sábado, 29 de enero de 2011

Dos cuentos de Samantha Schweblin

 Mujeres desesperadas

Parada en el medio de la ruta Felicidad ha creído ver, en el horizonte, el débil reflejo de las luces traseras del auto. Ahora, en la oscuridad cerrada del campo, sólo se distinguen la luna y su vestido de novia. Sentada sobre una piedra junto a la puerta del baño concluye que no tendría que haber tardado tanto. Desprende del tul algunos granos de arroz. Apenas puede adivinar el paisaje: el campo, la ruta y el baño.
       Quiere llorar, pero todavía no puede. Corrige los pliegues del vestido, se mira las uñas, y contempla, cada tanto, la ruta por la que él se ha ido. Entonces algo sucede:
       -No vuelven- dice una mujer.
       Felicidad se asusta y grita. Por un segundo cree encontrarse frente a un fantasma. Intenta controlarse, pero el cuerpo no deja de temblarle. Mira a la mujer: nada parece sobresaltarla, tiene una expresión vieja y amarga, aunque conserva entre las arrugas grandes ojos claros y labios de perfectas dimensiones.
       -La ruta es una mierda- dice la mujer. Saca de su bolsillo un cigarrillo, lo enciende y se lo lleva a la boca- Una mierda. Lo peor…
       Una luz blanca aparece en la ruta, las ilumina al pasar, y se esfuma con su tono rojizo.
       -¿Y qué? ¿Vas a esperarlo?- dice la mujer.
       Ella mira el lado de la ruta por el que, de volver su marido, vería aparecer el auto, y no se anima a responder.
       -Nené- dice la mujer, y le ofrece la mano.
       Ella extiende con duda la suya y se saludan. Los movimientos de Nené son firmes y fuertes.
       -Mirá- dice Nené; se sienta junto a Felicidad- voy a hacértela corta- pisa el cigarrillo apenas empezado, enfatiza las palabras- se cansan de esperar y te dejan. Eso es todo. Parece que esperar es algo que no toleran. Entonces ellas lloran y los esperan… Y los esperan… Y sobre todo, y durante mucho tiempo: lloran, lloran y lloran todavía más.
       Aunque lo intenta, Felicidad no logra entenderla. Está triste, y cuando más necesita del apoyo fraternal, cuando sólo otra mujer podría comprender lo que se siente tras haber sido abandonada junto a un baño de ruta, ella sólo cuenta con esa vieja hostil que antes le hablaba y ahora le grita.
       -¡Y siguen llorando y llorando durante cada minuto, cada hora de todas las malditas noches!
       Felicidad respira profundamente, sus ojos se llenan de lágrimas.
       -Y meta llorar y llorar… Y te digo algo: esto se acaba. Estoy cansada, agotada de escuchar a tantas estúpidas desgraciadas. Y una cosa más te digo… -se interrumpe, parece dudar, y pregunta- ¿Cómo dijiste que te llamabas?
       Ella quiere decir Felicidad, pero se traga el llanto, hipando.
       -Hola… ¿Te llamabas…?
       -Fe, li…- trata de controlarse. No lo logra, pero resuelve la frase- cidad.
       -No, no, no. Ni se te ocurra. Por lo menos aguantá algo más que las demás.
       Felicidad empieza a llorar.
       -No. No voy a seguir soportando esto. No puedo. ¡Felicidad!
       Ella fuerza una respiración ruidosa y retiene el llanto, pero enseguida la situación le es insostenible y todo vuelve a empezar.
       -No puedo creer, que él…- respira- que me haya…
       Nené se incorpora, mira a Felicidad con desprecio y se aleja furiosa, campo adentro. Ella intenta contenerse, pero al fin se descarga:
       -¿Desconsiderada!- le grita, pero después se incorpora y la alcanza- espere… No se vaya, entienda…
       Nené camina ignorándola.
       -Espere- Felicidad vuelve a llorar.
       Nené se detiene.
       -Callate- dice- ¡Callate tarada!
       Entonces Felicidad deja de llorar y Nené le señala la oscuridad del campo.
       -Callate y escuchá.
       Ella traga saliva. Se concentra en no llorar.
       -Bueno, ¿y? ¿Lo sentís?- mira hacia el campo.
       Felicidad la imita, intenta concentrarse.
       -Lloraste demasiado, ahora hay que esperar a que se te acostumbre el oído.
       Felicidad hace un esfuerzo, tuerce un poco la cabeza. Nené espera impaciente a que ella al fin comprenda.
       -Lloran…- dice Felicidad, en voz baja, casi con vergüenza.
       -Sí. Lloran. ¡Sí, lloran! ¡Lloran toda la maldita noche! ¿No me vez la cara? ¿Cuándo duermo? ¡Nunca! Lo único que hago es oírlas todas las malditas noches. Y no voy a soportarlo más, ¿se entiende?
       Felicidad la mira asustada. En el campo, voces y llantos de mujeres quejumbrosas repiten a gritos los nombres de sus maridos.
       -¿Y a todas las dejan?
       -¡Y todas lloran!- dice Nené.
       Entonces gritan:
       -¡Psicótica!
       -¡Desgraciada, insensible!
       Y otras voces se suman:
       -¡Dejános llorar, histérica!
       Nené mira hacia todos lados. Grita al campo:
