muchas gracias…”), e inclinándose, escondiendo su cara, dejó el consultorio.

Encendió el Oldsmobile 66 y deambuló sin rumbo por las calles. Su mente corría a toda velocidad. Nunca podría pedirle un aborto a Yamada. Yamada era una chismosa, todo el mundo se enteraría de que estaba embarazada, quizás esa misma noche. Ay, ¿por qué había ido a verla? Toda la comunidad sabía que Dean quería un bebé y pensaban que Hiroko deseaba lo mismo. Bebé, bebé… nadie entendía que este bebé significaba para Hiroko una vida maniatada. Ya la estaba carcomiendo, haciéndola vomitar y consumiendo sus fuerzas. No podía pensar con claridad. No era capaz de escribir. Hiroko se agarró con fuerza del volante y apretó el acelerador. El cielo parecía cubrirla, pensó: “Como una bóveda”, y un chillido se escapó de su garganta: “¿Na-ze? ¿Por qué? ¿Por qué nací mujer?”

Estacionó y quitó la llave del tablero. “El destino es superior al individuo”, recordó que les decían a los chicos japoneses cuando iban a la guerra. Entró a la casa y guardó su cartera y el saco. Tendría que decírselo a Dean hoy, entre las cinco y cuarto y las cinco y media, porque para entonces ya se sabría en la comunidad y alguien podría llamar para felicitarlos.

Cuando Dean llegó ella escuchaba a Vivaldi en el living. A él le pareció un buen signo. Entró y la encontró acurrucada en el sofá. Acomodó su cadera en la curva del cuerpo de ella, rozó su pelo con las yemas de los dedos y enmarcó su rostro con caricias. “Hola, Hiroko”, murmuró, y aunque ella mantenía los ojos cerrados para defenderse de él, percibió que cedía ante su voz. Él se inclinó sobre ella e Hiroko pudo sentir el calor de su cuerpo envolviéndola. “Hiroko, Hiroko”, decía, besándola en las sienes, besando sus orejas y sus mejillas. Después alejó su rostro un poco y la miró a los ojos. Sonreía. Ella pensó: “¿Cómo puede ser tan simple su felicidad? Es como un niño con golosinas. No piensa en las consecuencias”. Y de repente supo que Dean le iba a hacer la pregunta que temía: “¿Vamos a tener un bebé, Hiroko?”

Abrió los ojos y lo miró en silencio. Él no sabía que ella había visto a la doctora Yamada. Se preguntó si, en caso de que hubiese abortado ese mismo día, él también lo hubiera adivinado. La besó en los labios y la miró de nuevo esperando una respuesta. Estaba contento, sonreía, y esperaba con calma que ella contestara que sí, que iban a tener un bebé, e Hiroko suspiró y supo que se rendiría. Con los ojos cerrados, se aferraba los brazos de él. La música estaba demasiado alta. Cerró los ojos con más fuerza.

Se había preparado para decírselo de manera cruel, haciéndolo sentir culpable por su semilla, pero en cambio dijo con voz muy débil.

—Sí, soy tu esposa embarazada.

—Te amo –susurró él. “Sí”, dijo ella, invadida de golpe por un sentimiento que provenía de él. Entonces ella misma percibió una gran emoción, grande como el mar o las montañas, sintió que estaba enamorada de él, estaba susurrando como él y ahora la música se había vuelto inaudible. “Sí”, decía ella, sujetándose con fuerza de las mangas de su camisa. “Tenemos un bebé en mi vientre.” Él sonreía pletórico de felicidad y ponía sus manos sobre el abdomen de ella tantas veces como podía. Dean estaba casi llorando y ella notó que él lloraba también, primero en forma controlada y después cada vez más, convulsivamente, hasta que se extenuó y él la llevó a la cama como a una niña.

Al día siguiente estaba desesperada. Dean llegó a la casa con madera para un corralito y ella sintió una especie de asfixia. No comió, contestó con irritación y se mantuvo en silencio por el resto de la noche. Él le preguntó si sentía bien pero después la dejó tranquila. No se preocupó demasiado. “Los cambios de ánimo son comunes, las hormonas”, pensaba. “Ella es muy delicada”.

Hiroko deseaba no habérselo contado nunca. Pasaron los días, y mientras él trabajaba ella iba y venía por la casa ansiosa, torturándose para encontrar un modo de alterar su condición. Las horas pasaban y ella caminaba del living al comedor y vuelta, alrededor de las mesas, entrando y saliendo de la cocina, al living de vuelta, y de nuevo en círculos alrededor de las mesas. ¿Qué podía hacer? ¿Cómo podía cambiar las cosas? Quizá si corría por los montes o subía y bajaba escaleras lo perdería. Pero estaba demasiado asustada como para probar. ¿Qué haría si quedaba tendida en las escaleras una vez que hubiera forzado la pérdida? Él le preguntaría por qué había estado subiendo y bajando las escaleras.

Empezó a pensar en ello también durante la noche, cuando Dean estaba ya dormido. Consideraba un millón de ideas impracticables, daba vueltas y vueltas. Pensaba con tanto ahínco que por primera vez sus sueños no la mostraban como a una mujer sino como a un hombre lánguido, enfermo por el alcohol, pálido, que estaba escribiendo y para quien nadie más existía. Los sueños eran tan vívidos que apenas se despertaba no pensaba en el embarazo sino en la trama de su cuento y en los ideogramas del kanji. Pero entonces empezaba a vomitar.

