jueves, 10 de enero de 2013

Espejos de colores





El espejo le devolvió la imagen de su cuerpo a la luz de la luna. Comprobó que así se veía joven y los cuencos negros que las sombras formaban de sus ojos ahondaban el misterio de esa mujer desnuda que se miraba. La noche, acompañada por una brisa con olor a azahares y completamente desinhibida, le mostraba todos sus secretos, menos la mirada.

Allí estuvieron los miedos, reflexionó: y allá siguen estando, escondiéndose como siempre, alertas para saltar y devorarse las oportunidades.

En la penumbra de la habitación se distinguían plantas y más plantas de interior, muchos libros desparramados sobre la mesa de madera de cedro y dos sillones. Desde el otro cuarto, Beethoven volvía a componer la Novena Sinfonía, esta vez más grave, como si siguiera un sendero que se internaba en las profundidades de un abismo. Se tocó los párpados tratando de levantarlos más, pero la física de la tercera dimensión no se lo permitió: el espacio tenía sus límites más precisos de lo que la noche anunciaba.

Quiso explorarse, verse, pero no prendió la luz. Se acercó al espejo y empezó por los pies. Firmes bajo las dos piernas igualmente firmes. Las caderas redondas con el bulto de su vientre; pechos grandes, un poco caídos pero todavía bellos; el cuello largo. Y la mancha del rostro. Adivinó bolsas pequeñas a ambos costados del mentón y el abanico de arrugas desplegadas apenas alrededor de los ojos.

Siempre que le temía a algo, recurría a sus manos. La mujer era pequeña y para defenderse había confiado siempre en sus uñas y en sus palabras. Pensó que no se oía bien eso de defenderse con uñas y palabras; más bien, la hacía sentir cobarde, hasta traicionera. Pero ¿qué oponer a la agresión sino sus dos armas más efectivas? Probó a hablar y mirar sus labios en el congelado vidrio y se llevó las manos hasta la boca. Se sintió fuerte. Indudablemente, allí estaba su fuerza.

Pero ¿la vida se resume en miedos y defensa? Es lo mismo que oscilar entre la memoria y los sueños. Se pierde la actualidad, lo que soy realmente, otros sentimientos que condimentan las situaciones. Recuerdo cuando se incendió el departamento del tercer piso y yo lo único que quería era rescatar mi  notebook con los cuentos de mi último libro; o el terremoto del ochenta y cinco, que pensaba en ese manojo de dólares que junté en el fondo del cajón. ¿Y la tarde en que entraron ladrones en el banco de la planta baja y sonaron los tiros?

Tantos miedos y, poco a poco, el tiempo nos da la madurez para enfrentarlos con más calma. Hasta cuando Adela amenazó con tirarse desde la terraza y los bomberos y la policía despertaron la siesta con sirenas, ruido de escaleras y gritos… Y cuando volví del cementerio, sin mi madre, con las manos en los bolsillos para que nadie viera cómo temblaban. ¡Cuántos miedos después de haber superado las pesadillas infantiles! Como si la vida misma se convirtiera en un mal sueño.

Ahora me miro al espejo y entiendo que fueron espejos de colores turbios, confusos, que la vida me fue dando para comprar mi libertad. Porque por ellos admití mentiras muy dolorosas, muy tristes, miserables. Vivir con un hombre que ya no amaba, amar a un hombre casado, mantener un trabajo inútil, invertir mi tiempo y mi esfuerzo en convencionalismos vacíos. ¿Cómo no pensé en mirarme al espejo entonces? Me hubiera encontrado hermosamente humana y no un despojo de leyes y religiones. Un espíritu dentro de un cuerpo se habría escapado de las cuencas de los ojos aunque no se viera la mirada. Me hubiera atrevido a ser. Pero estaba ciega o no quería verme.

Tal vez, ha llegado la hora de verme, de verme en serio, de ir más hondo de lo que se ve o de lo que se cree ver. Quiero encontrar el sentido de lo hecho. Quiero saber por qué después de mi divorció acepté solamente relaciones desiguales, situaciones donde la asimetría inclinaba la balanza en mi contra. ¿Qué culpa estaba pagando que me negué el derecho a tener un lugar  a la altura de los demás? Tal vez mi educación católica tradicional, casarme con un judío, buscar un dios, comparar religiones y filosofías solamente fue transitar el camino de encontrarme a mí misma. Nunca temí transgredir si yo estaba convencida; jamás tuve el valor de oponerme a la violencia física, pero siempre fue una invitación aceptada enfrentarme a las normas que consideré vacías.

He pagado caro mis incursiones desobedientes: muy caro. Pero al estar pagadas, ya no le debo nada a nadie. He ganado la libertad. ¡Que los demás se queden con sus normas! Cada uno busca su verdad y, a veces, la verdad personal tiene más que ver con los miedos, con los otros, que con nosotros mismos. Solo que el día de nuestra muerte, quien estará en el féretro seremos nosotros y no los demás.

Estoy en paz. Me conozco. Sigo buscando a Dios. Acepto las diferencias y las personas que las viven. Defiendo mi libertad. Vivo.

Vinieron los conquistadores y me dieron espejos de colores. Al principio me encandilaron; pero ahora preservo mi oro.




BEATRIZ BAUDIZZONE. Mendocina, licenciada en Comunicación Social ha trabajado en medios de Mendoza. Fue presidenta de SADE Mendoza, Secretaria de Cultura del Círculo de Periodistas y actualmente es miembro de la Academia de Ciencias Sociales de Mendoza. Ha publicado La voz de oro (poesía) y va por la segunda edición de La memoria y otros miedos (cuentos de género).

2 comentarios:

damisela dijo...

me ha gustado mucho el relato

damisela dijo...

me ha gustado mucho el comentario