       -¿Y que hay de mí…? ¿Qué hay de las que hace más de cuarenta años que estamos acá, también abandonadas, y tenemos que oír sus estúpidas penitas todas las malditas noches? ¿Eh? ¿Qué hay?
      -¡Tomate un calmante! ¡Loca!
      Felicidad mira a Nené y comprende cuánto más grande es la tristeza de aquella mujer comparada con la suya. Nené se muerde los labios y niega. En el campo los gritos son cada vez más violentos.
       -¡Vení, turrita!; ¡vení y da la cara!
       -Vení, dale. A ver cuanto te dura esta nueva amiguita…
       -¡Dónde estás vieja! ¡Hablá infeliz!
       -¡Cuando vos ya estabas acá llorando nosotras todavía salíamos con ellos desgraciada!
       Algunas voces dejan de gritar para reírse.
       Nené se deja caer y se sienta resignada.
       -¡Déjenla en paz!- dice Felicidad. Se acerca a Nené y la abraza como se abraza a una niña.
       -Hay… Que miedo…- dice una de las voces- así que ahora tenés compañerita…
       -Yo no soy compañerita de nadie- dice Felicidad- sólo trato de ayudar…
       -Ay… Solo trata de ayudar…
       -¿Saben por qué la dejaron en la ruta?
       -¡Por qué es una morsa flaca!
       -No, la dejaron porque…- se ríen- …porque mientras ella se probaba su vestido de novia, nosotras ya nos acostábamos con su maridito…- vuelven a reírse.
       Las voces se escuchan cada vez más cerca. Es un griterío donde es difícil separar a las que lloran de las que se ríen.
       -¡Porqué no se callan, cotorras!- grita Nené.
       -¡Ya te vamos a agarrar, turra!
       Felicidad siente bajo los pies el temblor de un campo por el que avanzan cientos de mujeres desesperadas. Nené comienza a retroceder hacia la ruta. Felicidad la sigue.
       -¿Cuántas son…?- pregunta.
       -Muchas- dice Nené- demasiadas.
       Pero Felicidad no puede escucharla, los insultos son tantos y están ya tan cerca que es inútil responder o tratar de llegar a un acuerdo.
       -¿Qué hacemos?- insiste Felicidad.
       Entonces Nené adivina en ella los signos contenidos del llanto.
       -No se te ocurra llorar- le dice.
       Retroceden cada vez más rápido. Ya casi están sobre la ruta. A lo lejos, un punto blanco crece como una nueva luz de esperanza. Felicidad piensa ahora, por última vez, en el amor. Piensa para sí misma: que no la deje, que no la abandone.
       -Si para nos subimos- grita Nené.
       -¿Qué?
       Ya están cerca del baño.
       -Que si el auto para…
       El murmullo las sigue y ya parece estar sobre ellas. No alcanzan a verlas, pero saben que están ahí, a pocos metros. El coche se detiene frente al baño. Nené se vuelve hacia Felicidad y le ordena que avance, y sin acercarse demasiado, oculta aún en la oscuridad, espera a que la mujer se baje para sentarse ella y obligar al hombre a conducir. Pero el que se baja es él. Con las luces recortando el camino aún no ha visto a las mujeres y baja apurado agarrándose la bragueta. Entonces el barullo aumenta. Las risas y las burlas se olvidan de Nené y se dirigen exclusivamente a él. Se detiene pero ya es tarde; en sus ojos el espanto de un conejo frente a las fieras. Mientras, Nené rodea el auto para subir del lado del conductor, pero cuando intenta abrir la puerta se encuentra con que la mujer ha puesto las trabas de seguridad.
       -¡Abra, vamos! ¡Tenemos que subir!- dice Nené mientras forcejéa la puerta.
       -Si se quiere bajar dejála- dice Felicidad- por ahí ellos sí se quieren.
       Desde el interior del coche la mujer grita qué quieren, de dónde vienen, una pregunta tras otra. Nené grita y golpea desesperada los vidrios:
       -¡Abrí, nena! ¡Abrí!
       La mujer se cambia de asiento y enciende el motor. El hombre escucha el automóvil pero no se vuelve para mirar. Está absorto y parece adivinar, en la oscuridad, la masa descomunal de mujeres que corren hacia él.
       -¡Abrí, tarada!- Nené golpea los vidrios con los puños, forcejea la manija de la puerta.
       Detrás, Felicidad mira al hombre y a Nené, al hombre y a Nené. La mujer acelera nerviosa haciendo patinar las ruedas. Nené y Felicidad retroceden. Parte del auto cae a la banquina y las salpica de barro. Al fin las ruedas vuelven a morder el asfalto y el auto se aleja.
       Aunque tras ellas los gritos de las mujeres continúan, el reflejo anaranjado de las luces traseras alejándose parece sumirlas en una silenciosa tristeza. A Felicidad le hubiese gustado abrazar a Nené, apoyarse en su hombro al menos. Es entonces cuando pequeños pares de luces blancas comienzan a iluminar el horizonte.
       -¡Vuelven!- dice Felicidad.
       Pero Nené no responde. Enciende un cigarrillo y contempla en la ruta los primeros pares de luces que ya están casi sobre ellas.
       -¡Son ellos!- dice Felicidad- se arrepintieron y vuelven a buscarnos…
       -No- dice Nené, y suelta una bocanada de humo- son ellos, sí; pero vuelven por él.