Así transcurrieron un par de semanas. Creía haberse vuelto loca hasta que una mañana, mientras preparaba umeboshi y sopa de arroz, de repente se le ocurrió. Recordó a ese doctor; ya había pasado un año de su única consulta con él, pero lo recordaba en detalle. Su suegra, Ann Rose, se lo había recomendado cuando la atacó un fuerte dolor de garganta apenas llegaba. Fue a verlo y sospechó de él desde un principio porque le pareció demasiado joven para ser un médico. Tenía la cara roja y agujereada, su cuerpo era muy grande en relación con la cabeza y sus movimientos poseían la peligrosa torpeza de los adolescentes. Pero de la pared colgaban títulos de la Texas A & M y de la Universidad de Rice. Pensó que debía ser confiable, su suegra parecía tener una alta opinión de él y conocía personalmente a su madre.

Mientras le examinaba la garganta con una pequeña linterna, la palma de su mano descansaba sobre su cuello. Hiroko se sintió rara, en peligro. Después el médico examinó su respiración con el estetoscopio, presionando la piel con sus dedos. Apenas comenzó a sospechar de sus verdaderas intenciones, él le sonrió y posó una gruesa mano sobre su rodilla, “Me gustan las chicas japonesas”, dijo, “y tú eres una belleza… Puedo hacerte otra clase de exámenes también.” Aquí había sonreído en forma obscena. Desde su cara hinchada de acné, enrojecida, percibió la expresión de shock de Hiroko. Agregó casi riendo: “Sería muy divertido. ¿Sabes a qué me refiero? ¿O no, princesa?” Ella había sentido asco y un sabor agrio en la garganta, y no pudo contestarle.

Había logrado borrar al doctor de su memoria. Pero ahora lo volvió a invocar: el doctor R.W. Wilkins. Hijo de Marjorie, amiga de Ann Rose. Él le practicaría un aborto en secreto, él diría que había sido un accidente. Hiroko le diría a Dean que había ido a Monroe para visitar a Ann Rose o, para obtener mayor verosimilitud, que había ido para visitar a Takako Henderson, la primera persona japonesa que conoció en los Estados Unidos.

Podía decirle que sintió añoranza por esa primera amistad, y él le creería. Sentiría pena y pensaría en ella como en un ser delicado y frágil. “Yo podría haberte llevado”, le diría, pensando que había sido la tensión del manejo lo que había desencadenado la pérdida del niño. Pero le creería.

Pondría el plan en marcha accediendo a tener un poco de sexo con ese asiófilo de rostro colorado. Si el tipo vacilaba o no recordaba la urgencia que había sentido un año atrás, intentaría incitarlo otra vez con historias sobre los “secretos” de las mujeres geisha. Sabía, a través de los relatos que la TV americana difundía sobre Japón, que un americano como él indefectiblemente quedaba atrapado por los “milenarios secretos sexuales de las geisha”. Después de todo, él quería conquistarse a una joven “china”, una “china” prohibida.

Con esto en mente abandonó la casa de inmediato. Olvidó su sopa de arroz y su té matinal. Condujo al minimercado para llamar a “Información” desde un teléfono público. No quería que Dean hallara llamados extraños en la cuenta y Hiroko había destruido los datos con el teléfono y la dirección del médico.

Era fácil conseguir los datos. La secretaria le dijo que el doctor Wilkins llegaría más tarde y le dio un turno de emergencia para ese mismo día: “A las cuatro y cuarto para registrarse y él la verá a las cuatro y media.” Inició de inmediato el recorrido de las cincuenta y pico de millas hasta Monroe. Atravesó el boulevard Eastman y se detuvo en la cafetería Wyatt, enfrente de Eastman 3245, el consultorio del Dr. R.W. Wilkins.

Tomó unos traguitos de café frío. Ahora realmente le dolía la garganta. Eran las cuatro y diez en su reloj. Hora de irse. Pero no se quería levantar. Le dolía la garganta.

Bueno, si al verlo le causaba demasiada repulsión, podía decirle que había ido porque le dolía muchísimo la garganta. Era sencillo, tan sólo le diría que tenía anginas. No sería del todo una mentira; desde la guerra, cuando escaparon en medio de la noche en ropa de cama y descalzos hacia las montañas, algo terrible se había adueñado de su garganta, un dolor agudísimo. No había podido hablar durante semanas, y aún hoy cada tanto lo padecía, aunque tal vez sólo por el recuerdo.

Sin embargo, sabía que no iba a decir nada acerca del dolor en la garganta. Necesitaba “otro tipo de exámenes”. Con el poder de su mente ordenó a su cuerpo que se levantara y saliera. Se dio cuenta de que estaba tomando una decisión y en ese instante se le abrió un horizonte, a pesar de que todavía no tomara plena conciencia de él, un nuevo horizonte bajo ese cielo pesado de Monroe, Texas.

Cuando el semáforo le indicó que podía hacerlo, cruzó el boulevard y luego, tiesa, atravesó la puerta con el cartel “Dr. R.W. Wilkins, Práctica General”.

Sobre la autora

Anna Kazumi Stahl, hija de una japonesa y de un norteamericano del sur de EEUU descendiente de alemanes, vive en Buenos Aires desde hace algunos años. Nació en el norte de Lousiana y se crió en New Orleans. Su experiencia familiar la hizo crecer con el dinamismo y la vitalidad de la mezcla de culturas. Comenzó a escribir de niña como un pasatiempo de días de lluvia. A los dieciséis años viajó a estudiar a Boston y luego a Tübingen, Alemania, desde donde recorrió Europa. Más tarde, en California, realizó un doctorado en Literatura Comparada.

Cuando visitó por primera vez Buenos Aires, con una beca universitaria en 1988, sintió una gran atracción por la gente y su modo de ser, y quiso aprender el idioma. El 1995 se instaló en la Argentina. Publicó en su segundo idioma, el castellano rioplatense, Catástrofes naturales.

Vive en Buenos Aires donde escribe, trabaja como profesora de letras y realiza traducciones.

Además ha publicado Flores de un solo día

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