Perdiendo Velocidad

Tego se hizo unos huevos revueltos, pero cuando finalmente se sentó a la mesa y miró el plato, descubrió que era incapaz de comérselos.
     —¿Qué pasa? —le pregunté.
     Tardó en sacar la vista de los huevos.
     —Estoy preocupado —dijo—, creo que estoy perdiendo velocidad.
     Movió el brazo a un lado y al otro, de una forma lenta y exasperante, supongo que a propósito, y se quedó mirándome, como esperando mi veredicto.
     —No tengo la menor idea de qué estás hablando —dije—, todavía estoy demasiado dormido.
     —¿No viste lo que tardo en atender el teléfono? En atender la puerta, en tomar un vaso de agua, en cepillarme los dientes… Es un calvario.
     Hubo un tiempo en que Tego volaba a cuarenta kilómetros por hora. El circo era el cielo; yo arrastraba el cañón hasta el centro de la pista. Las luces ocultaban al público, pero escuchábamos el clamor. Las cortinas aterciopeladas se abrían y Tego aparecía con su casco plateado. Levantaba los brazos para recibir los aplausos. Su traje rojo brillaba sobre la arena. Yo me encargaba de la pólvora mientras él trepaba y metía su cuerpo delgado en el cañón. Los tambores de la orquesta pedían silencio y todo quedaba en mis manos. Lo único que se escuchaba entonces eran los paquetes de pochoclo y alguna tos nerviosa. Sacaba de mis bolsillos los fósforos. Los llevaba en una caja de plata, que todavía conservo. Una caja pequeña pero tan brillante que podía verse desde el último escalón de las gradas. La abría, sacaba un fósforo y lo apoyaba en la lija de la base de la caja. En ese momento todas las miradas estaban en mí. Con un movimiento rápido surgía el fuego. Encendía la soga. El sonido de las chispas se expandía hacia todos lados. Yo daba algunos pasos actorales hacia atrás, dando a entender que algo terrible pasaría —el público atento a la mecha que se consumía—, y de pronto: Bum. Y Tego, una flecha roja y brillante, salía disparado a toda velocidad.
     Tego hizo a un lado los huevos y se levantó con esfuerzo de la silla. Estaba gordo, y estaba viejo. Respiraba con un ronquido pesado, porque la columna le apretaba no sé qué cosa de los pulmones, y se movía por la cocina usando las sillas y la mesada para ayudarse, parando a cada rato para pensar, o para descansar. A veces simplemente suspiraba y seguía. Caminó en silencio hasta el umbral de la cocina, y se detuvo.
     —Yo sí creo que estoy perdiendo velocidad —dijo.
     Miró los huevos.
     —Creo que me estoy por morir.
     Arrimé el plato a mi lado de la mesa, nomás para hacerlo rabiar.
     —Eso pasa cuando uno deja de hacer bien lo que uno mejor sabe hacer —dijo—. Eso estuve pensando, que uno se muere.
     Probé los huevos pero ya estaban fríos. Fue la última conversación que tuvimos, después de eso dio tres pasos torpes hacia el living, y cayó muerto en el piso.
     Una periodista de un diario local viene a entrevistarme unos días después. Le firmo una fotografía para la nota, en la que estamos con Tego junto al cañón, él con el casco y su traje rojo, yo de azul, con la caja de fósforos en la mano. La chica queda encantada. Quiere saber más sobre Tego, me pregunta si hay algo especial que yo quiera decir sobre su muerte, pero ya no tengo ganas de seguir hablando de eso, y no se me ocurre nada. Como no se va, le ofrezco algo de tomar.
     —¿Café? —pregunto.
     —¡Claro! —dice ella. Parece estar dispuesta a escucharme una eternidad. Pero raspo un fósforo contra mi caja de plata, para encender el fuego, varias veces, y nada sucede.
 
Samantha Schweblin: (Buenos Aires – 1978), escritora argentina, es egresada de la carrera de Imagen y Sonido de la UBA. Su libro de cuentos El núcleo del disturbio ganó el primer premio del Fondo Nacional de las Artes 2001, y su cuento “Hacia la alegre civilización de la capital”, el primer premio en el Concurso Nacional Haroldo Conti. Participó en las antologías publicadas por la Editorial Siruela, “Cuentos Argentinos” (España 2004); la Editorial Norma, “La joven guardia” (Argentina 2005) y “Una terraza propia” (Argentina 2006); y varias antologías de Centros Culturales como el General San Martín y el Ricardo Rojas. Algunos de sus cuentos ya se encuentran traducidos al inglés, el francés, al alemán y el sueco. Su segundo libro de cuentos, Pájaros en la boca (2009), obtuvo el Premio Casa de las Américas 2008.

Reflexiones acerca de la mujer y la literatura, Angélica Gorodischer


Señoras

Oigo una y otra vez voces de censura contra los talleres literarios y contra los círculos de señoras que escriben. De los talleres podemos hablar en cualquier otro momento: lo que quiero hoy es ocuparme de lo otro, de las señoras que escriben. Dije señoras, no dije escritoras. Veamos.
Dale Spender se preguntó una vez en dónde estaban y quiénes eran las madres de la novela. Porque hablan eruditos señores, agudos ensayistas, sesudos historiadores, sólo de los padres de la novela. Entonces, ¿no tuvo madres la novela? ¿Nació como Atenea de la cabeza de Zeus, armada y a los gritos? ¿O Metis en este caso sobrevivió? Y si lo hizo, ¿en dónde están esas madres de la novela? La respuesta a esas preguntas fue un libro titulado Mothers of the Novel que publicó Routledge & Kegan Paul (Pandora Press) en Londres en 1986, y que tendríamos que leer todas muy atentamente para no equivocarnos o errar lo menos posible cuando hablamos del tema mujer y literatura.
En ese libro no sólo se estudia a cada una de las madres de la novela (novela en lengua inglesa, claro está, pero podría la señora Spender estar hablando de la novelística en cualquier otra lengua), sino que se muestra la manera sutil a veces, grosera otras veces, en la que una sociedad patriarcal, una universidad patriarcal, editoriales patriarcales han conseguido hacer olvidar a una multitud de mujeres. No a una mujer. No a dos o a tres. No a una docena. A una enorme cantidad de mujeres que escribieron, que publicaron entre tres y veintisiete novelas, que ¡horror! se ganaron la vida escribiendo, que merecieron excelentes críticas de su contemporáneos, honores y el reconocimiento explícito de sus colegas masculinos, desde el siglo XVII hasta el XIX.
Mucho más modestamente y buscando datos para una amiga que en Suiza hacía su tesis de doctorado, me tomé el trabajo de contar a las escritoras que figuran en el Diccionario biográfico de mujeres argentinas (Plus Ultra, 1986, 38 edición) de Lily Sosa de Newton y encontré doscientas cincuenta y una, sin contar a las ya conocidas. Quizá la obra de muchas de ellas fue intranscendente, quizá no valía la pena que figuraran en una historia de la literatura argentina, en una antología, en los libros de lectura, pero confesemos: ¿cuántos señores intrascendentes, plomizos, regulares o francamente malos figuran en historias, antologías, libros de lectura? ¿Cuántos? Doscientas cincuenta y una escritoras argentinas de las que nada se sabe y de las que, como en el caso de las de lengua inglesa, es inútil tratar de encontrar un solo libro y eso que libros publicaron, y muchos algunas de ellas.
Si doscientas cincuenta y una mujeres escribieron, publicaron y se hicieron conocer como escritoras, debe haber habido muchas más dedicadas a escribir, de las que no sabemos nada, pero nada de nada porque nunca publicaron, porque destruyeron lo que habían escrito (sensatamente en algunos casos; en otros no), porque no se les permitió creer en lo que estaban haciendo. En otras palabras, quisimos y pudimos. Todo un sistema de silenciamiento de la mitad del mundo hizo lo otro. Resultado: para la sociedad patriarcal queda demostrado que las mujeres que escriben/escribieron pasablemente bien, bien, muy bien, son una excepción, una anormalidad; en fin, casi no son mujeres.
Y entonces hablemos de literatura femenina porque que la hay, la hay. Pero hagamos antes las distinciones necesarias.
Hay una literatura escrita por mujeres: teatro, poesía narrativa y lo que venga. Esa literatura puede o no ser literatura femenina. Dicho de otro modo: no todas las mujeres escriben literatura femenina. De otro modo aun: no siempre son lo mismo los textos escritos por mujeres que los textos femeninos. Todo depende, no del sexo, no del género, sino de la mirada de quien escribe.
Hay una literatura femenina, escrita por mujeres o por varones.
Es literatura femenina (sin que esto signifique estereotipos ni afirmaciones inamovibles) todo aquel texto que se niega explícita o implícitamente a dejar pasar el discurso social que dictamina QUÉ es una mujer (todas las mujeres), QUIÉN es una mujer (todas las mujeres), CÓMO es una mujer (todas las mujeres); que no sólo se niega a dejarlo pasar sino que lo rechaza; que no sólo lo rechaza sino que busca, en donde puede y como puede, otro discurso no para reemplazarlo sin más y definitivamente, sino para probarlo a ver qué pasa. Es literatura femenina toda aquella que para escribirse necesitó un paso hacia el continente negro (o mejor, hacia la playa blanca según Christiane Olivier) para averiguar cómo se ve el mundo desde allá y no desde acá, siendo el desde allá, entendámonos, la mudez histórica, el miedo a lo velado, la soledad sin nombre, el oficio de Ariadna. el síndrome del segundo incompleto. Es literatura femenina toda aquella que niega, rechaza y abomina del culto del héroe, o del antihéroe.
Para decirlo suavemente, no es fácil. Pero tampoco es imposible. Ni somos las únicas privilegiadas: un varón también puede hacerlo; un varón que quiera y que se anime, que es todavía menos fácil. De hecho, algunos lo hicieron. El ejemplo clásico es Flaubert aunque a mí Madame Bovarvy me parezca un libro execrable. Y un ejemplo menos clásico y más digno de amor es Gunther Grass en El Rodaballo.
Lo que sí es fácil es aceptar, obedecer, decir sí papá y escribir como se nos enseñó que escriben las chicas buenas y los chicos a buenos. Así es como un montonazo de escritoras (cada vez menos) sigue escribiendo del lado de acá, en algunos casos muy bien pero sin aportar nada a la más fascinante labor de reelaboración, reestructuración, descubrimiento, invención y enriquecimiento que se va haciendo poco a poco en todas partes.
No, por supuesto que no, en cierto sentido la literatura no tiene sexo, claro que no. No hacen falta los acertijos para saberlo. A ver quién adivina, ¿a esta página la escribió una mujer o un varón? ¿Y a mí qué me importa? ¿A quién le importa? No es por ese camino por el que vamos a llegar, si es que alguna vez llegamos, a un terreno y a un tiempo en el que no tengamos que defender palabra sobre palabra lo que escribe la mitad del mundo. Pero en cierto otro sentido sí, la literatura tiene sexo. Yo diría que lo que tiene es género. Tratar de negar el género de un texto, tratar de despojarlo de su género, es como tratar de despojarlo de su ideología. No se entra a la literatura por la puerta del género ni por la puerta de la ideología, tan cercanas una de la otra: se entra a la literatura por la puerta de la literatura, porque de otro modo lo que sale es un panfleto y no un poema, un drama, un cuento o una novela. Pero es que hay una inscripción, un sello, un tejido conjuntivo, un andamiaje que sostiene todo escrito, una ideología subyacente, un género ubicuo. La mirada de un varón dueño del mundo, aun el más miserable y el más oprimido, dueño del mundo, es muy distinta, es otra, es opuesta, a la mirada de una mujer, sujeta, sueño, sombra por reina que sea. La ideología y el autor/la autora casi siempre coinciden (a veces no: Balzac); el género y la autora/el autor pueden no coincidir, por aquello que se decía antes, eso de que una mujer puede no cuestionar, obedecer, portarse bien, no moverse del lugar asignado (por otras personas) cuando escribe, y un varón en una de ésas lo hace.
De la mudez tradicional, de la mirada furtiva, del silencio histórico se sale como se puede, cuando hay fervor por salir. En ocasiones no se puede, pero se hace el intento, ¿quién no lo ha hecho? Las heroínas de los cuentos infantiles y pará de contar. Hay mujeres que han soltado la mordaza vía la locura, la religión, el arte, la santidad, la enfermedad, la caridad, la rendición e incluso la muerte. ¿Por qué no habrían de salir algunas del silencio por la vía más directo, la de la palabra?
Y llegando a aquello de los grupos de señoras: ojalá todas las mujeres escribiéramos. Las que están tocadas por la chispa del genio, las mediocres, las talentosas, las estúpidas, las que nunca jamás van a escribir algo bueno, las regularonas, las que escriben cada vez mejor, las romanticonas, las superficiales, las buenas tipas, las malas tipas, mis tías, la señora de la esquina, las enfermeras, las señoronas paquetas, las gordas, las flacas, las petisas, las altas, las maestras, las vendedoras de tienda, las villeras, las monjas, las prostitutas, las modelos, las físicas atómicas, las políticas, las mendigas, las deportistas, las tacheras, las princesas, las cajeras de supermercado, todas. Sería una buena forma de llegar a compartir el poder.
Porque las mujeres, que no somos una clase ni una raza, las mujeres que somos todas hermanas y no lo sabemos muy bien todavía, tenemos en común:
  • que somos marginales pero unas marginales de un tipo muy especial puesto que los marginales tienden a dejar de serlo y nosotras lo hemos sido siempre, nacemos siéndolo, lo somos, y quizá nos muramos siéndolo;
  • que somos mayoría en el mundo y se nos trata, vivimos y actuamos como una minoría;
  • que somos seres para otros seres, seamos reinas o vagabundas, vírgenes o rameras;
  • que somos habladas desde los otros seres; y
  • que carecemos de poder.
Que un grupo de esos seres marginales, mujeres desconocidas para sí mismas, abnegadas y falsamente minoritarias, se reúna para leerse malos poemas sentimentaloides, felicitarse y seguir escribiendo pavadas, no es un peligro para nadie ni mucho menos. Las personas que no tienen poder no son peligrosos (a menos que se unan y lo adquieran por los medios que sea, cosa que las mujeres estamos lejos de proponernos hacer) porque los que sí tienen poder las destruyen por todos o algunos de los medios a su alcance. Esos grupos no significan nada, no cambian nada, no degeneran nada, no confunden nada. Son nada más que eso: mujeres que están solas aunque tengan miles de amigos y grandes familias; mujeres; desocupadas porque fueron educadas para serlo y no supieron, no pudieron, no se animaron a mandar todo al diablo para construirse otra vida.
Lo que escriben, no lo sé pero es previsible, no vale nada. Y qué. Siempre ha habido una alta dosis de mediocridad en todo lo que la humanidad hace en este mundo. O como dijo el señor Ballard que no es uno de los amores de mi vida pero que tiene sus chispazos, cuando le reprocharon que el 90% de la ciencia-ficción fuera una basura: "El 90% de TODO es una basura".
No son esos grupos los que hicieron que el mundo dictaminara (si es que lo ha hecho) que la poesía es cosa de mujeres. Es, de nuevo, el discurso social. Todo aquello que pasa a ocupar un lugar secundario o desprestigiado es automáticamente cosa de mujeres. La religión, la docencia, la poesía fueron centrales en su momento: los señores se movían como dueños en esos círculos y se quemaba en la hoguera a la mujer que pretendiera un lugar en esas actividades. En cuanto el centro se desplaza hacia otro tipo de disciplina, el lugar queda vacante para ser ocupado por las mujeres que ya se sabe somos tontas, superficiales, intuitivas, lloronas, que no tenemos nada que hacer. que nos dedicamos a la beneficencia, a los tés canasta, a pedir plata a nuestros maridos, a mirar teleteatros y a los desfiles de modelos (vayamos a preguntar a las mujeres de las villas). Se dictamina, allá, lejos de nosotras, que son esas actividades las que nos "corresponden", para después reprochárnoslas como si fueran delitos o faltas con las que nacemos. Son cosas que van cambiando, claro que sí, era peor en tiempos de mi mamá y no digo nada en los de mis abuelas, pero que siguen vigentes en ciertas clases y "en el interior", en donde son más rígidas las delimitaciones entre lo que las mujeres debemos y no debemos hacer.
Es necesario entonces adquirir una conciencia crítica, es necesario saber dudar, cuestionar, decir que no. Es necesario aprender que siempre se puede ir un paso más allá, averiguar lo que hay debajo o a un costado o atrás. Las buenas mujeres que se reúnen a tomar té y a leer poemas que hablan de la soledad de sus almas atribuladas, no son nuestras enemigas, no son tan distintas de nosotras: son aquéllas de nuestras hermanas que se quedaron en la mitad del camino. Quisieron, efectivamente; y no pudieron, desdichadamente. Las venció una sociedad que les marcó límites y conductas y ellas no supieron desobedecer, dudar, decir que no: se la creyeron y arremetieron a ciegas y hoy no les queda nada. Quizá en su casa son unas arpías, quizá atormentan al marido, tiranizan a los hijos, odian a las nueras, maltratan a la muchacha por horas, hablan pestes de las amigas con otras amigas. ¿Qué las tortura? ¿Qué quisieron ser? ¿Empresarias, abogadas, bataclanas, paracaidistas, corredoras de fórmula uno, diputadas, guías de turismo, escenógrafas? ¿Llegaron siquiera a sospechar que querían ser otra cosa y no ésa que les dijeron que debían ser? Si hubieran podido intentar algo distinto, algunas hubieran fracasado, ¿qué duda cabe?; algunas hubieran tenido éxito a medias, alguna hubiera llegado a ser la primera en lo suyo. Hoy van una vez por semana a tomar el té y a leer tonterías. No, no les interesa la literatura, el rigor, el trabajo duro, la búsqueda, ¿por qué habría de interesarles? Les interesa saber que hay otras a las que les pasó lo mismo que a ellas: se reúnen a leer versos que es una manera de llorarse la vida.
Ni ellas ni la poesía de circunstancias ni el verso sentimentaloide tienen poder para cambiar nada, para imponer nada, ni para hacerle creer a nadie que lo que hacen es literatura de la buena, ni para ocupar el espacio que le corresponde a un texto con estatura estética. Si en alguna oportunidad un funcionario chiquito así le hizo un lugarcito chiquito así a una de esas poesías, eso tampoco cambia nada; si en otra oportunidad un jurado compuesto por amigos premió algún engendro lleno de efusiones sentimentales o patrióticas, tampoco sucede nada importante. Quedémonos tranquilas.
O mejor no, no nos quedemos tranquilas. Sigamos escribiendo, pero sobre todo sigamos haciendo los esfuerzos necesarios para no equivocarnos, para tratar de ver qué es lo que hay en verdad detrás de lo que nos parece cursi o estúpido, para dar un paso más allá, para echar sobre el mundo esa mirada distinta que nos encamina hacia lo que somos y no hacia lo que nos han dicho que somos.

jueves, 27 de enero de 2011

Yo seré poema, Lilián Gelabert


yo seré
        lana lama lara
        barro muro lirio
                          solo seré
                                    cincel piedra forma
        hueco clavo
                     arte
                          puro darte
 seré tierra
             pachamadre


no te pares noche
                    note
                          noite
                                negro onix
perla
      blanda 
              punto línea plano
                                 crece  
                                        crece 
                                              juega


Lilián Gelabert, Nació en Avellaneda, Pcia. de Buenos Aires, Argentina. Escultora y Arteterapeuta también se dedica a la poesía. Para ver sus esculturas dirigirse a su blog

Ocupación, Mónica Pedemonte

Esta muñeca es mía
me la encontré perdida
en un campo de minas de Vietnam,
estaba sola en una casa judía
de algún barrio de Hamburgo
del año treinta y nueve,
era para la sobrina
de aquel soldado muerto
de las Brigadas Internacionales,
ese que estudió en Oxford
y nunca más se supo.
Te aseguro que no era Barbie
ni Mariquita Pérez.
Sé que es mía,
porque no tenía ojos,
los perdió en Sarajevo
y yo le puse unos pequeños
de un soldado de plomo
de la primera guerra mundial.
Me pertenece
porque no tenía corazón
se lo destrozaron
en la Plaza de Mayo,
y yo le presté el mío.



(Verónica Pedemonte, Voces del Extremo, Poesía y conflicto. Fundación Juan Ramón Jiménez, Moguer, Huelva, 2001)


Verónica Pedemonte Morillo-Velarde, escritora de Nacionalidad española, nació en Montevideo. filóloga y psicóloga ejerce el periodismo .Entre sus múltiples premios contamos :Premio Internacional de Poesía Gerardo Diego,(2000);Premio Internacional Kutxa de Irún (2002); finalista del Premio Internacional Ciudad de Mellilla 2004; Primer Accésit Premio Internacional Ciudad de las Palmas ( 2005), entre otros. Ha participado en variadas Antologías. Fuente: El blog de Silvia Loustau

Fuente:  Insólitos, caminando por el lado salvaje de la literatura
Ilustración

Dos poemas de Ana Pérez Cañamares


Ortodoncia 

A través de la alambrada
de mi boca
tus besos tienen el sabor . 
de la libertad.



En esta ciudad de líneas rotas

En esta ciudad de líneas rotas
de casas ocupadas por el polvo
de caretas de asesinos
de ilustres ladrones
no sé qué hacer con el tiempo
que se vuelve cáscara
que se vuelve contenedor de papeles reciclados el mundo me da miedo
y a veces no distingo amigos de enemigos
y me encierro en mi casa
levanto un muro de libros y cuerpos
de incienso y lejías
miro la calle y me amenazan las sirenas
aunque sé que solo soy culpable
de pensamiento y palabra


Ana Pérez Cañamares nació en Santa Cruz de Tenerife en 1968. Es licenciada en Filología por la Universidad Complutense de Madrid.
Varios de sus cuentos han sido publicados en obras colectivas como Por favor, sea breve: antología de relatos hiperbreves y Lavapiés. Ha ganado premios de poesía y relatos (fue finalista del premio La Sonrisa Vertical, dentro del colectivo Cori Ambó), y colabora asiduamente en revistas literarias, para las que escribe cuentos, artículos y reseñas.
En la actualidad imparte, a través de internet, un taller de iniciación a la escritura.

Premios de Poesía de Radio Juventud, Gloria Fuertes y Pluma de Oro. Cursos de análisis y crítica cinematográfica (Film: an introductory course) en el Birbeck College, University of London. Profesora de talleres literarios (presénciales y a distancia). Redactora de materiales de enseñanza de literatura y correctora de estilo.

martes, 25 de enero de 2011

Instantáneas, Beatriz Sarlo

Las dos naciones

Vi por primera vez la vegetación bajo la luz de la luna.
Demasiado extraña y exótica. su exotismo se revela
lentamente, a través del velo de las cosas familiares.
Entré en el monte. Por un instante sentí miedo
y tuve que controlarme. 

Malinowski escribió estas palabras en su diario, hace ochenta años. Había viajado a las islas Trobriand para encarar una de las investigaciones decisivas de la antropología moderna. Era un polaco que se sentía inglés por sus gustos y sus costumbres y europeo (es decir no inglés) por su mentalidad. Mantuvo la distancia exacta con las culturas que estudió y también maldijo el momento que decidió estudiarlas. La publicación de sus Diarios, hasta hace poco desconocidos, muestra cómo le hastiaba la vida en esas islas del Pacífico, la suciedad y lo que llamó (de modo bastante poco antropológico) la falta de civilización.
La mujer me cuenta que no puede salir los sábados y domingos. Todo lo que juntaron, desde que están casados ella y su marido, tiene que ser protegido durante los fines de semana: el televisor, el despertador eléctrico, el radiograbador, la multiprocesadora y la batería de cocina. De lunes a viernes, una vecinita les cuida el hijo y la casa: mejor dicho, se encierra bajo llave, prende el televisor a las siete de la mañana y espera que ellos regresen a las seis de la tarde. Entonces, la vecinita termiana su trabajo de sereno diurno y la mujer con su marido comienzan a vivir y a preparar la casa para la noche. La vecinita no trabaja el fín de semana. La mujer y su marido, los sábados por la mañana, se turnan para hacer las compras, sacar el chico a la plaza y hacerse una corrida hasta la casa de la madre o la suegra. Al atardecer, cierran las puertas, trancan las ventanas y comienzan a cuidar la casa. El domingo, lo mismo. El lunes los releva la vecinita.
El fondo da a un baldío, separado por una pared cuyo perímetro está coronado de pedazos de vidrio. De todas formas, la pared fue saltada varias veces por gente que necesitaba cortar camino en una escapada o que, de paso por el fondo de la casa, se llevaba alguna remera que colgaba de la soga. en el fondo está la bomba y el motor de la bomba, debajo de una campana de hojalata, asegurada al piso por cadenas. Esa bomba es una preocupación permanente porque las cadenas pueden ser cortadas. Desde el baldío del fondo llegan ruidos de pajaritos, maullidos nocturnos, y olor a campo. No es un lugar exótico, simplemente es un espacio peligroso de noche.
Para el lado de la costa, hacia el este y el norte, a treinta cuadras de la casa, transcurre la autopista. A las seis de la tarde, los autos enfilan en caravana hacia los country-clubs, juntos se sienten más protegidos de la violencia o los asaltos. Cerca de los country-clubs hay villas miseria y barrios pobres, que la caravana de coches pasa de costado, casi sin tocar. Pero es imposible no verlos, chapas y cartones que parecen el material de un cuadro de Berni.
Los domingos a la mañana, la gente de los country-clubs hace excursiones hasta el supermercado más próximo. También pueden comprar, al costado de la autopista mandarinas y barriletes que venden los adolescentes de las villas. Entre el country-club y el supermercado se extiende un paisaje cuya mezcla es distraídamente exótica: hace acordar a fotos de la ciudad de México o de Lima. A varias cuadras de la autopista, se ven los techos de tejas de las casas del country-club; más cerca, montecitos de eucaliptus; sobre la ruta, chicos mal vestidos que agitan ramos de flores o cajitas de frutillas; en la ruta finalmente, construcciones de chapa, parrillas envueltas en humo, y autos con vidrios polarizados que pasan hacia el supermercado o llevan a sus dueños a visitar amigos.
A la noche, bajo la luz de la luna, el paisaje es extraño. El exotismo del paisaje "se revela lentamente" a media que los sonidos se van mezclando: gritos de pájaroas, el frotar de las hojas en los montecitos de eucaliptus, música de bailanta que llega desde la villa, pasos en la grava al costado de la autopista, corridas, y el ronroneo de los motores cuando los autos disparan a más de cien. De vez en cuando, una ráfaga de rock o un tiro.
Se juntan de día las imágenes de dos naciones (las gentes de los techos de tejas y los de las casillas de chapa); de noche se mezclan, también, los sonidos de dos na ciones, "bajo la vegetación y a la luz de la luna".
En el cruce de la autopista con alguna calle importante del conurbano, los habitantes de ambas naciones hacen sus intercambios; las mujeres de las casillas se ofrecen para el trabajo doméstico o venden limones o plantas de albahaca; ellas y sus hombres también  compran allí algunas cosas; artículos de ferretería, palanganas de plástico, medias y buzos. debajo de la autopista, en las esquinas importantes, grandes corralones venden piletas de natación en material sintético: azules y gigantescas están apoyadas unas contra otras, al lado de parrillas de material, macetones de invernadero, sillas plegadizas y mesas con sombrilla. Todos los negocios tienen rejas de protección, perros de policía, alarmas, cajas fuertes empotradas en los muros. Los chicos de las mujeres que ofrecen su trabajo deambulan entre las paradas de colectivo o se estacionan en alguna gasolinera que no sea completamente enemiga; en otras gasolineras, están los adolescentes de los country-clubs que comen hamburguesas mientras relojean sus motos.
El paisaje es más o menos ordenado los domingos de mañana. De noche, las luces son sórdidas en las paradas de colectivos alrededor de las que dan vueltas adolescentes a la pesca, que miran pasar los autos. De madrugada, la desolación de la mezcla de luces y de un silencio a medias se expande sobre los restos de las dos naciones: un descapotable con el pasacasette a todo volumen, kiosqueros que llegan a recibir los diarios, algunos chicos entre latas de cerveza y unas cajas de pizza. El montecito de eucaliptus es un fondo negro semioculto por los volúmenes gigantescos de las piletas de natación varadas como ballenas en el patio de los corralones. La escenografía "demasiado extraña y exótica" se revela lentamente, a través del "velo de las cosas familiares".
Quizás lo más familiar sean los nombres pintados sobre las paredes de la autopista, en las bajadas hacia las avenidas; Duhalde, Pierri, Menem 99. Por alguna razón, la gente de las casillas y la del country-club les ha puesto un voto en los años que pasaron.

Beatríz Sarlo, Instantáneas, Medios, ciudad y Costumbres en el fin de siglo, Cia. Editora Espasa Calpe S.A/Ariel

 Sobre la autora: Beatriz Sarlo (n. Buenos Aires, 1942) es una ensayista argentina en el ámbito de la crítica literaria y cultural. Fue profesora de Literatura Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Dictó cursos en las universidades de Columbia, Berkeley, Maryland y Minnesota, fue fellow del Wilson Center en Washington y "Simón Bolívar Professor of Latin American Studies" en la Universidad de Cambridge. Es parte del grupo de intelectuales críticos latinoamericanos; se centra en los estudios sobre la posmodernidad del subcontinente, a la que llamó modernidad periférica. El libro del mismo título junto a Escenas de la vida posmoderna le han valido la consagración dentro del campo académico. Aparte de sus textos, sus columnas- en las principales revistas de cultura de Argentina y Latinoamérica- tratan de forma lúcida las transformaciones socio-culturales devenidas tanto de la crisis de la modernidad como de los efectos del neoliberalismo. La forma en que- en términos de Karl Marx- se produce la reificación de los códigos sociales da paso para entender cómo es el capital un ordenamiento en detrimento de las obsoletas y decadentes instituciones sociales en la actualidad.
El shopping, si es un buen shopping, responde a un ordenamiento total pero, al mismo tiempo, debe dar una idea de libre recorrido: se trata de la ordenada deriva del mercado (...) Sólo los niños muy pequeños pueden perderse en un shopping, porque un accidente puede separarlos de otras personas y esa ausencia no se equilibra con el encuentro de mercancías.
Esta crisis de las instituciones (con todo su espacio público) representa un giro a la modernidad periférica; trata sobre la puesta en suspenso de la imitación de la modernidad. En este sentido, comparte un lugar en el análisis de la cultura latioamericana actual junto a autores como Néstor García Canclini o Jesús Martín-Barbero.
Beatriz Sarlo está casada con el director de cine Rafael Filipelli.

Un cuento de Angeles Mastretta


 
 
Una tarde la tía Rosa miró a su hermana como recién pulida, todavía brillante por alguna razón que ella no
podía imaginar. Durante horas oyó cada una de sus palabras tratando de intuir de dónde venían. No adivinó.
Sólo supo que esa noche su hermana fue menos brusca con ella. Se portó como si al fin le perdonara su vocación de rezos y guisos, como si ya no fuera a reírse nunca de su irredenta soltería, de su necedad catequística, de su aburrida devoción por la Virgen del Carmen.
Así que se fue a dormir en paz después de repetir el rosario y sopear galletitas de manteca en leche con chocolate.
Quién sabe cómo sería su primer sueño esa noche. Si alguien la hubiera visto, regordeta y sonriente dentro de su camisón, la habría comparado con una niña menor de cinco años. Sin embargo, a la cabeza rizada de tía Rosa entró aquella noche un sueño in sospechado.
Soñó que su hermana se iba a un baile de disfraces, que salía sin hacer ruido y regresaba en el centro de una alharaca. Era el aliento de una comparsa de hombres que se reían con ella, sin más quehacer que acompañar la felicidad que le rodaba por todo el cuerpo. La muy dichosa se quitaba y se ponía una máscara de esas que hacen en Venecia, una de mu chos colores con la luna en la punta de la cabeza y la boca delirante. De pronto empezó a bailar frente a la tía Rosa que, sentada en el sillón principal de la sala, dejó de comer galletas. Tal era la maravilla que había entrado en su casa. Su hermana levantaba las piernas para bailar un cancán que 1os demás tarareaban, pero en lugar de los calzones y los encajes de las cancaneras, ella llevaba una falda diminuta que subía complacida enseñando sus piernas duras y su pubis cambiado de lugar. Porque sobre el sitio en el que está el pubis, ella se había pintado una decoración de hojas amarillas, verdes, moradas que palpitaban como si estuviera en el centro del mundo. Y arriba de una pierna, bri llante esponjado, iba el mechón de pelo de su pubis: viajero y libre como todo en ella.
Al día siguiente, la tía Rosa miró a su hermana como si la viera por primera vez.
—Creo que te estoy entendiendo —le dijo.
—Amén —contestó la hermana, acercando a ella su cara brillante, para darle un beso de los que regalan las mujeres enamoradas porque ya no les caben bajo la ropa.
—Amén —dijo Rosa, y se puso a brincar su propio sueño.

Angeles Mastretta

Relato extraído de Mujeres de ojos grandes Ed. Seix Barral

Sobre la autora: La escritora y periodista mexicana Ángeles Mastretta nació el 9 de octubre de 1949 en Puebla, donde vivió hasta 1971. Ese año falleció su padre, llamado Carlos, quien ejerció una fuerte influencia en el oficio elegido por su hija.
Ángeles MastrettaÁngeles estudió periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y obtuvo el título en Comunicaciones. Tiempo después, realizó colaboraciones para distintos periódicos y revistas como “Excélsior”, “Unomásuno”, “La Jornada” y “Proceso”. Sin embargo, fue el periódico “Ovaciones” donde inició formalmente su carrera periodística, a través de una columna escrita por ella bajo el título “Del absurdo cotidiano”.
En 1974, Mastretta fue distinguida con una beca del Centro Mexicano de Escritores que le permitió participar de un taller literario al lado de escritores como Juan Rulfo y Salvador Elizondo. Por ese entonces, publicó una colección de poesía que fue titulada “La pájara pinta”.
Luego de varios años como directora de Difusión Cultural de la ENEP-Acatlán y del Museo Universitario del Chopo, respectivamente, la escritora mexicana participó, junto a Germán Dehesa, de un programa televisivo de entrevistas y charlas conocido como “La almohada”. A lo largo de su trayectoria, Ángeles también formó parte del Consejo Editorial de la revista “NEXOS”, otra de las publicaciones donde tuvo su columna literaria.
“Arráncame la vida” fue su primera novela que, además de haber sido traducida al italiano, inglés, alemán, francés y holandés, fue reconocida, en 1985, como Mejor Libro del Año con el Premio Mazatlán de Literatura. Años después, en 1997, su segunda novela (y cuarto libro), “Mal de amores”, obtuvo el Premio Rómulo Gallegos.
“Mujeres de ojos grandes”, “Puerto libre”, “El mundo iluminado”, “Ninguna eternidad como la mía” y “El cielo de los leones”, son otras de las obras de Ángeles Mastretta.